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Carlos Pardo: “Las malas ficciones han hecho fracasar a la sociedad”

Carlos Pardo | MADERO CUBERO

Es jueves y Carlos Pardo (Madrid, 1975) juega en casa. Estamos en el bar Amapola, regido por Pablo Prieto, uno de sus mejores amigos. Además, el artista y barman es protagonista de la primera novela de Pardo, Vida de Pablo. Pero eso fue hace unos años y en solo un rato la sala principal del bar va a servir para presentar la segunda novela de Pardo, El Viaje a pie de Johann Sebastian. Un telón granate tapa una de las dos entradas y sirve de escenario literario. Todo tiene un aire de gabinete decimonónico, con un elegante flexo en una pequeña mesa de madera y tres sillas. En una de ellas se sentará el escritor y en otra el senador de Izquierda Unida y secretario general del Partido Comunista de Andalucía, José Manuel Mariscal. Juan José Fernández, también amigo, moderará.

Ahora en esas sillas se sientan el escritor y el periodista. Hablarán del último libro de Pardo y, por ende, de bares, crisis, desclasados, familias, política, algo de historia, economía, Cosmopoética -estamos ante su primer director literario y responsable de que aquel experimento tuviese éxito- conspiraciones y la convergencia de la izquierda. Incluso Bach se asomará despistado en un momento dado.

Aunque, al principio, el más descolocado parece el que pregunta.

P. Yo estuve en la inauguración del Amapola, pero no me acuerdo de mucho, la verdad...

R. Es normal, sería preocupante acordarse demasiado. Dos de los chistes favoritos de Pablo, precisamente, son historias relacionadas con Mick Jagger y los recuerdos. La primera es de cuando a Jagger le encargaron que escribiera sus memorias. Le dieron un anticipo suculento y estuvo ahí dándole vueltas hasta que decidió devolver el dinero diciendo, “mirad, lo siento, no me acuerdo de nada”. La otra historia que le gusta a Pablo es la de los diarios de Andy Warhol; en ellos, cada vez que aparece Mick Jagger está durmiendo; iba a todas las fiestas y se quedaba dormido. No sabemos los que haría en otros momentos, pero en todas las anotaciones del diario sale lo mismo: “Hoy llegó Mick a vernos y se quedó dormido; hoy estábamos en tal sitio, llegó Mick y se quedó dormido”.

P. ¿Eres de bares?

R. No... O sea sí, pero por una especie de condena circunstancial.

P. ¿Condena social?

R. Sí porque me he relacionado siempre con este ambiente. Es muy fácil para determinada gente, en el medio en el que vivimos y con inquietudes artísticas, tener que trabajar en los bares. Digamos que si eres artista en España tienes que trabajar en el sector servicios. En realidad, digamos que si eres universitario, no solo artista, si eres lo que sea, tienes que trabajar en el sector servicios para vivir. Estamos condenados a trabajar en el sector servicios y la cara amable de eso son los bares. Y yo he estado en ellos ya sea como cliente, como camarero o pinchadiscos durante un tiempo. Y luego como cliente otra vez, aunque sin cupón de lotería.

P. Me estás hablando ya del desclasamiento social, uno de los puntos básicos de esta última novela y no sé si de la serie completa en la que estás.

R. No es que yo quisiera hacer una novela para narrar una generación española concreta ni determinada, sino que lo que quería era, a través de la autobiografía -el género que se surge cuando lo comunitario fracasa- dar cuenta de mí mismo y comprender el mundo en el que vivo. Cómo me llamo, de dónde vengo, cuáles son mis circunstancias. Todos estos libros autobiográficos y sobre todo el último narran en primera persona la historia de un desclasamiento y de varias generaciones de españoles. Unas generaciones que, de alguna manera, son producto de sucesivos borrados de memoria -la Guerra Civil, la Dictadura, la Transición, el posterior modelo del emprendimiento personal...- y están condenados a trabajar en el sector servicios tras ser criados como burgueses con altas expectativas. Pero condenados, finalmente, a vivir en sector servicios. No sé si es exactamente la historia de un desclasamiento aunque todo parece indicar que sí. Creo que es más la historia de una familia que en un momento dado tuvo unas expectativas sociales irreales y mucho más altas de las que realmente la conformaban: madre venida de pueblo y huérfana tras la guerra que se pone a trabajar cuidando niños y que se termina casando con uno de los jóvenes señoritos de la casa; tienen hijos e inquietudes casi aristocráticas geniales y originales pero sin un duro, con cada vez menos dinero y recursos. Pero esta historia que es más o menos la historia de mi familia también es la de muchos españoles y familias de la sociedad del bienestar fracasada.

