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Tres perlas de Azorín escondidas en el casco histórico que no deberías perderte

Casa diseñada por Francisco Azorín en la Plaza de Abades a principios del siglo XX

Aristóteles Moreno

3 de enero de 2026 20:02 h

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A escasos 240 metros de la Mezquita de Córdoba, se levanta una fachada singular a caballo entre el pastiche neomudéjar y el regionalismo andaluz que se expandió como un reguero de pólvora a principios del siglo XX. El frontispicio es de una simetría hipnótica, sencilla y orientalizante, que evoca sin disimulos el poderoso influjo que el gran monumento andalusísigue ejerciendo en medio mundo un milenio después.

Hablamos de la conocida como Casa Cabrera, ubicada en el número 4 de la Plaza de Abades, uno de los rincones más bellos y discretos de la ya masificada Medina cordobesa. Sobre un tibio fondo ocre, se alzan tres plantas rematadas por un coqueto torreón encajado en la azotea. Del oratorio islámico cordobés saltan a la vista sus irrepetibles arcos de herradura bicolores que enmarcan los balcones de la segunda planta y también del belvedere o mirador característico de la arquitectura burguesa.

Sus tres alfices encuadran los arcos con la elegancia colorista de la azulejería andaluza, la misma que adorna los sofitos sobre los que descansan los seis balcones del edificio. Todas las azulejerías son distintas y ninguna distorsiona en el conjunto geométrico de la casa, hoy dedicada a viviendas, salvo la planta baja en que se ubica la taberna El Barón.

Antigua Casa del Pueblo proyectada por Azorín en la Plaza de la Alhóndiga en 1917

La Casa Cabrera está a punto de cumplir un siglo y es una de las obras más sobresalientes del arquitecto Francisco Azorín, turolense afincado en Córdoba, donde diseñó más de un centenar de inmuebles, parte de los cuales ya han sido pasto de la piqueta. A pocos metros de este ejemplo del regionalismo andaluz, en la Plaza de la Alhóndiga, el arquitecto aragonés también dejó en 1917 su personalísima impronta en la antigua Casa del Pueblo hoy transformada en tablao flamenco.

También el arco de herradura es protagonista de la sorprendente portada, pero esta vez con un estilo que bascula más claramente hacia el modernismo. Para empezar, se trata de un arco gigante asentado sobre el suelo y convertido en puerta de entrada del edificio. La fachada es más sobria, de piedra vista y carente de guiños andalusíes como los que aderezan la Casa Cabrera. Es un edificio inscrito en el Catálogo de Bienes Protegidos del Conjunto Histórico, aunque el interior fue víctima del abandono y profundamente remodelado décadas atrás.

No es casualidad que Francisco Azorín acometiera el proyecto de la sede socialista. El arquitecto fue un destacado dirigente del PSOE, amigo personal de su fundador, Pablo Iglesias. Se instaló en Córdoba en 1912 como alto funcionario del Ministerio de Hacienda y ya en 1918 resultó elegido concejal de la alianza republicano-socialista.

El arquitecto Azorín concibió en la Plaza de la Almagra esta casa para la familia Pérez Barquero

Vivió en la calle Claudio Marcelo, según documenta el historiador José Serafín Aldecoa, y fue arquitecto municipal de Écija y de la Diputación provincial, aunque sus obras más reseñables las diseñó en su propio estudio profesional. “Su obra está marcada por las tres corrientes en boga: regionalismo, historicismo y modernismo”, resalta Aldecoa. Y uno de sus objetivos como arquitecto comprometido fue la promoción de viviendas sociales con precios asequibles para las capas más vulnerables. El prototipo de Azorín era la casa unifamiliar rodeada de jardín inspirada en el concepto residencial inglés.

De hecho, el gran proyecto urbanístico del arquitecto turolense fue la planificación de Ciudad Jardín, cuya propuesta original no llegó a cuajar por la muerte repentina de su promotor Diego Serrano. La plasmación años después del ensanche del mismo nombre dista mucho del modelo de planeamiento concebido por Azorín. Otra obsesión del arquitecto fue la mejora del saneamiento urbano de Córdoba cuando apostó por la conservación del viejo alcantarillado califal.

Sin embargo, quienes más han investigado su figura y obra han sido el geógrafo Francisco R. García Verdugo y el catedrático de Historia del Arte Alberto Villar Movellán, uno de los máximos expertos en regionalismo andaluz. Para Villar, Francisco Azorín fue un “arquitecto independiente no adscrito a ninguna corriente” y destaca su dedicación tenaz en la mejora de los saneamientos, la vivienda social y la apuesta decidida por la construcción de escuelas. En aquellos años, según recuerda Aldecoa, en Córdoba había 1.500 puestos escolares para 8.000 niños y niñas. El colegio Rey Heredia, hoy centro ciudadano junto a la Torre de la Calahorra, fue obra suya.

Masón, precursor del esperanto y dirigente socialista, Azorín fue concejal de Córdoba en 1918 y diputado en las Cortes Constituyentes de 1931

El tercero de los inmuebles que destacamos en este reportaje está situado en la Plaza de la Almagra, número 8, conocido antiguamente como Casa Pérez Barquero porque perteneció al empresario vinícola. Precisamente, en el local de la planta baja abrió sus puertas durante años el Mesón La Parra, antes de reutilizarse como tienda de muebles hoy clausurada. La fachada conserva dos balcones acristalados en la primera planta y arcos regionalistas en la segunda, que también evocan vagamente a las dovelas de la Mezquita. El edificio presenta en la actualidad un estado deplorable.

Destacado masón, Azorín fundó la logia Turdetania en Córdoba y se hizo llamar paradójicamente Franco mucho antes de que el general golpista acabara a cañonazos con la primera experiencia democrática de España. Promovió el esperanto como idioma universal capaz de unir a la clase trabajadora de todo el planeta. Otra utopía que acabó arrinconada en el desván de la historia.

Fue uno de los principales redactores del Manifiesto Andalucista de Córdoba de 1919, que abogaba por la creación de una Federación Hispánica para liquidar definitivamente la “vieja España”. Se adscribió al sector socialista de Julián Besteiro e Indalecio Prieto frente al ala radical representado por Largo Caballero y fue parlamentario de las Cortes Constituyentes de la II República.

La rebelión militar del 18 de julio le pilló con los pies en el tren camino de Málaga. Nunca regresó a Córdoba. Tras el avance de los golpistas en el sur, huyó a Cataluña y posteriormente a Francia, donde fue cónsul de la República en Toulouse. El 7 de julio de 1939 llegó a México como decenas de miles de exiliados que jamás volvieron a su tierra.

Allí falleció el 27 de diciembre de 1975, hace exactamente 50 años. Su obra permanece escondida en algunas de las plazas perdidas del casco histórico de Córdoba.

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