El baile de los ausentes en el templo perdido

Gradas vacías en el Córdoba-Rayo. | ÁLVARO CARMONA
El Córdoba cierra el curso con derrota y la asistencia más baja de todos estos meses de camino por Primera | La afición canta “González, vete ya” a un palco en el que no está el presidente

Cuando termina el partido, también lo hace, en modo alguno la campaña. El pitido final del árbitro significa, además de que el balón deja de rodar esta tarde de domingo de canícula anticipada, que ya no va a rodar hasta dentro de unos meses. Al menos en este estadio. Por fin, pensarían no pocos. Cae el telón tras una escena final que es como todas las anteriores. Cierra el teatro después de un ciclo de funciones de poco gusto. Así lo entiende el respetable. Concluye la temporada más larga que se pueda recordar. Y eso que es más breve que todas las que habitualmente acostumbran a tener lugar por estos lares. Sólo restan unos cuantos por abandonar las gradas, que rápidamente se vacían. Todavía más, porque en esta ocasión son más los asientos libres que los ocupados. Los que aguantan bajo el sol, esperan a que calle el sonido de levedad de la megafonía. Apenas suena. O todo lo contrario. Cuando el himno ya no suena, sí lo hace el cántico de reivindicación: “González, vete ya”.

Es la banda sonora del tramo final de una temporada que antes de acabar deja por el camino otra víctima. El Córdoba vuelve a perder en El Arcángel. No es una novedad para propios y extraños. Menos si cabe en la segunda vuelta, en la que el conjunto blanquiverde acumula como local la friolera de cero puntos. Lo doloroso de esta cálida jornada es el descenso del filial. En la casa califal también se sabe de dobletes ya. Al tiempo que los últimos en abandonar las gradas protestan y reciben una vez más el halago de la afición rival, el resto cruza el sendero de lo desconocido. El mismo que antes recorre para encontrar el estadio. “Yo juraría que estaba por aquí”, quizá diría alguno que otro en un itinerario convertido en laberinto de mantel de hamburguesería estadounidense. Sí, como esos que aparecen en las series y películas. De película es el recóndito rincón en el que parece estar el coliseo ribereño entre tanta valla. La feria está cerca. Tanto que hay quien hace planes desde ya. Y llegar al que aún se le llama reino, porque lo es, como lo fue y será, es algo así como una aventura.

Se trata de una atracción inesperada, pero poco agradable. O rodeas todo ese coto privado, que no lo es de caza, o tiras por allí, o… Quizá encuentre la forma de lograr el camino. Como en las películas: El Arcángel es un templo precolombino de esos que están perdidos en medio de la selva. Como la gran pirámide que otros colocan en un oasis más amplio que este país de nombre España. Pues no cuesta llegar ni nada. Es eso y no otra cosa lo que a buen seguro pensarían muchos. Bueno, no tantos. Las gradas presentan para esta despedida la entrada más ‘floja’ de la temporada. ¿La cifra de asistencia, que hace tiempo no se sabe de manera oficial, puede rondar los 5.000 o 7.000? Quizá más lo primero. Es decir, ni un tercio del número total de abonados a la historia de sueños cumplidos reconducida a ‘martirio chino’. Son pocos los que se dan cita en su reino, que además es un templo perdido. Ya quedó dicho. Es el baile de los ausentes.

Hay quien mira al palco. Está el que también mira al palco. Y luego el que sólo atiende al móvil mientras mira al palco. Éste se encuentra semivacío. No hay tanta gente como hubiera en otros partidos. Tampoco está el dueño y presidente del Córdoba, al que se le canta “González, vete ya”. Pero el hilo musical es débil, no tiene tanta capacidad sonora como la megafonía. Por cierto, tomen un paréntesis para pensar en el motivo de que este domingo, después de toda la campaña sin que sonara, fue recuperada “Mi gran noche” de Raphael. ¿Mi gran noche? El estadio se anima más cuando son los aficionados del Rayo, en proporción tantos como los blanquiverdes: pocos, los que lanzan ese mismo mensaje. Más fuerte se escucha eso de “Paco, Paco Jémez” o “Florin, Florin, Florin”. A todo esto, en el césped, el equipo de Romero, que cimenta el futuro, más de lo mismo. Un quiero y no puedo califal ante un no necesito correr mucho más. Por momentos el empate es la realidad del marcador. Aunque el final es el de siempre.

Otra derrota. Cero puntos en toda la segunda vuelta. Paco Jémez agasajado. Afición indignada. Megafonía alta. Jugadores cabizbajos. Y la mayoría en su hogar, incluido Carlos González. Es el baile de los ausentes en el templo perdido.

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