Estamos condenados a trabajar en el sector servicios

P. ¿Ha habido un desclasamiento general en el país?

R. Sí, pero no es algo que tenga que ver solo con el país sino con la instauración de un modelo concreto. A ver, voy a tratar de no decirlo como si fuese esto un mitin pero bueno... Tiene que ver con la instalación de un modelo liberal de raíz protestante que viene de Estados Unidos y por el que, a través del mito de la libertad y de que aparentemente tenemos todo el mundo a nuestro alcance, nos han ido dando a base de bien. Nos han ido llevando a la destrucción y al aniquilamiento de un país, de una sociedad y un modo de vida. Pero no solo ha pasado en España, también ha ocurrido en Francia, en Italia... En toda Europa en general ha pasado igual. En Alemania y el resto de países de tradición protestante es algo que está casi asumido por esa idea del sálvese quien pueda. Los protestantes han heredado la moral de lo que hagas bien para ti mismo revierte en el bien de la comunidad. Y esa es una falacia teológicas que nunca se pone en duda y que comenta el liberalismo. Porque, en realidad, lo que hagas bien para ti, revierte para ti y no para la comunidad.

Mi libro es la historia de muchas familias de la sociedad del bienestar fracasada

Considero que esa es un poco la historia de nuestro país: la creación de unas expectativas frustradas. No es que hubiésemos tenidos una expectativas por encima de nada, sino que realmente ha habido una instauración de un modelo en el que se primaba la desviación de las expectativas respecto a la realidad. O sea, que era interesante convencer a las sociedades americana -con Ronald Reagan- o inglesa -con Margaret Tatcher- o a nosotros mismos -con el PSOE y ahora- de que tenían que ser dueños de su destino, de su vida, que tenían que ser libres y tener un modelo social. Pero ese mensaje, en realidad, era perfecto para dejar indefensos a los individuos. Una estrategia para impedirles tener una estructura social fuerte y para que, así, no opusieran resistencia. Yo creo que todo esto es un plan orquestado desde hace un montón de años. Y si uno lee los libros de Historia, desde la guerra fría hasta ahora, libros como los de Josep Fontana, se da cuenta de que realmente es un plan orquestado y terrorífico. Es difícil que de estas migajas que nos han quedado de la dispersión de lo comunitario en la que vivimos se pueda reconstruir una clase social fuerte que pueda volver a ejercer una violencia en esta lucha de clases que sigue existiendo pero que parece que no tiene un enemigo definido.

P. Da miedo. Y suena algo conspiranoico, ¿no?

R. Ojalá fuera conspiranoico. Creo que está todo orquestado. La desregulación del mercado va encaminado a eso. Que de repente haya un tren que llegue directamente de los grandes almacenes de China a España y que nos digan en los telediarios que ese tren va a ser nuestra oportunidad para exportar y vender aceite y jamón a China no es una broma de mal gusto ni es una conspiración. Simplemente es un tratado laxo de libre mercado con China en el que España no va a poder hacer nada. Para tres empresas que puedan exportar a ese país, el resto de productos españoles serán sustituidos por productos más baratos chinos. Esto tiene que ver con el abaratamiento de la mano de obra y España es un país perfecto para tener mano de obra barata. Está cerca de otros países de Europa e interesa devaluar a países como España.

La historia de España es la creación de unas expectativas frustradas

P. Acerquemos el foco. ¿Cómo afectan estos cambios a la familia, como metáfora de la sociedad y protagonista de tu novela?

R. Primero traté de escribir una novela de ficción pero me di cuenta de que la ficción o las malas ficciones eran culpables del fracaso de esta comunidad, de esta sociedad. Por ejemplo, el famoso espíritu del emprendimiento es una mala ficción; es una mala manera de entendernos a nosotros mismos, como si nuestra vida fuera una novela en el peor de los sentidos. En El viaje a pie de Johann Sebastián lo que he hecho ha sido dejarme de tonterías y escribir directamente con el máximo de sinceridad posible la historia de mi familia. Porque la familia es una estructura que funciona muy bien en la literatura de siempre. Pero recientemente, la familia ha cambiado su rol. La familia era la estructura burguesa tradicional por excelencia. Pero ahora es el último anclaje dentro del proceso de dispersión del individuo; ha pasado a ser casi el único sostén de su fragmentación dentro del fracaso social que cada uno vivimos como si fuese un fracaso individual. Por eso, interesa analizar todo esto a través de una familia; es la clave para entender bien el proceso y enfocarlo con diferentes generaciones. No con la mía, que tiene ahora unos 40 años o con los de 30, 20 o 60; sino con todas sus perspectivas a la vez. Y eso solo te lo da la familia. Así que esta novela es la historia de una implosión, la decadencia, la caducidad de una familia que funciona como ejemplo de un deterioro más amplio.

