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El experimento educativo ‘antismartphone’ de Córdoba cumple un año: estas son sus recetas para atajar la adicción a móviles y redes

Asamblea en el patio del Colegio López Dieguez

Juan Velasco

7 de febrero de 2026 20:16 h

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La escena se repite en miles de casas cada día: mochilas en el suelo, deberes a medio hacer y un dispositivo robando atención en la palma de la mano. Y, ante algo que se ha convertido en un rito, hace un año, un grupo de familias del CEIP López Diéguez de Córdoba decidió que, en vez de resignarse, merecía la pena detenerse y hacerse una pregunta incómoda: ¿Estamos a tiempo de educar en el uso -y el no uso- del móvil?

De aquella duda nació un pacto. No una norma escolar ni una orden administrativa, sino un acuerdo voluntario entre familias, acompañado por el profesorado, para retrasar la llegada del smartphone no solo a los colegios -donde en edades tempranas no está permitido-, sino a la vida misma: un apoyo comunitario entre toda la comunidad educativa para no generar dos realidades: la de niños con móvil y la de niños sin móvil.

Con ello, se iba un paso más allá: se obligaba a hablar de los efectos de las redes y las plataformas sin miedo ni dogmas. Fue un pacto pionero, un experimento que, un año después, no solo sigue vivo: se ha expandido por buena parte de la escuela pública cordobesa y ha crecido incluso dentro del propio centro, donde tres de cada cuatro padres ya forman parte del acuerdo.

“Al principio no sabíamos qué iba a pasar”, recuerda Manuel Ríos, portavoz del Pacto de Familias del López Diéguez. “No sabíamos la acogida real ni el impacto. Por eso siempre decimos que es un pacto simbólico. No obliga a nadie. Lo que pretende es poner la reflexión encima de la mesa y pasar de la preocupación a la ocupación”.

Cuando el miedo estaba en quinto y sexto

El respaldo inicial fue amplio, pero no homogéneo. En Infantil y en los primeros cursos de Primaria, la adhesión fue casi automática. Las dudas aparecieron en quinto y sexto, justo cuando el horizonte del instituto empieza a condicionar todas las decisiones familiares.

“Ahí había más reticencias”, explica Ríos. “Muchos niños tenían hermanos mayores ya en Secundaria y el miedo era claro: que se quedaran fuera, que no pudieran comunicarse, que no encajaran”.

El pacto, sin embargo, estaba pensado para revisarse cada año. Y esa renovación ha sido reveladora. “Familias que el curso pasado dudaban, este año se han sumado. Y familias nuevas, que no estaban en el centro entonces, también. El porcentaje ha crecido incluso en los cursos superiores: estamos ya por encima del 70%”.

El dato más simbólico es otro: la primera promoción que ha llegado a primero de ESO habiendo crecido dentro del pacto. Ese curso que tantas veces se señala como el punto de no retorno. “Ha habido conflictos en casa, claro. Pero muchas familias han encontrado soluciones intermedias: móviles analógicos, relojes con SIM, contacto sin redes sociales. Y está funcionando”.

Adolescente con un móvil

El hambre de hablar (y de entender)

Con el paso de los meses, el pacto dejó de ser solo una cuestión de móviles. Se convirtió en un espacio de formación compartida. El pasado otoño, el colegio organizó unas jornadas abiertas sobre edades recomendadas, efectos neurológicos, alternativas educativas y acompañamiento familiar. La respuesta desbordó cualquier previsión. 

“Llenamos el salón del IES Maimónides, que es de 120 personas, y tuvimos que cerrar el formulario”, cuenta Ríos. “Eso nos hizo ver algo muy claro: la gente está deseando escuchar, hablar, compartir dudas. Nadie tiene certezas. Nadie sabe exactamente cómo hacerlo”.

Esa falta de certezas es, paradójicamente, uno de los pilares del pacto. “No vamos de expertos. Vamos de familias que se preguntan por qué una edad y no otra, qué efectos tienen las redes, qué alternativas hay. Y sobre todo, cómo hacerlo sin convertirlo en una guerra en casa”.

“La educación digital está en el currículo desde Infantil hasta Secundaria. El problema es que no se desarrolla. Igual que la educación afectivo-sexual”

Regular no es suficiente

El debate político que se ha abierto esta semana con el anuncio del Gobierno de que prohibirá el acceso a las redes sociales a menores de 16 años ha reforzado la sensación de que el tema ya ha dejado de ser marginal. Desde el López Diéguez, la postura es clara: regular es necesario, pero no basta.

“Internet es una piscina enorme y revuelta”, resume Ríos. “Poner vallas es imprescindible. Pero si alguien se salta la valla, tenemos que haber enseñado a nadar. El contenido violento, sexual o desinformativo va a seguir llegando porque si hay un sector que evoluciona constantemente es este. La clave es dotar de herramientas”.

Herramientas que pasan por una educación digital sistemática, no relegada a ratos sueltos o a la buena voluntad de un docente. “La educación digital está en el currículo desde Infantil hasta Secundaria. Se habla incluso de inteligencia artificial. El problema es que no se desarrolla. Igual que la educación afectivo-sexual: está en todas las etapas, pero nadie decide dónde se da, ni cómo, ni con qué tiempo”.

