Puerta cero

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El techo de un estadio se desprende. Inventan una pizza de Kit Kat. Un central del Córdoba se estrella con el coche. Un robo de joyas. Muchas películas que no he visto. Un musical que no veré por ese interés que tiene todo el mundo en que lo vea. Un montón de gilipollas diciendo gilipolleces en Twitter. También en la barra del bar y en la cola del supermercado, pero ahí logro zafarme. En Twitter es diferente. En Twitter me sumerjo sin bombona. Buceo entre intrascendencia y voy sembrando en el océano incultivable miles de palabras pretendidamente severas. El espejo me recuerda que nada me distingue de ellos. Que todos somos la misma cosa. Llevamos una vida creyéndonos especiales pero el magma nos devora. Nos convierte en plácida ceniza. Ya con el tiempo en piedra fría. Indescifrables. Sin aliento que nos defienda. Esto es el mundo. Todos estos que son como yo. Todos estos que como yo se creen únicos. Quiero creer que soy algo especial, genuino, intratable. Quiero creer que siento como uno, que vivo como uno, que hay algo en mí que no está en otra gente. Pero escarbo con los dedos y sólo encuentro la misma, homogénea y definitiva mierda.

María conserva ese interés antiguo que es hablar con los demás. Compartir relatos con absolutos desconocidos, interesarse por su salud, por sus andanzas, por sus proyectos. Si los nietos han crecido, si la hija terminó los estudios, si su equipo ha vuelto a ganar, si traspasaron la pollería. Ella es así de curiosa desde pequeña, dice su madre, y las historias de la gente le resultan fascinantes. Escucha con los ojos enormes y un entusiasmo que obliga a sus interlocutores a hablar sin descanso, sin reservas y sin contrapartidas. Ellos hablan y hablan y ella escucha y asiente. Se empapa de las miserias de los demás, o de sus éxitos, de sus subidas y sus bajadas, de sus amores rotos o sus amores futuros. Es compasiva en el sentido primero, el de sentir conjuntamente y no en ese significado sobrevenido de condescendencia. Una humanidad de café y pastas. Una socialización poco escandalosa, que nada tiene que ver con chismes sino con una suerte de ilusión grupal, de que todas las vidas están unidas y hay que regar la planta de la sociedad cada mañana. Porque se seca, y nos volvemos huraños y esquivos.

María, como además tiene buena memoria, retiene nombres y lugares, detalles que encarnan la confesión. Y luego me cuenta las historias, las vuelve a montar para mí con pasión y medida, como quien quiere dormir a un niño, con esa voz agravada y dulce de los vinilos. "Deberías haber sido psicóloga", le digo medio en broma, pero es verdad, lo pienso. A ella le interesan las palabras de los demás, sus opiniones, sus anhelos. María no ha roto el hilo que la une con el mundo, al contrario, teje lazos, comparte, disfruta… mientras yo, en las antípodas del siento, me empeño en romper todo el tiempo con mis iguales. Con una carga de hastío y desdén que a María, como es obvio, le parece incómoda, agresiva e impostada.

Escuchar es un verbo que cada vez uso menos. La admiro por eso. Por su capacidad para desprenderse de los prejuicios y bucear en la vida de los demás, por su paciencia. A mí, sin embargo, cada vez me interesa menos lo que la gente pueda contarme. Sólo escucho letanías y quejas, aburridos relatos de superación o justificaciones insustanciales acerca de qué hicieron y por qué lo hicieron. Como si todo estuviera ya medido, escrito, aprobado por una moral retorcida como la nuestra. Un embudo emocional y un desapasionado romance con la vida. No me gusta la existencia, no la entiendo, me es hostil y azarosa, y sólo cuando algún ser querido muere, me aferro a ella con entusiasmo, con niñez y miedo. También cuando amo. Aunque amar siempre me resultó una amenaza, una película hermosa a punto de salir ardiendo. Como si la felicidad siempre estuviera preñada de desdicha. Y lucho cada día para cambiar mi paradigma, para dejarme arrastrar por lo que siento sin esa herencia familiar que es temer a la felicidad porque no hay felicidad que no venga sucedida de una sonora, rotunda e indescriptible desgracia.