P. ¿Y Bach cómo encaja en todo esto?

R. La historia de Bach se introduce ahí, no se sabe muy bien a cuento de qué, como una nota discordante. Una caminata para conocer el organista Buxtehude cuando Bach tenía 20 años y ya era huérfano. Me gustaba meter un elemento extraño que rompiera esa especie de lectura biográfica del asunto para forzar una lectura en el que, en lo biográfico, hubiese también algo de ficción. Y así se empieza a sospechar de la propia autobiografía y también de la ficción de Bach que no deja de ser un personaje real. También me interesaba introducirlo porque le daba una difusión histórica, como algo anticuado que no venía a cuento; esa dimensión temporal a través del anacronismo; temporalidades que chocan con el presente y con la dictadura de la actualidad. Me interesaba meterlo para que no fuese solo la historia de la crisis y una familia española, sino que tuviera un recorrido un poco más amplio. Buscaba que fuera un resumen de todo el proceso de desmaterialización de la modernidad. Porque creo que lo que nos ha pasado no surge hace 40 años ni 30 ni 20; ni siquiera uno, dos o tres siglos. Se deben a determinados traumas del surgimiento de la era moderna, del paso por el Romanticismo, las diferentes ideas de lo que es un país... Y en ese meollo estamos.

El famoso espíritu del emprendimiento es una mala manera de entendernos a nosotros mismos, como si nuestra vida fuera una novela en el peor de los sentidos

P. Estamos aquí hablando de clases pero en un momento en el que las ideologías parecen en retirada. Incluso partidos que se suponen abiertamente de izquierdas como Podemos huyen del discurso de izquierda y derecha y se centran solo en los de arriba y los de abajo que, imagino, son las clases. Como la casta, claro...

R. Es extraño pero es muy interesante. Cuando Marx vivió y escribió sus textos, incluido El Capital, era un momento muy interesante y muy complejo en el que las clases sociales que hoy conocemos empezaban a articularse. La Revolución Industrial, de alguna manera, fue creando lo que hoy entendemos como clases en un proceso muy complicado. Por otro lado, lo de Podemos no deja de ser una estrategia electoral. No quieren decir que son de izquierdas porque se han dado cuenta de que también tienen votantes de derechas. Están intentando reciclar un mensaje de izquierdas -con algo de pudor para no decir que lo son- unido a cierto mensaje patriótico. Un patriotismo casi de soberanía nacional al estilo latinoamericano pero disfrazado para que alguien de derechas y nacionalista español también pueda votarles. Yo creo que son simples estrategias... Pero ojalá Podemos se una a un frente común de izquierdas con otros partidos de izquierdas y reconozca que es un partido de izquierdas. Pero en fin, como estrategia electoral que haga cada uno lo que quiera.

Eres precario hasta que cumples 35, a partir de ahí sencillamente eres pobre

Por último, y en cuanto a la lucha de clases, a nosotros se nos han educado con la idea del final de la historia y del final de la lucha de clases. Esa es una más de las armas del mito de la libertad y de que cada uno es dueño de su destino. Las clases sociales han existido siempre y nunca han desaparecido, aunque durante 20 años en España pagaran a la gente para que no trabajara, para que la industria española se desmantelara y no fuera competitiva con otros países de Europa merced a los pactos de la Unión Europea. Pero eso no significa que desapareciera la lucha de clases, solo significa que se cebó a unas generaciones de pobres para que las siguientes generaciones de pobres fuesen muchos más pobres y no supiesen ni siquiera a qué clase social pertenecían. Pero los pobres siguen siendo pobres y siguen siendo los nietos de los pobres.

