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Sobre este blog

Estudié para profesor de inglés pero nunca pisé un aula, porque lo que siempre me gustó fue escribir y contar historias. Lo hice durante 15 años en El Día de Córdoba, cumpliendo sueños y disfrutando como un enano hasta que se rompió el amor con el periodismo y comenzó mi idilio con el coaching y la Inteligencia Emocional. Con 38 años y dos gemelas recién nacidas salté al vacío, lo dejé todo y me zambullí de lleno en eso que Zygmunt Bauman llamó el mar de la incertidumbre. Desde entonces, la falta de certezas tiene un plato vacío en mi mesa para recordarme que vivimos en tiempos líquidos e inestables. Quizás por eso detesto a los vendehúmos, reniego de la visión simplista, facilona y flower power de la gestión emocional y huyo de los gurús de cuarto de hora. A los 43 me he vuelto emprendedor y comando el área de proyectos internacionales de INDEPCIE, mi nueva criatura de padre tardío. Me gusta viajar, comer, Queen, el baloncesto y el Real Madrid, y no tiene por qué ser en ese orden.

La Media Inglesa

La Media Inglesa.

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Últimamente me he enganchado a un canal de Youtube que se llama La Media Inglesa, donde de una forma desenfadada no exenta de buenos contenidos se habla de fútbol inglés en español. Puede que no deje de ser la idea de unos frikis del fútbol internacional, probablemente el nicho de mercado no pasaría cualquier análisis previo y en principio resulta complicado que sea un proyecto económicamente rentable. Una idea bonita y romántica, pero predispuesta al desastre económico. Otro bello sueño que mandar directamente a la basura.

Hoy La Media Inglesa tiene cerca de 300.000 subscriptores en todo el mundo y gracias a un modelo de membresía es ciertamente autosostenible con cinco personas trabajando a tiempo completo. “No ganamos una fortuna, pero podemos vivir de esto”, dice su creador, Ilie Oleart, que a sus 46 años puede ser un ejemplo de los tumbos y bandazos que hemos tenido que pegar muchos de los que estamos en esa edad hasta que al fin hemos encontrado nuestro sitio.

Tras estudiar Derecho, su pasión por el fútbol le llevó a trabajar como agente de jugadores en París antes de irse cinco años a México… como director general de un equipo de Segunda División. Sus aventuras entre narcos darían para escribir un libro, pero el caso es que hace diez años volvió a España por motivos personales y con 36 tacos se planteó: ¿Qué hago ahora con mi vida? Como siempre le habían apasionado el fútbol y el periodismo, y mientras hacía un MBA y se sacaba el título de entrenador nacional, se planteó crear un producto propio con rigor, pero sobre todo con humor y desdramatizando algo tan banal como el deporte. Así nació hace una década La Media Inglesa.

Después de un sesudo análisis de mercado, una declaración de misión, visión y propósito, una DAFO y todo lo que se puede hacer bien antes de sacar un producto al mercado, Oleart comenzó una odisea que hoy no es sólo rentable, sino que también es una referencia del mejor periodismo que se está haciendo en español desde las plataformas digitales. Se puede decir que La Media Inglesa es un ejemplo, un modelo de éxito y un patrón a seguir por todos aquellos que quieren empezar en el proceloso mundo de Youtube, Twitch, etcétera.

“Sí, es verdad, pero pocos saben que hasta 2018 no generamos ni un solo euro”, dice Oleart en cualquiera de las entrevistas en las que humildemente explica la génesis de un canal de referencia para los amantes del fútbol inglés (y también para aquellos a los que no les interesa lo más mínimo, pero que encuentran contenidos atractivos e interesantes). En efecto, y como tantas otras, la historia de éxito de Ilie está escrita tras años de trabajo, de jornadas de 15 horas sin ganar ni un duro, de empleos compatibilizados (uno da de comer, el otro te quita la vida) y de muchos días en los que te planteas si aquello tiene sentido.