Como me tengo por hombre coherente, cada vez hablo menos. Me niego a contribuir a ese nudo siniestro en el que todos se quejan de todo. Cuando me preguntan cómo estoy, siempre contestó con un despreocupado "perfectamente" que la mayoría de las veces esconde un profundo pesar o una indescriptible alegría. Antes no era así, pero me hago viejo y perezoso. Y más frío. Pierdo el entusiasmo como estoy perdiendo el pelo, o se me sueltan los músculos o me punzan las rodillas. Porque hacerse mayor es desapegarse de un mundo incomprensible. Ver como la casa se quema y salvar solo lo imprescindible. Lo más cercano. Un juguete que nos clave a la infancia, una carta de amor que nos clave al presente, un deseo irrealizable que nos clave al futuro. Así que cada día intento aprender de ella, de esa generosidad espontánea que tienen las personas que escuchan, esos que sienten con el mismo pulso.

El silencio es un patrimonio infravalorado. Sentir sin verbalizar, gracias a los charlatanes y a los coach, se ha convertido en algo subterráneo, casi reprochable. A mí me gusta vivir sin más. En espacios poco lujosos. Con hábitos poco vistosos. Con una sencillez que no confundo con simpleza. Nada más retorcido, lejano e indescifrable que la sencillez. Que la medida justa de dulzura. Que el equilibrio del día a día. Digo orgulloso que no necesito a nadie, pero hay una contradicción cada vez que tecleo. Un abismo entre lo que vivo y lo que comparto. Cuando me siento aquí, delante del ordenador, siempre pienso en que los lectores me dan más de lo que yo quiero darles. Y no es una gratitud meliflua, es otra cosa, una suerte de inseguridad y falta de ambición. También un camino, y un montón de palabras atragantadas en los dedos. Como si por cada palabra mía se fuera un poco de esa vida que persigo.

En el fútbol vivimos idéntica contradicción, pero con un acentuado sonrojo. Sentimos a nuestro equipo como seres únicos, pero sin la gente estamos solos. Las gradas son una fábrica de resistencias, de deseos compartidos, de manos apoyadas en el hombro ajeno, de sonrisas cómplices, de años de silencioso cortejo. En la victoria disfrutamos de nuestra soledad con pornográfico estruendo, pero en la derrota nos lanzamos a la piscina de los demás, a sus silencios. Encontramos complicidad y apoyo en los rostros anónimos, en las miradas perdidas, desconocidas y consoladoras.

La realidad es la que es: el Córdoba se va a la mierda. Pierde. Pierde obstinadamente. Se aleja del oro y se mete hasta los tobillos en la charca. Pisa un lodo viscoso y gris. Se aleja de la orilla y ya no queda felicidad que haga soportable este camino. Buscamos culpables y casi todos coincidimos en la gestión chapucera e interesada de una familia que siempre, desde que llegó al Córdoba, antepuso su bolsillo a nuestros corazones. Que intentó descapitalizar al club embolsándose unos dividendos desvergonzados hasta en el fútbol moderno. Que no han invertido lo ganado tras vender a nuestros mejores futbolistas y que ahora lanzan mensajes de paz y amor mientras el Córdoba se desangra en la cuneta como un perro atropellado en la madrugada, cegado aún por las luces, sin más salida que la muerte dolorosa escondido y tiritando entre la maleza. Mi Córdoba. Como un perro. Muriendo en la calzada.

Por eso un puñado de cordobesistas quieren, cuando menos, desahogarse. Lo harán a las once del domingo en la puerta cero de El Arcángel. Allí esperarán hasta que empiece el partido, renunciando a su equipo, dándole la espalda a lo que son y han sido. A su asidero de los domingos. A sus colores. Y lo harán para demostrarles a los que mandan que basta ya. Que no todo vale. Que el Córdoba es más club que empresa, más amor que puro y asqueroso dinero.

Nunca he querido ser parte de nada. Me cuesta pensar en el nosotros. Soy un yo incontenible. Pero no puedo negar la seducción de una masa que se une para pedir lo que considera suyo. Para hacerse oír. Gritar. Desahogarse. Acompañarse en silencio como se acompañan en los entierros. La misma ceremoniosa llegada, desde todas partes, atravesando mustios las amarillentas mejillas del estadio. Colocándose ahí como quien no se conoce o llega tarde a una fiesta a la que nunca fueron invitados. Me gusta pensar en ese domingo de tristeza y enfado. Me gusta pensar en un nosotros unido. Aunque sea por un rato. Aunque sea en el próximo domingo, sesgado por un partido que hay que ganar, un puñado de minutos. Unos instantes tremendos fuera del estadio. Escuchando el rumor de los que han decidido no sumarse. Escuchando, ojalá, los goles del Córdoba. En el eco de una victoria. Una unión fúnebre y necesaria. Una afición con su silencio a voces, con sus aplausos muertos, con sus miedos y sus deseos. Como todos. Una suma de sentimientos únicos. Y así, en compañía muda, empezar por fin a entenderlo todo.

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7 de febrero de 2017 - 22:03 h