P. No saber a qué clase social perteneces te desarma.

R. En efecto, te desarma. Pero ahora hay algo muy curioso y es que se está reinventando esa lucha de clases bajo nuevos conceptos. En vez de hablar del proletariado, el obrero y el burgués, se ha simplificado con ideas básicas tradicionales: los pobres y los ricos. Pero las hemos unidos a conceptos nuevos como el precariado: una nueva clase social que es lo que los teóricos de izquierda de los ochenta y noventa llamaron el cognitariado o proletariado de las ideas. Es decir, aquellos trabajos que no dependen tanto de la industria, sino de lo intelectual, vinculados o procedentes de la universidad y unidos al sector servicios. El cognitariado es ahora el precariado. Creo que en el fondo es un eufemismo porque en realidad eres precario hasta que cumples 35, a partir de ahí sencillamente eres pobre.

P. O hasta que se mueren tus padres...

R. (Risas) Claro, cuando se mueren tus padres o tus abuelos y ya no hay una pensión de la que puedas tirar, ya eres pobre y es el momento en el que precariado, justo cuando empieza a formarse como clase social homogénea, resistente y con capacidad de decisión, se da cuenta de que precariado no deja de ser un eufemismo.

P. Porque tiene fecha de caducidad...

R. Exacto. Y lo siguiente es la pobreza sin más.

P. En la crítica de El País a El viaje a pie de Johann Sebastian se dice que la novela tiene muy poco de poesía. Tiene música, tiene política, filosofía, pero nada de poesía.

R. Cuando lo leí me hizo mucha ilusión porque era una manera de decir, mirad este tío es escritor, es novelista. No es poeta. En España sigue habiendo ese perjuicio de que si haces poesía no puedes hacer novela. Sigo escribiendo poesía, aunque soy muy lento. Pero todo forma parte del mismo impulso. Escribo y abordo lo autobiográfico y la formación de la identidad con diferentes recursos: con la poesía por un lado y con la prosa o la novela por otro. Ahora estoy más metido con la novela, pero tengo un libro de poemas casi terminado. Intento escribir siempre aquello que no he escrito para sentir ese mito de la libertad que a veces nos sirve y otras veces no... Al menos me sirve para creer que tengo menos censuras. Creo que me censuro menos cuando creo que lo que escribo no pertenece a ningún género concreto.

P. En Córdoba se te sigue teniendo vinculado al mundo de la poesía. Fuiste el primer responsable literario de Cosmopoética. Has trabajado con un pie en una administración pública que te llamó para que lo organizaras todo y con el otro en la literatura. ¿Cómo ves esa relación entre el poder y la cultura?

R. Lo veo bien, lo malo es que entendamos a las administraciones como el poder. Las administraciones pertenecen a los ciudadanos... En mi caso, era un placer trabajar con la gente del Ayuntamiento de Córdoba en la época de Cosmopoética -Javier Lucena o Manolo Pérez. Eran muy trabajadores, inteligentes y con una voluntad social muy clara. Creo que es difícil encontrarse eso. He trabajado otras veces con instituciones y ahí hay vanidades de todo tipo. Pero la obligación de las instituciones es trabajar para los ciudadanos y hacer este tipo de cosas, apoyando a la cultura también económicamente. Y no creo que tengan que desaparecer las instituciones porque estén todas corruptas. Yo creo que no lo están. Sí creo que están engordadas y que la existencia de las diputaciones , por ejemplo, suponen estructuras terroríficas. Hay instituciones que pueden estar muy viciadas desde dentro y con jerarquías tremendas pero en sí tienen una función que no puede sustituir ninguna empresa privada. Si eso pasara, sería infinitamente peor. Creo que hay que fortalecer las instituciones, fortalecer lo público antes que sospechar continuamente. También estamos sometidos a una propaganda en favor de la desaparición de lo público y de las instituciones en general. Como si todo estuviera corrupto. El problema es que lo corrupto en el sector lo privado está casi bien visto porque se basa en la idea protestante de que la ganancia del empresario es sagrada y por eso puede rebajar los sueldos a los trabajadores, putearlos sin problemas porque es parte del juego.

Creo que me censuro menos cuando creo que lo que escribo no pertenece a ningún género concreto

P. La última edición de Cosmopoética la llevó una empresa privada por primera vez, El Dispensario. Y el resultado ha sido bastante bueno tanto en el nivel de los escritores invitados como por la participación del público.

