La ilusión de ser (todos) campeones

Segunda fase de LaLiga Genuine, en El Arcángel | ÁLEX GALLEGOS

Resulta complicado imaginar a aficionados de un equipo cantar el himno de otro. Más si cabe cuando, por pura cuestión geográfica, ambos conjuntos tienen más rivalidad. Pero esta última palabra, su concepto mal entendido, no existe esta vez. Lo contrario es lo que cobra fuerza. En hermandad, todo es mejor. Quizá sea el segundo detalle de autenticidad de una competición que si bien es tal no lo es tanto. Los resultados son lo de menos, importa mucho más la diversión. Sobre todo la de quienes pisan el césped como esos otros a los que admiran, y ésta es la primera -y principal- aportación de un torneo que en esta ocasión tiene como escenario El Arcángel. Se trata de la inclusión, de la que disfrutan y que comparten hombres y mujeres de toda España en torno a un balón. Bienvenidos, esta vez sí, a la mejor Liga del mundo: es LaLiga Genuine, una iniciativa de la Fundación LaLiga para personas con discapacidad intelectual.

El coliseo ribereño es durante este fin de semana espacio del fútbol más puro. O como mínimo, del más sano. Los protagonistas son los jugadores de los equipos Genuine de 16 clubes de España, que son los que se dan cita en Córdoba para la segunda fase de un campeonato que engloba a otros 14 -estos juegan en A Coruña-. Lo son ellos y, por supuesto, sus familiares y aficionados. Eso sí, en esta aventura del deporte como vía de valores los colores se entremezclan. Bien se pudo ver este sábado, en la primera de las tres sesiones horarias del torneo que se desarrolla hasta el domingo, en las gradas de El Arcángel. Ya desde primera hora de la mañana un seguidor del Nàstic se hacía con el rol de animador principal. Bajo el disfraz de un romano, como si de una mascota se tratara, anduvo por aquí y por allí para alentar a las hinchadas contrarias. También hizo lo propio con los futbolistas, sin importar cuál fuera su escudo.

A las nueve y media arrancó la fiesta. El frío era intenso, pero daba igual. De no pocos puntos de España vinieron equipos y aficiones para gozar de otro tipo de fútbol. Ése al que no ensucian las protestas en tono elevado o las entradas duras. Principalmente porque no hay de lo uno ni de lo otro. Quizá un contacto supone el derribo de un rival. Si ocurre, acto seguido el infractor involuntario se lleva las manos a la cabeza. Es el gesto de la deportividad y, probablemente mucho más, de la amistad. Aquí lo que vale es pasarlo bien. Claro está que si uno marca, lo celebra. Y festejos hubo ya sobre el verde de El Arcángel de lo más variopintos. Estuvo el que simplemente gritaba al cielo y también el que hacía algún tipo de baile. Mientras, desde la grada, todos animaban a todos -aunque siempre con de barrida para casa, como es lógico-.

Fue el Córdoba el encargado de abrir el espectáculo. Se enfrentó al Fundación Atlético de Madrid. Aunque de manera simultánea, porque así se disputa el torneo, el Huesca y el Reus -con los jugadores ajenos al drama que vive su club- también medían sus fuerzas. El terreno de juego de El Arcángel esta vez se encontraba dividido en dos campos para fútbol 8, modalidad en la que tiene lugar LaLiga Genuine. Entre uno y otro, un amplio pasillo para los calentamientos de los siguientes equipos en entrar en acción. En este campeonato hay goles, celebraciones, triunfos que no suponen en realidad derrotas… Pero por encima de todo están las sonrisas y los abrazos, y estos últimos se dan entre rivales. Qué palabra ésta tan inadecuada en este caso.

Los jugadores y jugadoras, porque LaLiga Genuine tampoco tiene barreras de género, se sienten por un puñado de minutos como si fueran sus ídolos. Más si cabe cuando al terminar cada partido sus aficiones les aclaman como a tales. Es difícil imaginar la felicidad de unos y otros a cada instante. Con el Sevilla y el Almería ya en el campo, por ejemplo, un seguidor del segundo conjunto se arranca con el himno del Arrebato. La sensación del espectador neutral es indescriptible. Ese partido, como el que mide al Rayo y el Leganés, está en marcha. No están pendientes los jugadores del Zaragoza, que como los de otras escuadras por afrontar sus duelos, calientan. Un futbolista maño besa el escudo cada vez que escucha el nombre de su entidad. El portero, antes de ponerse bajo palos, muestra sus guantes: uno está firmado por el guardameta del cuadro aragonés, Cristian Álvarez. Lo enseña con orgullo pero inocente humildad. Y saluda efusivo. El fútbol siempre debería ser esto.

Todos lo pasan en grande, si se permite la expresión. Unos marcan goles, otros los reciben. Unos ganan más puntos, otros menos -pero siempre alguno-. ¿Qué importa? Los resultados son lo de menos, la felicidad compartida es lo de más. Y nunca está de más cuando el fútbol, como casi todo hoy por hoy, parece cualquier otra cosa. Ellos y ellas saben que no, que lo prioritario es saborear cada segundo y vibrar con cualquier excusa. Si es en un campo como en El Arcángel, pues mucho más. Incluso para Aythami, que tras ejercitarse en el estadio -está sancionado- quiso seguir de cerca más de un partido. Es como en la entrañable y necesaria Campeones de Javier Fesser. Es LaLiga Genuine, la ilusión de ser (todos) campeones.

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