Diario del Confinamiento | Nostalgia de nostalgia

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Me gustaría, en este punto, confesarles que me gustaría echar de menos mi casa y sus cosas. Me temo que, de momento, no es posible. Pero me gustaba esa sensación, ahora tan de antaño.

Yo echaba de menos mi colchón y mi mesita de noche con un dedo de polvo, un vaso de agua, una radio y un pañuelo.

Echaba de menos la bisagra torpe del mueble de cocina, debajo del fregadero, que deja al cubo de basura a medio entrar o a medio salirse. La campana extractora viejuna con su ruido de helicóptero, la sartén oxidada de los huevos fritos.

La casi imposibilidad de encontrar un libro en las estanterías que yo, en mi delirio, consideraba ordenadas.

Mear salpicando un poco fuera apoyando la mano derecha en un azulejo. Dejar la tapa abierta.

Mi almanaque con la cara de Fray Gerundio de Alpandeire que me cuenta el pasado y me empuja al futuro. La reproducción enmarcada del perro semienterrado de Goya que me regaló una amiga y que me interroga en el salón (me dice ¿ahora qué, subo o bajo, qué harías tú?).

Esas pequeñas cosas que aún no son recuerdos, pero que más pronto que tarde serán memoria.

Ahora no las puedo echar de menos. Están.

Los griegos acuñaron eso de la nostalgia como una mezcla de regreso y dolor. Qué listos y que tontainas a la par: señores, que yo no salgo de aquí, que no regreso. Y no me duele nada –afortunadamente-.

Pero tengo nostalgia. De tenerla, creo. Manda narices la cosa.

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