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Iznájar, el coloso al que no llena ni un tren de borrascas excepcional

Iznájar.

Alfonso Alba

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El embalse de Iznájar, conocido popularmente como el lago de Andalucía, es un coloso de las infraestructuras hidrológicas de España. Cuando se inauguró en 1969, fue la presa de gravedad más alta de Europa, con sus imponentes 121 metros de altura sobre el cauce del río Genil. Es uno de los grandes pantanos de España, construido además en una de las cuencas que no destaca precisamente por su abundancia de lluvias. Por eso, por sus dimensiones y por su ciclo hidrológico, es un pantano realmente difícil de llenar. Tanto que ni el río atmosférico de los últimos días han logrado que sobrepase el 50% de su capacidad.

Desde su inauguración, Iznájar se ha llenado al 100% muy pocas veces: 1978, 1997, 2010 y 2013. Siempre después de años excepcionales de lluvia y nunca de una tacada como la actual. En Iznájar caben 920 hectómetros cúbicos de agua. Es cuatro veces lo que supone la unión del Guadalmellato y San Rafael de Navallana, por tener una perspectiva. Además, depende de un río como el Genil que viene de una cuenca en Granada que ya está muy regulada.

Las lluvias de estos días han elevado y mucho su reserva de agua. Iznájar no estaba ni al 30% de su capacidad. Ahora, no llega ni al 50%. A las 19:00 de este sábado rondaba los 440 hectómetros cúbicos de agua en su interior, para un total de 920. Tenía margen para otro tren de borrascas más.

La excepcionalidad de este embalse ha permitido librar a las poblaciones de aguas abajo del río Genil de las inundaciones que siempre sufrían. Puente Genil, Écija o Palma del Río están repletos de episodios históricos. Sus edificios tienen marcas de hasta dónde llegó el agua años atrás. Iznájar ha permitido atenuar esas inundaciones que se producían cada poco tiempo.

Sin embargo, domar al Genil tuvo un precio amargo. Para que hoy podamos hablar de un “lago”, hubo que sacrificar el corazón de la comarca. Bajo los millones de metros cúbicos que hoy se agitan con el viento, yacen las tierras más fértiles del valle y los restos de la aldea de Cortes de Tiñosa. El éxodo de cientos de familias hacia la periferia de las grandes ciudades fue la moneda de cambio para la seguridad de quienes vivían río abajo.

La paradoja de la inmensidad

La gran paradoja de Iznájar es su propia escala. Es tan sumamente grande que su llenado no responde a borrascas convencionales, sino a ciclos climáticos históricos. Mientras que otros embalses de la provincia de Córdoba celebran el alivio de sus compuertas con apenas un par de semanas de lluvia intensa, Iznájar bosteza.

Su capacidad técnica de 981 hectómetros cúbicos (aunque operativamente se suela referenciar en torno a los 920) lo convierte en un sumidero casi infinito. Para que el nivel suba un solo punto porcentual, el Genil debe aportar una cantidad de agua que llenaría por completo pantanos de menor escala. Esta semana de febrero de 2026 ha sido testigo de un aporte “barbárico”, pero el coloso sigue teniendo sed. Sus orillas, marcadas por la característica franja blanca de la roca seca, aún muestran que el camino hacia el pleno rendimiento es largo.

El centinela de la sequía

En los últimos años, Iznájar se había convertido en el símbolo visual de la sequía en Andalucía. El descenso de sus aguas permitió que emergiera el “pueblo fantasma”, con restos de antiguos cortijos y puentes que la generación de los 60 dio por perdidos para siempre. Estos restos arqueológicos, que atraen a curiosos y fotógrafos, son el recordatorio de que, en esta cuenca, el agua es un préstamo que el sol suele reclamar con intereses.

A pesar de que este tren de borrascas ha dado un respiro vital, la situación de Iznájar refleja la nueva realidad climática.

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