Raúl Midón, el hombre del que brota la música

Raúl Midon en el Teatro Góngora | MADERO CUBERO
El multiinstrumentista cautivó anoche en su concierto del Teatro Góngora

Raúl Midón no es un guitarrista al uso. Raúl Midón saca trompetas de su garganta, golpea el cuerpo de su instrumento haciendo brotar pulcros ritmos y tañe la guitarra extrañamente a la vista, en ocasiones abriendo la mano y  mutando el sonido al de un bajo sin el menor esfuerzo. Y unos bongós que toca a la vez haciéndole parecer que tiene cuatro manos.

Tres ambientes -que va ocupando a ratos- decoran el escenario aun estando él solo. Mas, si cierras los ojos, puedes imaginar que se ha multiplicado su presencia en los tres. Aires flamencos adornan las melodías de soul y jazz y un silencio sepulcral del público asistente acompaña toda la actuación.  El respeto es recíproco.

Comienza su espectáculo con Shunshine (I can fly). Es curioso ver cuántas veces puede ser interrumpida cada una de sus canciones por los aplausos del Teatro Góngora. A lo largo de la noche adelantará hasta tres canciones de su nuevo disco que saldrá el 30 de Septiembre, alternándolas con un repertorio escogido de entre sus trabajos State of Mind, Synthesis y esa obra maestra Invisible Chains Live from NYC.

Su virtuosismo en los punteos en Was it ever really love hacen sentir que esta elección del 34 festival de la Guitarra ha sido más que acertada. Para tocar su quinto tema con aires de reggae que da nombre a su trabajo en directo de 2012, se sienta en una silla más baja a la izquierda del escenario.

Maravillosa la comunicación en nuestra lengua, la humildad y su sentido del humor. Se resta mérito como artista explicando a quienes le tachan de grande que piensen que no tiene otra cosa que hacer en todo el día que tocar, aunque más cierto es que por mucho que el resto de los mortales practicáramos desde las claras del día... sin ese don suyo, ni por asomo nos acercaríamos a su esencia.

Y ahora se marca a la guitarra el único instrumental de la noche: Yardbird Suite del saxofonista Charlie Parker, seguido de Everyone Deserves a Second Chance, cantándose una trompeta embriagada de matices tan sutiles que ni la propia trompeta.

Pasa ahora a la derecha, al otro rinconcito donde le espera un teclado. Y nos habla de que si bien estudió un poquito de piano, era tan viejo el que tenía que en cuanto dejó de funcionar lo abandonó. Y cuando de repente volvió milagrosamente a cobrar vida, lo tomó como una señal para escribir Listen to the Rain. Nos habla de perfil, sentado frente a su instrumento. Como sabiendo que  no necesitamos que gire la cabeza hacia nosotros, porque para entonces, mimetizados con él, no necesitamos ver, tan sólo sentir.

Vuelve al centro para de nuevo amenizar con otra anécdota. Cómo compuso Mi amigo Cubano, con toques cómicos y aún sin editar,  tras una llamada desde California una noche de insomnio en un hotel -con un posterior encuentro- de Bill Withers y su poca idea de español.

Waited all my Life  me hace irremediablemente sacar el paquete de kleenex. Porque además de perfecto guitarrista e inventor de instrumentos con la boca, es un impecable vocalista. Y una canción escrita para la primera cita con la que ahora es su mujer que iba a presenciar un concierto suyo, primero desde el miedo de lo que no iba a ser capaz de ofrecerle, luego siendo positivo y estrujando sus habilidades, compensando esa limitación en su vista con el derroche de sentimientos, enfocando toda su energía en lo que mejor sabía hacer,  suple cualquier carencia. Afinación perfecta en una voz repleta de graves y agudos, terciopelo y ... aliento. Porque su voz suena a vaho en un cristal una noche de lluvia.

No entiende cómo en un tributo a The Who, nadie escoge versionear I can see for miles. Ni yo tampoco. Sobre todo por la fuerza con la que una guitarra en sus manos puede sonar a banda entera. Don't be a Silly Man, Expressions of Love evocando a Steve Wonder y...  percutiendo y percutiendo... cierre de show con el ansiado State of Mind donde el juego de melodías complicadas colmadas de semitonos inventando con la garganta punteos, voces y trompetas arranca el aplauso más grande de la noche. Tan grande que vuelve a salir dejándonos un precioso sabor de boca con su Alfonsina y el Mar que ya no es que te emocione, es que lloras con hipo.

Primera vez en Córdoba y quién sabe si se volverá a repetir. Un concierto de Raúl Midón te hace salir a la calle con ganas de amar para amortizar tanto sentimiento vivido.

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