Opinión
Democracia versus socialismo
En 1979 el PSOE celebró dos trascendentales Congresos: el XXVIII ordinario, en el mes de mayo, y otro extraordinario, en septiembre. En ellos se eliminó al marxismo como única definición ideológica del partido. Fue entonces cuando su secretario general, Felipe González, pronunció una de las más célebres frases de la Transición: “Hay que ser socialista antes que marxista”. Los resultados de aquel cambio ideológico se tradujeron poco después en el triunfo electoral del PSOE en octubre de 1982 y su llegada al Gobierno de España.
Parafraseando esa expresión me atrevo a emplear otra que nos ayudará a reflexionar en estos momentos críticos para el socialismo y toda la izquierda española: “Hay que ser demócrata antes que socialista”. Esta frase no debería extrañar a nadie porque, desde sus orígenes, el socialismo español siempre se ha alineado en la defensa de la democracia. Sin sus valores, su ideario no podría desarrollarse. Y nadie puede negar, salvo los ignorantes, que en la historia de la democracia en España, ningún partido, ninguna ideología, ha hecho más por ella que el socialismo democrático.
Acaban de celebrarse unas elecciones en Andalucía cuyo resultado no admite dudas. El Partido Popular, que se supone representa a la derecha alineada con la Constitución, ha vencido de manera incontestable. Con sus 53 escaños conseguidos y un 41.60 % de los votos emitidos, ha sido la fuerza mayoritaria, superando con creces los 28 del PSOE y su 22.71 % de sufragios. La suma de la derecha popular con la extrema derecha de Vox representa nada menos que 68 escaños y el 55.42 % de los votos. La suma de las izquierdas solo ha conseguido 41 y el 38.64 %. De acuerdo con estas cifras parece indiscutible que sea el PP quien se encargue de la gobernación de Andalucía. Esto es lo que dicen los principios de la democracia: que quien tenga la mayor confianza de los electores asuma el poder.
El problema que se plantea para cumplir esa exigencia es que el Partido Popular no llega a los 55 escaños que le permitirían gozar de una mayoría absoluta para facilitar la investidura presidencial de su líder Juan Manuel Moreno Bonilla. Necesita dos escaños más que, según todos los observadores, podrían llegar de Vox. Si el partido de Abascal fuera un partido que admitiera la democracia parlamentaria, sus valores, sus avances sociales y la estructura del Estado configurada en la Constitución de 1978, ningún demócrata debería tener problema alguno en asumir estos apoyos. Pero Vox es una organización antisistema, cercana a los planteamientos nazi-fascistas, que no cree en la democracia e incluso estaría dispuesta a su sustitución por modelos cuanto menos autoritarios. Por ello, la pervivencia de la democracia exige, además de reconocer los resultados electorales del 17 de mayo, una fuerte dosis de sacrificio y altura de miras en los partidos de la izquierda, empezando por quien es su formación mayoritaria: el PSOE.
Cuando se proceda a debatir la investidura del próximo presidente andaluz hay que evitar a toda costa, que la misma dependa de la extrema derecha como desgraciadamente ya ha ocurrido en Extremadura, Aragón y Castilla-León. El comportamiento de la extrema derecha no admiten dudas en su desprecio por la verdadera democracia y lo que representa la Constitución. Sabemos que el sí de Vox a la designación de Moreno Bonilla para su tercera presidencia no va a resultar gratis, tal como afirman sus dirigentes y medios afines. Incluso no haría falta que impusieran la presencia de su partido en el Gobierno andaluz. Pero nadie duda que el posible apoyo parlamentario lo va a cobrar con creces. De ello solo habría un perjudicado: Andalucía, que viraría a repetir las páginas más negras de su historia y, por supuesto, la DEMOCRACIA que con tanto esfuerzo se ha consolidado en España.
Para evitarlo me atrevo a pedir al PSOE una dosis de sacrificio y de altura de miras practicando la abstención en la segunda vuelta del próximo debate de investidura. Solo debería imponer una condición que el Partido Popular, que se le llena la boca con su identificación con la democracia y la Constitución, aceptaría sin problemas: el rechazo rotundo a la llamada “prioridad nacional” que propugna Vox. No solo porque atenta a los más elementales derechos humanos, sino sencillamente porque es claramente “inconstitucional”.
Salvado el escollo de la investidura, Moreno Bonilla tendrá que gobernar buscando los apoyos que requiera en cada momento. Es entonces cuando el PSOE deberá desarrollar su oposición con más lealtad que la que ha ejercido la derecha desde que Pedro Sánchez llegó al Gobierno. Porque una oposición leal es tan importante para una democracia como el ejercicio legítimo del poder ejecutivo. El PSOE está obligado por su historia a mostrar lo que siempre ha sido: un partido constitucionalista y democrático que tiene que poner, por encima de todo, el interés general a las estrategias partidistas, aunque a veces lo haya olvidado. La tarea no es sencilla. Pero Andalucía, lo mismo que España, necesita esa leal oposición dispuesta a la colaboración democrática con quien gobierna y no a practicar el enfrentamiento por el enfrentamiento. Que busque y proponga el consenso para los temas más importantes. Que contribuya a ser un dique infranqueable ante cualquier deriva autoritaria o el reverdecer de los fascismos.
Anteponer el socialismo al marxismo fue la antesala de catorce años de gobierno socialista que consolidaron la democracia en España y establecieron los fundamentos del Estado social y democrático de Derecho que contempla la Constitución. Estoy seguro que anteponer hoy la democracia al socialismo no debería plantearse como la entrega gratuita del Gobierno de Andalucía a quien ha ganado en las urnas. El PP lo ha hecho de manera incuestionable. Hay que dejarlo gobernar. Eso ha dicho la democracia. La mejor contribución del PSOE a esa democracia que consolidó en las pasadas décadas es favorecer que se cumpla lo que ha expresado con nitidez la ciudadanía. Será el mejor antídoto para evitar veleidades extremistas en el Partido Popular y logrará que gane la democracia frente a los autoritarismos cuasi-fascistas que la amenazan.
El abandono del marxismo, la doctrina que marcó al socialismo español desde Pablo Iglesias, supuso un importante trauma interno en el PSOE. Pero el partido lo afrontó y lo superó. El socialismo español, aunque a algunos de sus dirigentes les cueste asumirlo, tiene hoy otro reto más allá de su definición ideológica: anteponer la defensa de la democracia a cualquier otra cosa. Para ello tendrá que despejar el camino que permita dejar de lado la política de trincheras que tanta desafectación democrática genera y sustituirla por la colaboración y la crítica contundente cuando fuere necesario.
En el indiscutible ADN democrático del PSOE figura cumplir el deber que hoy se le exige, que no es otro que salvar la frágil democracia azotada por los extremismos dentro y fuera de nuestras fronteras. Aunque para ello sean necesarios cambios muy importantes en su organización. Pero de esto no vamos a hablar ahora. Debe ser el partido quien reflexione y actúe. Esto es lo que pido.
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