Señales

Se acercaron los fariseos y saduceos y, para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Mas él les respondió: «Al atardecer decís: "Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego", y a la mañana:' Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío." ¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir las señales de los tiempos! Mateo 16, 1-3

Desde pequeño he tenido cierta fascinación por el fin de los tiempos. Ese punto y final en la Historia del Universo, la del ser humano y la de todas las cosas que habitan, orgánica e inorgánicamente, en este plano dimensional del continuo espacio-tiempo. Un gran pedo cósmico, pero hacia dentro, enmarcado por la visión onírica de una gran balanza en la que nos dividamos en unos y ceros según hayamos obrado. Luego crecí y comprendí, gracias a los míticos documentales de Carl Sagan, que habitamos en uno de los posibles planos dimensionales de una línea temporal cíclica, que según acabe volvería a empezar, para repetir todos y cada uno de los aciertos y errores cometidos en toda la existencia. Da que pensar.

Rust Cohle, el enigmático e hipnótico protagonista de True Detective, una de las series que va camino de convertirse en mito vivo de la producción televisiva, expone en el último episodio emitido (The secret fate of all life, toda una declaración de intenciones) la aparente falta de moralidad que se deriva al pensar en que no existe ni existirá, un punto final que juzgue las acciones de cada uno. Todo lo contrario, entre esa suerte de mundo lánguido, oscuro, que parece resquebrajarse según avanza la trama, el final no sería sino el inicio del mismo ciclo en que se han de repetir las mismas crueldades e injusticias ya vividas.

Cuesta pensar en que de ser cierto, de todos los posibles Universos, de todas las posibles líneas temporales, estemos destinados a repetir la misma sucesión de desatinos y aciertos que como especie hemos ido acumulando en nuestro historial. Puede que el fin esté cerca. Lean de nuevo el pasaje bíblico del inicio. Tenemos buenos ojos para discernir el azul del cielo, pero no para los oscuros nubarrones que lo cubren. Ahí tienen lo que ocurre en Ucrania, o en Venezuela. De la mitificación de la lucha, de la protesta, la izquierda anda estos días balbuceante sin saber diferenciar, a ciencia cierta, la paja del grano. Puede que en este camino hacia la idiotización como seña de identidad colectiva, estos sean los últimos coletazos del mundo que un día fue, o que pudo haber sido.

Las señales parecen cada vez más claras. La misma Biblia, en su apocalipsis, nos habla de ellas. Las plagas, la luna sombría, los mares teñidos de rojo y toda esa suerte de agradables momentos que el destino divino nos tiene reservados por malos cristianos. Son esas tétricas costumbres religiosas, tan cercanas a la muerte y su ensalzamiento, lo que ha permitido mantener el negocio. Los humanos, por regla general, somos morbosos en la misma medida que temerosos. La muerte nos pone cachondos al verla de lejos del mismo modo en que nos enferma si la vemos demasiado cerca.

Y quien sabe si la vamos teniendo, por designio divino, más cerca que lejos. Como les decía, las señales son claras, para quien las quiera ver. Ayer mismo nos desperezábamos con una lluvia roja, como leen. Los restos en las baldosas de la ciudad eran evidentes. Había llovido arena. Un claro ejemplo del fin de los tiempos, con una sencilla explicación racional, eso sí. Lo cierto es que la arena que cubría ayer coches y aceras vino de África. Verán, anteayer se formaba sobre el Sáhara marroquí, una depresión fría como consecuencia del descuelgue de una masa de aire a través de nuestra península. La misma dejó nieve y una bonita cencellada en cotas altas de las Islas Canarias. Al aislarse sobre el desierto sahariano, la brusca caída de la presión derivó en un rápido ascenso del viento vertical, que mandó la mansa arena del desierto, más allá de los 2000 metros de altitud, haciendo compañía a la perturbación que dejó lluvias en la madrugada del lunes al martes.

Y llovió arena. Casi poético. Imaginar un trágico destino de esta parte del mundo, morir sepultados por la arena del desierto, la misma arena que atraviesan a los que no dejamos pasar. Arena como señal del fin de los tiempos, la misma arena del reloj que marca nuestro punto final, hasta volver a empezar. Poético.

Ucrania: de encrucijadas y manipulaciones. Jon Kortazar Billelabeitia, Asier Blas et al.

Una borrasca de polvo. Revista del Aficionado a la Meteorología

  • : Aquí el tío Abundo señalando hasta donde le llegó el fin de los tiempos
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19 de febrero de 2014 - 07:00 h
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