Las miradas olvidadas de Braulio Valderas

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A la vista para los curiosos, desapercibida para los habituales. En una esquina de la calle Juan Rufo, fundida con la fachada, se encuentra la taberna Fuenseca. Una luz amarillenta y un olor rancio sirven de frontera entre el vino y la calle. Una vez cruzado el umbral, dos hombres con aire socarrón, copas en mano, dan la bienvenida a un ambiente extraño pero acogedor. En el centro, un patio rodeado de imágenes antiguas; cantaoras, bailaores, flamencos, personalidades de todo tipo. En una sala contigua, un grupo de jóvenes improvisa un espectáculo flamenco. Braulio Valderas les pide amablemente que continúen con el ensayo en otra parte, solo un momento, para que pueda dar comienzo la entrevista con CORDÓPOLIS.

El fotógrafo, asiduo de este negocio familiar, explica cómo se ha ido convirtiendo en mucho más que un bar con el paso de los años. El mobiliario pegajoso rezuma vida. Los cuadros de las paredes podrían hablar de reuniones infinitas y tertulias de las de arreglar el mundo. Al igual que las caras de servicio y clientela, marcadas por ese axioma invariable de que la verdad se encuentra sobre todo en la calle y en los bares.

“He querido exponer aquí porque no creo en el mercado del arte ni en las galerías. No estoy en contra de que existan, claro, pero no es un mundo que me llame la atención. Expongo aquí porque esta es como una segunda casa para mí. Vengo mucho, aquí vienen mis amigos, la gente del arte y la cultura que verdaderamente me interesa. Nos relacionamos aquí, hablamos de arte, de futbol, de todo”, explica Valderas.

Arriba, un coro flamenco ensaya frente a las miradas en blanco y negro de drogadictos, indigentes y personas a la deriva. Son los resultados de años de trabajo y una mirada consciente hacia las realidades incómodas que esconden grandes urbes como Berlín, París, Budapest o Madrid, recorridas por el fotógrafo en busca de imágenes cotidianas, comunes, pero ignoradas.

“He visto imágenes muy duras, que ni siquiera me he atrevido a fotografiar. En París vi a una pareja de treinta años escasos con dos niños pequeños en la calle. Era como ver el hogar de una casa, pero sin paredes. Estaban tirados en la puerta de un supermercado. Era terrible”, rememora el fotógrafo. Tras años de empleos diversos y colaboraciones en prensa con sus fotografías, Valderas ha encontrado un alto en el camino para combinar su pasión por la fotografía, innata, con una acusada consciencia política. Esta exposición, pese a recopilar fotografías tomadas en distintos años, bien podrían ser de rigurosa actualidad.

El Black Friday se asoma, inaugurando la fiesta consumista de las navidades, animando a los pasos acelerados por las compras de última hora y el disfrute, mientras las personas sin hogar siguen ahí, ajenos a la aceleración de los tiempos.

“Pretendo mostrar una realidad de la que muchas veces no somos conscientes, o no queremos ser conscientes, de que está ahí. Cuando se habla de racismos, digo que el verdadero racismo es a la miseria. Cualquier personaje de moda de la política española, si le hablan del rey de Arabia Saudí, no habla de un moro, sino que se le abren las carnes. Lo que realmente existe es un rechazo a la miseria, el miedo a que esa miseria esté cerca de nosotros”, declara Valderas, tajante.

Lo explica alguien que se ha criado en un pueblo de Badalona, en un ambiente social difícil, de esos por los que se levantan muros de prejuicios, pero cuyos detalles cotidianos absorben toda la crudeza de la vida. Tal vez ese fuera el estímulo que le llevó a seguir los pasos de Cristina García Rodero, uno de los referentes principales de su obra, a la que elogia por su “perfección técnica” y sus “maravillosos encuadres”. Aunque en sus miradas descreídas en blanco y negro se observan retazos de las fotos de Alberto García Alix, como si dos fotógrafos de cámaras distintas, momentos distintos y visiones diferentes hubieran llegado a preguntarse lo mismo: por qué unas realidades tan descarnadas son tan ajenas a otras, aun compartiendo espacio.

Para Braulio Valderas, el motivo es sencillo. Todas las miradas merecen el mismo respeto, todas son imprescindibles. El precipicio es amplio y hondo y, como Valderas quiere hacernos ver, “caer abajo es muy fácil, pero salir de ahí es muy difícil” porque “encontrarte en ese tipo de situaciones, muchas veces, es cuestión de suerte en la vida y cualquier problemática familiar o laboral te puede llevar a estar ahí”, explica.

El fotógrafo se despide con tono leve y voz pausada. Permanece su mirada triste, como recordando toda la tristeza que ha visto a través de la lente. Se une a la algarabía flamenca que está a punto de montarse en el patio. La vida de bar sigue.

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