Escena costumbrista

Ludwig Wittgenstein y Enrique Jardiel Poncela y una abuela residente en el Sector Sur comparten instantes de espera bajo la marquesina del autobús.

Juntos pero no revueltos.

Churras y merinas.

El uno fija su mirada en el panel, consciente de que la fuerza devastadora de sus ideas acelerará el tránsito de la línea 12 D. C.

El dos escarba en el abrigo: busca la tarjeta mensual.

El tercer personaje es una anciana con bastón y carrito de la compra. Los dos personajes la ayudan a subir, cargada, exhausta, al vehículo.

Y ocurre.

Ocurre que la anciana pregunta.

Ocurre que el conductor responde.

Y en ese momento la filosofía, el absurdo y Eloísa, resguardada a la sombra de un naranjo, se fusionan.

  • Anciana: ¿este autobús va al Corte Inglés?
  • Conductor: ¿a qué Corte Inglés?
  • Anciana: al Corte Inglés.
  • Conductor: ¿a qué Corte Inglés?

La pregunta y la respuesta, confundiéndose con la respuesta y con la pregunta de manera respectiva, inagotable, viceversa, etceterá, se encadenan durante varios minutos hasta que otro pasajero, desde el fondo del vehículo, grita:

  • Pasajero anónimo: ¡QUE SÍ!

La verdad.

La iluminación.

El no comprender.

Es el momento en el que Wittgenstein concluye que los límites de Aucorsa son los límites de su mundo y que la lógica y la analítica y las esdrújulas que tanto visten, visten tanto, no barajan que la usuaria de una línea con parada ante el establecimiento en cuestión pregunte por ese establecimiento en cuestión, y no, precisamente, por un primo hermano abierto en otro barrio y sobre el que la usuaria, tirando de hipótesis y de dudas, quizá no haya escuchado hablar en todos los días de su larga vida, y por muchos años.

La escena la vivimos Wittgenstein y Jardiel Poncela y yo, o más bien esta última, ser-vi-do-ra, bajo el influjo de las lecturas y las incredulidades, costándome procesar que el sainete transcurría allí y entonces.

En el autobús escucho.

En el autobús me fijo, por ejemplo, en la gente que ocupa el asiento del pasillo y condena al vacío el espacio junto a la ventana, y se hace la loca para que no te sientes, y se acompaña por su bolso o por sus bolsas con tal de viajar solos. Me fijo en esa gente, en su cara de pocos amigos, en la manera en la que refunfuñan cuando alguien pretende sentarse junto a ellos, no por el gusto de su compañía, que no, sino porque tienen el mismo derecho y hay asientos libres, y en cómo se niegan a bajarse para que el otro acceda con facilidad, y mueven el culito y las piernecitas y se echan a un lado mientras bufan, con tal de no invertir su energía en el otro, y el otro se contorsiona hasta originar, en un ratito, un Circo del Sol cordobés.

Ea. Bienvenido a la industria cultural y creativa.

La anciana y su carrito y su no saber si terminaría en El Corte Inglés o en el Trinity College o en el Café Pombo, y la mujer que el otro día en el 6 solo se apartó para que una chica se sentara a la cuarta repetición mecánica del disculpe podría sentarme ahí, me suscitaron reflexiones diversas, resumidas en:

  1. Lo poquito que cuesta ser amable.
  2. Lo muchito que se logra siendo amable.
  3. Por qué nos empeñamos en hacer fácil lo difícil.
  4. Qué espectáculos, en esta época de La Cosa, cuestan un euro con veinte céntimos.

Un sociólogo viaja en autobús con babero, cuchillo y tenedor, apabullado por la catarata de datos que ofrecen sus conductores y viajeros. A mí me parece un laboratorio: la sociedad resumida en X pasajeros sentados y X pasajeros de pie. El egoísmo. La falta de colaboración. Las zancadillas. También el chaval que cede su asiento. También el que abre el monedero para sacar los diez céntimos que alguien no encuentra para pagar el billete. También quien responde a una duda e indica una parada.

Ludwig Wittgenstein y Enrique Jardiel Poncela y una abuela residente en el Sector Sur comparten instantes de espera bajo la marquesina del autobús.

Llega Mariano José de Larra y saluda: buenos días.

Buenos días.

Etiquetas
Publicado el
10 de marzo de 2013 - 07:00 h