CONCURSO NACIONAL CRÓNICA

El rugido evocador de 'La Leona'

Olga Pericet con 'La Leona', en el Gran Teatro

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En el principio fue el golpe. Antes de que el hombre imaginara otros mundos sonoros más complejos, todo era más sencillo: golpes secos sobre sobre metales y pieles de animales. Así se estremecían los primeros cuerpos, así se espantaba a las primeras bestias.

Y así es como arranca La Leona, el espectáculo ideado por la bailaora y coreógrafa cordobesa Olga Pericet, que ha aparecido ante el público del Gran Teatro despojada de harapos, tumbada en el suelo, ocultando su rostro en una máscara, y la máscara escondida en su melena. Rizada, suelta, ensortijada. El animal que araña la tierra tratando de entender qué se esconde en los patrones que hacen bailar al hombre.

Un número esquemático, ejecutado de un modo vanguardista, y que era sólo una introducción a la fiesta. Una fiesta que arrancaba con una especie de sketch cómico en el que dos personas imaginaban, sin más ayuda que una par de tijeras y sendos trozos de cartón, el pilar sobre el que se asienta el flamenco y la música contemporánea: la guitarra.

No era una guitarra cualquiera. Era 'La Leona', el modelo de cartón que diseño el guitarrero almeriense Antonio de Torres (1817-1982), que puede considerarse el primer prototipo de guitarra española y flamenca, el molde de nuestro sonido más universal. Tan universal que a su creación le ha seguido un viaje por todas las músicas del mundo en las que las cuerdas y la madera han dejado su sello.

La banda, formada por dos guitarristas (Alfredo Mesa y José Manuel León), un cantaor (Israel Moro), un percusionista (Javier Rabadán) y un bajo eléctrico (Juanfe Pérez), comienza a tocar entonces música popular española, caribeña y brasileña, mientras hace suyos los compases y las falsetas una Pericet vestida ahora con un traje de chaqueta masculina, un atuendo inspirado en un cuadro de Frida Kahlo evocado desde el mismo quejío (“Mira que si te quise fue por el pelo. Ahora que estás pelona ya no te quiero”).

Pericet, Premio Nacional de Danza, no es una bailaora cualquiera. Su formación de danza clásica, su inquietud estética y ética son parte de su mirada al cuerpo. Como una guitarra, su cuerpo busca ejecutar los palos siempre con la mayor brillantez y precisión posible. En La Leona hay esteticismo y belleza, pero también raza y raíces. Su menudez física es un trampantojo. Pericet es una bailaora enorme en el escenario, incluso cuando el sonido le juega una mala pasada, como ha ocurrido a mitad del espectáculo.

Ha sido precisamente en ese pequeño interludio en el que los altavoces han reclamado la atención que no les correspondía cuando la creadora ha presentado a su banda, dando paso a una segunda parte en la que, escondida detrás de un chubasquero amarillo, comienza a bailar bajo la lluvia mientras toca las castañuelas, dejando a su vez que Israel Moro ejecute una hermosa versión de la Milonga del Solitario.

Cuando llega el tercio final, todo se vuelve eléctrico, con un Rabadán convertido en metrónomo humano y un Juanfe Pérez capaz de vestir todo el fondo de ecos morentianos. Un colchón dulce al que se suma la voz del cantaor, entonando El silencio, una seguiriya clásica de Mairena, que acaba convenientemente reseteada. Es el preludio del fin de fiesta, con una Pericet que viaja lentamente al centro del escenario, coge una de las guitarras cubistas que previamente ha lanzado y la golpea mientras baila. La banda se pone en pie y ella, para despedirse, viaja al suelo mismo.

Toma tierra. Afila las uñas. Quien acaba rugiendo es el público.

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