Me siento muy identificado con Oleart, por edad, por una carrera profesional llena de giros y por mi perfil anglófilo, que en los 90 me llevó a estudiar una carrera de la que creía que no iba a sacar nada y a enamorarme del United de Cantona y Giggs, del teatro de los sueños y de una Premier League que empezaba a ser lo que es hoy. Hoy todos le alaban, le llaman para entrevistarle, para que cuente su experiencia, habrá quien le envidie y quien diga que ha tenido suerte, pero pocos saben que hasta llegar ahí las pasó putas, como tantos otros que picaron piedra hasta dejarse las manos antes de llegar donde están hoy.

Desde la atalaya de los años, incluso ahora que está rodeado de veinteañeros en su equipo, Oleart me reconoció que “vivimos en una sociedad en la que creo que se están transmitiendo muchos mensajes equivocados a los jóvenes: ”Busca algo que te guste y no tendrás que trabajar nunca más“ o ”el éxito no depende de las horas que trabajes…“. ”En mi experiencia, hay que trabajar con inteligencia. Pero si quieres sacar algo adelante, te tienes que dejar la vida y estar dispuesto a hacer sacrificios“, explica alguien que ha tragado barro a espuertas y que hoy se sigue tragando algún que otro West Brom-Burnley por trabajo, aunque no le apetezca lo más mínimo.

La Media Inglesa sembró durante mucho tiempo para ganar mañana, con la visión decidida de hacia dónde quería llegar, pero con la flexibilidad necesaria para cambiar aquello que no funcionaba sobre un plan inicial, por muy bien elaborado que estuviera. Puede que sea como la selección española, que quizás debió estar jugando ayer la final de la Eurocopa pero que perdió ante Italia uno de esos partidos que enseñan más que muchas victorias. Puede que las lágrimas de Pedri sean el mal necesario para la alegría del futuro, cuando el canario y el equipo aprendan todo lo que les hace falta y entiendan que esto no es tan fácil como muchas veces nos cuentan. Puede, al fin y al cabo, que tengamos que aprender a invertir en nosotros mismos, en nuestros proyectos y en nuestros sueños aceptando que el resultado no será inmediato y que la derrota forma parte del aprendizaje de la vida, aunque eso a mucho millenial sin media hostia le cueste la primera frustración de su vida, un ataque de ansiedad, una llamada a mamá y una visita al psicólogo.

Hace 50 años, el psicólogo Walter Mischel desarrolló en la Universidad de Stanford el famoso experimento de la esponjita, ese en el que varios niños son puestos a prueba para ver si se comen la golosina o son capaces de aguantar ante la promesa de un premio mayor. El seguimiento del experimento indicó que aquéllos que fueron capaces de diferir la gratificación fueron descritos como “significativamente más competentes”. En la época del éxito instantáneo, del esfuerzo mínimo y la recompensa inmediata, muchos de esos niños serían considerados gilipollas y nerds, sufrirían bullying y les darían collejas en el recreo antes de ser apaleados en las redes sociales. Pero menos mal que gente como Ilie apostó por no comerse la esponjita.

“Yo entrenaba 4 años para correr solo 9 segundos. Hay personas que por no ver resultados en 2 meses, se rinden y lo dejan”.

Usain Bolt

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Estudié para profesor de inglés pero nunca pisé un aula, porque lo que siempre me gustó fue escribir y contar historias. Lo hice durante 15 años en El Día de Córdoba, cumpliendo sueños y disfrutando como un enano hasta que se rompió el amor con el periodismo y comenzó mi idilio con el coaching y la Inteligencia Emocional. Con 38 años y dos gemelas recién nacidas salté al vacío, lo dejé todo y me zambullí de lleno en eso que Zygmunt Bauman llamó el mar de la incertidumbre. Desde entonces, la falta de certezas tiene un plato vacío en mi mesa para recordarme que vivimos en tiempos líquidos e inestables. Quizás por eso detesto a los vendehúmos, reniego de la visión simplista, facilona y flower power de la gestión emocional y huyo de los gurús de cuarto de hora. A los 43 me he vuelto emprendedor y comando el área de proyectos internacionales de INDEPCIE, mi nueva criatura de padre tardío. Me gusta viajar, comer, Queen, el baloncesto y el Real Madrid, y no tiene por qué ser en ese orden.

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