Controlando el caos

Decía hace un tiempo lo vital que es controlar la información como medio de manipulación y de control de masas. Quien controla la información, por riles, también controla el caos. Un día, un director de periódico decide hundir la credibilidad de un Gobierno, y le basta con publicar un documento. Ese mismo día, si el país tuviese cierta decencia, sometería al Gobierno al poder de la guillotina. El director del periódico, que controlaba la información, acaba controlando el caos, un oxímoron al mismo nivel que el del desarrollo sostenible.

Digo esto por el creciente interés que estos días se ha despertado respecto a la ingeniería hidráulica en nuestra querida y extraña ciudad. Resulta curioso, y un tanto ridículo si lo vemos con perspectiva, la cantidad de periodistas, políticos, policías locales, y en general, todo tipo de gentes de pasear, que se han especializado, o al menos adquirido interés, respecto a la gestión hidráulica. Se habla con aparente seguridad de caudales máximos, se hacen seguimientos de la altura de las láminas de agua, de protocolos de seguridad, de cosas realmente complejas y un tanto delicadas.

Tiene sentido, desde luego, que el río haya despertado tantísimo interés, teniendo tan presente el recuerdo de la tragedia que supuso para algunas personas las graves crecidas de 2.009 y 2.010. Vuelven a circular imágenes de aquella crecida, y de otras bastante más añejas, que recuerdan al imaginario colectivo quien manda realmente. Una de ellas, la de la crecida de 1.917, una de las fotografías que mejor resumen la historia reciente, en cuanto a exposición a riesgos, de esta ciudad. La primera vez que  topé con ella, hará como unos 15 años, me sorprendió tanto como ahora lo ha vuelto a hacer. Un Guadalquivir crecido por la capacidad hídrica de la cuenca receptora que Córdoba deja a sus espaldas, río arriba, que inunda, literalmente, el Campo de la Verdad. Una imagen repetida por la fuerza de la costumbre antes de que tuviésemos la capacidad de regular el caudal de nuestro río.

Valga el estudio sobre las crecidas del Guadalquivir hasta 1.981 que hizo Antonio López Bustos, donde en un magnífico cuadro de aforos describe la relativa frecuencia con que el río llegaba a superar los 2.500 metros cúbicos por segundo a su paso por Córdoba en la primera mitad del siglo XX.  Es decir, el caudal no regulado del río, sometido casi en exclusiva a la fuerza meteorológica de nuestra región, tendía a inundar, con relativa frecuencia, cotas extraordinariamente altas del territorio. Motivo este suficiente para alejarse, razonablemente, de las márgenes inundables de los ríos.

Los antiguos no es que tuviesen especial respeto a los ríos, cagaban, meaban y arrojaban cadávares a un ritmo similar al actual, simplemente aprendieron que si moría la tribu arrastrada por el agua, pues no prosperaban. Aún así, muchos pueblos se empeñaron insistentemente en asentarse en lugares poco propensos para el plan colectivo de la pervivencia de la especie. También es cierto que por estas mismas crecidas, la fertilidad de los suelos, y por tanto, las necesarias condiciones para que la tribu se mantuviese en el tiempo, eran bastante mejores que en las cimas de las montañas de esas mismas cuencas aluviales, por otra parte mucho más seguras pero bastante más inaccesibles.

Sea como fuere, si en algo somos campeones mundiales, más allá del engrandecimiento del flamenquín empanado, es en tontología y estupidez colectiva. No nos bastó con olvidar el pasado, con mirar para otro lado y aplaudir la generación espontánea de una rara especie autóctona, sino que nos permitimos volver a repetirlo, en estos mismos instantes en que escribo, para mayor gloria de nuestra cordobesidad. Vuelven las aguas a circular por donde siempre lo hicieron y vuelven a activarse los protocolos de seguridad en unas márgenes que debieran estar ya limpias de ilegalidades.

Vuelven a pedirse las escrituras de propiedad y nosotros volvemos a querer pasárnoslas por el forro de los cojones fomentando el resurgimiento de la especulación del suelo. Volvemos y volveremos a escuchar el amargo lamento sobre el estado de las cosas, pidiendo lo que no se debe pedir. Tendremos que volver a lamernos las heridas y ver como nos ignoran a quienes les decimos que la única solución resulta de una gestión integrada del territorio que pase, en primer lugar, por el respeto a los ritmos naturales del mismo, y en segundo y último, por la recuperación paisajística de ese solar llamado Campiña.

Mientras, la información seguirá circulando, dando a unos la capacidad de controlar lo incontrolable, la gestión del absurdo caos generado por nuestras propias irresponsabilidades. Y entre el marasmo informativo, el persistente mensaje de querer domar lo indomable, domar el río, que es como querer domar el cielo, único dueño verdadero, junto con el tiempo, de esta cosa llamada territorio.

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13 de marzo de 2013 - 07:00 h