Los cordobeses olvidados

No me gusta hacer demagogias con las víctimas, y menos comparar a unos muertos con otros. Ni pretende hacerlo. Pero solo piensen una cosa. En Córdoba hay más de 4.000 personas víctimas de la barbarie y el horror, que murieron fusilados, por enfermedades provocadas por la pobreza extrema o directamente de hambre, que reposan amontonados en dos fosas comunes y sin identificar. Murieron de manera salvaje hace relativamente poco: menos de ochenta años. Y en muchos casos, entre nosotros conviven algunos de sus hijos, sobrinos o nietos, marcados por una herida que nunca se ha cerrado. Y que nunca se ha querido cerrar. Imaginen que los hubiese matado ETA. O Al Qaeda. O que hubiesen muerto en accidentes de tráfico. Y que el Estado prohibiese a sus familiares, que los tienen, hacerse con sus restos, desenterrarlos, llevarse sus huesos y llorarlos en pie. No se lo imaginen mucho. Ocurre.

Los dos cementerios de Córdoba, San Rafael y la Salud, tienen otras tantas fosas comunes repletas de muertos de la Guerra Civil. Algunas de sus víctimas, incluso, son anteriores: asesinos ajusticiados antes de la guerra, que luego fueron mezclados con los restos de más de 4.000 personas, que se sepa, que murieron de una manera sumaria solo por pensar diferente. O ni eso. Solo por estar en el momento equivocado el día equivocado. La guerra, ya saben, se lleva por delante a más inocentes que culpables. Siempre.

Son los cordobeses olvidados, aunque una placa haya intentado saldar parte de una deuda imposible de pagar hasta que no tengan un enterramiento digno. En la placa son todos los que están, pero no están todos los que son. Aún a día de hoy, y tras un ingente trabajo histórico, no sabemos cuántos cordobeses murieron entre 1936 y bien entrados los años cuarenta a manos del Estado. Sí, el Estado.

En 2015, casi 80 años después del primer fusilamiento masivo en la ciudad, las fosas comunes de los dos cementerios (y las que hay en el término municipal, como la de la Cuesta de los Visos, donde también se 'paseaba' a gente) siguen repletas e intactas. Dentro, miles de cuerpos olvidados. No solo les quitaron lo que tenían, la vida, sino que los despojaron de tener memoria para siempre, los convirtieron en fantasmas, como si jamás hubiesen existido.

Esta semana he visto el documental de Jordi Gordon sobre el trabajo del historiador Francisco Moreno Gómez. Los testimonios te rompen. Pero lo que más impresiona es saber que a esas personas que crecieron rotas, sin padres, sin hermanos, vilipendiadas por haber perdido la guerra, con un rostro marcado por el dolor y la tristeza, solo sonríen cuando imaginan que algún día podrán rescatar de esas fosas comunes los huesos de su padre, de su hermano, de su madre o de su abuelo.

Es caro. Mucho. Son miles los hijos de Córdoba que murieron de manera salvaje. Pero es necesario cerrar esa herida antes de que esos familiares se mueran con esa pena. Hagan algo. Sobre todo porque es justo.

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4 de octubre de 2015 - 03:34 h