Piojos versus corbatas

La última vez que me puse una corbata fue el día que hice la Comunión, y era de pega. Fue mi primera y mi última vez. Al principio me negué a usar corbata porque no soporto llevar nada que me apriete en el cuello. Después, una mezcla de cabezonería y rebeldía. Ahora (cuando quizás alguna vez me la vuelva a poner) simplemente no me la pongo porque alguna vez han intentado obligarme a hacerlo. Y no.

En todos estos años, he ido a muchos sitios en los que supuestamente era necesario usar corbata. Nunca me la puse y tampoco pasó nada. Siempre hubo quien me miró mal. Otros, directamente, me dieron por un caso perdido. Y algunos, muy pocos, se lo tomaron directamente como una ofensa o una falta de respeto. Sí, flipante.

Esta semana se ha constituido el nuevo Congreso de los Diputados. Podemos, másters en atracción mediática, se ha dejado notar, pero no ha inventado nada. No son los primeros diputados que no usan corbata (que se lo digan al ministro Sebastián, cuando Bono le abroncó por no hacerlo), tampoco en llevar a bebés con sus madres (ha habido hasta senadoras del PSOE), ni en ir en bici (nuestro Antonio Hurtado llega a la carrera de San Jerónimo así). Lo de las rastas quizás sí que son los primeros. Y desde luego, lo de protagonizar ataques solamente por su aspecto.

Las impresiones, ya saben, engañan. Por eso, muchas veces, el Código Penal atribuye más años de prisión para un robagallinas que para un defraudador fiscal. No es lo mismo un harapiento que un corbatilla. Y cómo vamos a dejar que nuestros impuestos los gestione un tipo con rastas y barba desaliñada. En Europa, sobre todo en las democracias más asentadas como las escandinavas, es normal ver llegar a los diputados a sus parlamentos en bicicleta. También rehusar el uso de las corbatas.

Nunca me consideré peor periodista por no ir a los sitios con chaqueta. Ni tampoco mejor. Sencillamente me sentí más cómodo y menos obligado. Ya está.

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17 de enero de 2016 - 02:27 h