Ríos insiste en que el problema no es técnico, sino cultural. “Arrastramos tabúes enormes. Se dice que eso corresponde a las familias, pero cuando preguntas a las familias, te dicen que están deseando que se trabaje en la escuela. Falta voluntad política de decir: esto es importante y hay que hacerlo bien”, indica, apuntando directamente a Juanma Moreno, que la semana pasada confesó en un congreso educativo que la presión constante en plataformas digitales llegó a minar su autoestima y a dañar su confianza personal.

Una persona usando un móvil.

Una casa sin móvil hasta que se pueda

En ese debate abstracto hay historias concretas. La de Luis es una de ellas. Vive en Córdoba, tiene una hija en segundo de ESO y un hijo en Primaria. La mayor, en una de sus primeras clases en el instituto, dejó casi sin palabras a uno de sus profesores. “Estaba pidiéndole el móvil a todos los chicos y ella le dijo que no tenía. '¿Qué pasa, que lo has dejado en casa?', le preguntó”.

Pero no. En ese momento no tenía móvil. Sencillamente. En casa de Luis, el teléfono ha sido siempre un tema hablado, discutido y negociado. “Nosotros lo teníamos claro desde antes del pacto”, cuenta. “No queríamos correr. No sabíamos si iba a ser a los 16 exactamente, pero sí retrasarlo todo lo posible”. Así, durante años, la hija mayor se movió sin smartphone, tirando de otros dispositivos, como relojes con tarjeta SIM o un teléfono temporal en algún campamento.

El verdadero salto llegó con el instituto. En primero de ESO, como muy pronto descubrieron sus profesores, ella era la única de su clase sin móvil, junto a una amiga que venía también del López Diéguez y que había tenido la misma suerte o el mismo debate en casa. “Era la rara -dice Luis sin dramatismo, indicando que no es que la señalaran por ello sus amigas, sino que sencillamente ella se sentía así-, pero lo llevó mejor de lo que esperábamos”.

Sin WhatsApp, la comunicación fluía por otros canales: correos a través del chat del centro, tablets en casa, llamadas gestionadas entre padres y madres que se conocían desde hacía años. “Eso también te obliga a implicarte más como adulto”, explica Luis, que apunta que el móvil propio, efectivamente, ha acabado llegando. Fue hace un mes, por un viaje escolar a Francia.

Esto también te obliga a implicarte más como adultos y como padres. Nos obliga a mirarnos

No fue un premio ni una liberación, sino una herramienta. Y de momento, piano piano: “No ha habido atracón. No ha sido cogerlo y no soltarlo. Ahora toca poner frenos, claro, pero la pauta está ahí”. Las normas son sencillas y constantes: nada de móvil en la mesa, ni en la cama, ni por la noche. En ese punto, quizá lo más difícil, es dar ejemplo. “A nosotros nos obliga a mirarnos. No puedes decirle que deje el móvil y estar tú cinco minutos después mirando WhatsApp. Cuando pasa, pides disculpas y lo sueltas”.

El hijo pequeño observa y toma nota. “Si su hermana tuvo reloj, él quiere reloj. Si ella tuvo móvil en segundo de ESO, él ya sabe cuándo le tocará. De momento no hay presión en su clase. Y eso también es un alivio”.

Actividad en el Colegio López Dieguez

Un ensayo general de algo más grande

El pacto del López Diéguez no pretende erradicar los móviles ni idealizar una infancia analógica que ya no existe. Su ambición es más modesta y, a la vez, más profunda: crear comunidad en torno a una preocupación compartida. “No creemos que con esto esté todo solucionado”, insiste Manuel Ríos. “Esto es un reto enorme. La regulación es necesaria, pero no nos quedamos tranquilos. Hay que formar ciudadanos críticos, capaces de moverse en un mundo que cambia más rápido que el currículo escolar”.

Un año después, el experimento ha demostrado que hablar, acordar y acompañar sigue siendo posible. En Córdoba, al menos, 26 colegios públicos han decidido intentarlo juntos. Y eso, en tiempos de pantallas infinitas y atención fragmentada, ya es una pequeña victoria colectiva que, esperan, sirva de modelo para la normativa que prepara el Gobierno de España.

Una normativa para la que habrá que esperar pero que, a priori, parte de la prohibición, un modelo que genera dudas a quienes lideran el pacto en Córdoba. Ríos, de hecho, reconoce que, aunque la evidencia científica sobre los mecanismos de recompensa, la liberación de dopamina y los procesos de adicción sitúan a las plataformas digitales en un terreno comparable al del juego, la prohibición por sí sola genera una falsa sensación de seguridad

“Poner límites es necesario y llega tarde, pero no basta”, insiste. Internet, recuerda, es un entorno en constante mutación, donde siempre existirán formas de saltarse controles y barreras técnicas, como ya está ocurriendo en Australia, país pionero en normativas que regulan el acceso a las redes. “Puedes regular, puedes cerrar puertas, pero si una se queda abierta o alguien se cuela, el daño sigue ahí”, concluye.

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