R. Es cierto, Cosmopoética en el último año tuvo un cambio. Pero con El Dispensario ya habíamos trabajado nosotros en los primeros años, cuando yo estaba en el equipo de dirección. Y tienen gente muy buena como Pablo Novo. Son gente muy eficaz y se veía claro que lo iban a saber hacer bien. Además cuenta mucho la figura de un personaje que desde mi punto de vista ha quedado un poco en la sombra pero que ha sido la verdadera directora literaria: Elena Medel. Ella es la artífice de que Cosmopoética este año haya tenido el éxito que ha tenido. Ha hecho una programación genial trayendo a gente como Herta Müller y otros poetas buenísimos. Aunque todo el equipo merezca el reconocimiento, yo creo que hay que destacar la labor -no suficientemente reconocida desde mi punto de vista- de Elena Medel. Además de ser una gran poeta es una gran gestora cultural y a mí lo que me dio pena este año es que casi no saliera en prensa.

P. Doy fe de que estaba.

R. Sí pero trabajando en las sombras, ella ha sido la directora editorial, ella ha elegido a la mayoría de los poetas y es la que ha hecho que Cosmopoética volviera a ser lo que fue y no solo un festival al que vienen cuatro poetas que no interesan a nadie. Ha logrado que sea de nuevo un espacio de encuentro de diferentes generaciones y culturas que pueda interesar a la gente, independientemente de si le gusta o no la poesía.

P. Parece que en Córdoba si levantas una piedra o bien te sale un templo romano o un poeta.

R. Esta ciudad tiene una tradición de talleres de poesía desde los años noventa con Pedro Roso. Tenemos a Pablo García Casado, la generación de Juan Antonio Bernier o Juan Carlos Reche o Raúl Alonso... Ha habido una continuidad y muchos poetas muy buenos. El origen está en Pedro Roso pero cada uno lo ha continuado a su manera. Y es ese tejido el que ha permitido que hubiera tantos poetas buenos y que en un momento dado salga Pablo García Casado con Las afueras o Elena Medel con Mi primer bikini o que Juan Antonio Bernier gane el premio Ojo Crítico.

Elena Medel es la artífice de que Cosmopoética este año haya tenido el éxito que ha tenido

P. Es un ejemplo de que el talento se puede cultivar.

R. Se puede cultivar. El mito del genio personal no existe, es un mito bastante tonto que no hay que creerse. Existe la cadena de comunicación, de intercambio. Existe la cadena que se llama tradición, pero también la tradición más inmediata. Y todo eso se trabaja en común.

P. Otra de las paradojas de Córdoba es que haya gobernado la izquierda durante tantos años cuando esta ciudad parece, al menos me lo parece, muy conservadora.

R. El centro es conservador. Lo barrios no lo son pero han estado muy quemados en las últimas legislaturas. Incluso con IU creo que se abandonaron algo en determinados momentos. Y hubo mucho desencanto en general, por la crisis y por el desencanto generalizado con la política. Y además porque llevaba muchos años gobernando la izquierda. Pero desde mi humilde punto de vista -no quiero convencer a nadie- y considerándome una persona de izquierdas, soy profundamente simpatizante de los gobiernos de IU en Córdoba. Cuando llegué de Madrid y vi el trabajo que se estaba haciendo en los barrios me pareció alucinante. No lo había visto ni en Madrid ni en Granada ni en ningún sitio. Por eso creo que otra legislatura más del PP en Córdoba... Se carga todo (Risas). Me da igual las siglas con las que vuelva la izquierda pero ojalá sea un proyecto común en el que todos los desencantados se puedan ilusionar de nuevo a través de Ganemos o de una unión de Podemos, IU y Equo... Ojalá se tome el poder otra vez en Córdoba para que vuelva a ser una ciudad donde a la gente no le dé vergüenza llamar Mezquita a la Mezquita en vez de Catedral.

P. Te veo convergente perdido.

R. Soy convergente, soy muy convergente.

P. ¿Y te ha dolido que en Córdoba no cuajara la unión de IU con el resto de corrientes en Ganemos?

R. Creo que ha sido responsabilidad de todas las partes. Creo que todas las partes tienen la responsabilidad histórica de unirse. No consiste en echar las culpas a nadie sino en ver qué posibilidades de unión hay. Veo mucha novedad en los proyectos pero mucha decepción y mucho rencor acumulado. Y eso, en todas partes, hay que evitarlo, hay que pasar de eso. Para mí, una de las cosas más interesantes que tuvo el 15M fue cuando, al principio, se buscaban palabras que pusieran en común distintos puntos de vista. Y lo más triste del 15M fue cuando cada sector y cada grupo empezaba a buscar sus propias palabras y sospechaba de las del compañero. No podemos caer en eso. Me parecería muy torpe.

Ojalá Córdoba vuelva a ser una ciudad donde a la gente no le dé vergüenza llamar Mezquita a la Mezquita en vez de Catedral

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