La ciudad
¿Se puede estar desubicado sin saberlo? Sí. Cuando nos dicen: “Usted está aquí” (en la calle cordobesa de Claudio Marcelo, por ejemplo), me sonrío, dudo, elevo las cejas. Porque urge preguntarse dónde estamos y a dónde vamos realmente, dicho así, dramático y fatal , a lo Rubén Darío.
Que el teléfono inteligente permita compartir la ubicación es engañoso. No basta. Miremos qué hay detrás, arriba, debajo, en los alrededores, en el horizonte temporal, histórico, dialéctico (valga el halo marxista).
Lo digo porque la ciudad, las ciudades, lo local, allí donde la persona debe hallar el hogar y el sustento, el centro de salud, la biblioteca fetén de singular arquitectura, las piscinas públicas (cubierta y de verano), el espacio cultural común de multiuso, el café y la media tostada, la charleta, la pertenencia activa a la comunidad…, es algo que está siendo desvalijado, desnaturalizado, lenta o rápidamente demolido frente a una vecindad acaso estafada en todas las coordenadas del planeta: aquí y en Pekín.
A escala global digamos que existe un malestar en las polis, asediadas por fuerzas voraces. Hay un sentirse o estar, la gente, extrañada y cuesta arriba, expulsada, explotada, crispada, sola, esclava del lugar y sus precariedades, sin casa ni suficiente tiempo libre, lejos de cuanto ensancha nuestro espíritu.
Ese malestar acecha a toda polis. No pensemos que el tamaño medio, la inercia de algún inmovilismo, la tremenda hermosura, el patrimonio de la humanidad, el gigante río, Sierra Morena, las voces ético-poéticas, el asociacionismo, los naturales y los migrados, las formidables instituciones, todo eso junto, nos protegen de una corriente planetaria que actúa cual enemiga de la ciudad. La ciudad cual categoría. Como realidad para vivir y convivir. Como entidad capaz de financiarse y ser sostenible económica y ambientalmente sin vender su alma a los diablos. Como soberanía local que manda en sí y se dirige y se moldea hacia lo que conciertan, necesitan y planifican sus habitantes. Como espacio, en definitiva, de civilidad y de civilización.
Atención, que esto puede ser serio. Lo dicho arriba se nutre de una conversación en torno a los desafíos, amenazas, emergencias, fortalezas, oportunidades que laten en las ciudades del siglo XXI. Bebe directamente del ensayo Antes todo esto era ciudad , de Pedro Bravo, a quien escuché en el espacio Sapiens , de RNE.
Asistimos a una lucha que nos toma como rehenes, como víctimas, como pasmarotes, como cómplices que ignoran su condición. Se libra en el territorio, en sus espacios: los urbanos, los rurales, los turísticos, los estratégicos, los cultivables, los inundables, los de secano, los de regadío, los codiciados, los logísticos, los estratégicos, los valorizables, los contaminados, los urbanísticamente recalificables, los asfixiados, los relegados, los paraísos vaciados de nuestros pueblos, los del Edén posible para afincarse que anidan en tantísimas comarcas, los de los barrios gentrificados (con sus trampantojos de cascos históricos donde, más que poder vivir, se hace caja y se apilan los reels de Instagram).
¿Qué síntomas, qué pistas, qué pequeñas muertes me he perdido durante años? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Los concursos públicos habitualmente los ganan las grandes compañías, que luego, en general, subcontratan y ponen leoninas condiciones a las empresitas ejecutantes. Las administraciones, de las locales hacia arriba en el escalafón institucional, se han despatrimonializado en un amplio sentido de la palabra. No existe el necesario parque público de vivienda asequible, contrapeso a la codicia de una economía mundial basada en la rentabilidad insensata y el dividendo por el dividendo. Para colmo, por poner un ejemplo, una buena porción de la vivienda social que había en Madrid se vendió a un fondo de inversión que después hincha el precio de los alquileres y presuntamente pisotea derechos humanos básicos que son llave de otros; pues tener una casa es salud, es poder hacer planes de vida, escribir una dirección en un CV cuando se opta al empleo…
Y no solo se trata del autoboicot municipal, autonómico, estatal o europeo, que en tantas ocasiones supone el externalizar y el privatizar, sino de la indignante cesión o pérdida de bienes y recursos públicos que se levantaron con dinero de quienes pagamos impuestos. Así, habría que reconocer, por mucho que levantemos la barbilla y ensayemos gestos de dignidad, que las ciudades están en riesgo de sufrir un expolio orquestado, de ser vampirizadas y de convertirse en espacios muertos adictos al bótox de la obra nueva, de la expansión sin rehabilitación sólida, coherente, bien financiada, a la medida de las personas y de la emergencia ambiental y climática, sostenida en el tiempo.
La ciudad es nuestra palanca. Es urgente rehabitar las ciudades. Agarrarlas junto al corazón como el balón preciado de nuestros juegos infantiles. No perdamos el control. Que las ciudades vayan hacia donde el bien común diga. Que sean escenario, crisol de diversidad y muralla protectora de nuestras democracias.
Porque si la democracia se forjó en las ciudades, en cafés donde al calor de las tazas humeantes se dialogaba para cambiar las condiciones políticas, laborales, etc., es claro que los nuevos autoritarismos buscan morder en la yugular de la polis.
Pero estamos a tiempo de revertir el desastre. Un día, más pronto que tarde, en este siglo, por favor, deberíamos poder decir: “Antes todo eso era detritus de los fondos buitre, y ahora hay vida”.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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