Variaciones Hong

'En otro país' (Da-reun na-ra-e-seo, Hong Sangsoo, 2012)

Muy mal tiene que estar la distribución en nuestro país para que hayamos tenido que esperar diecisiete años y catorce películas para finalmente poder echarnos a los ojos un filme de Hong Sangsoo en pantalla grande (en DVD tenemos desde hace algunos años una espléndida edición de un cofre con cinco de sus películas gracias al sello Intermedio), feliz acontecimiento que finalmente se ha producido tan sólo porque En otro país cuenta con la presencia de una actriz como Isabelle Huppert. Ahora que está de moda mesarse los cabellos a costa del cierre de Alta Films, convendría recordar que con Alta Films o sin Alta Films, olvidos flagrantes como el de Hong revelan el estado de subdesarrollo en el que desde tiempos inmemoriales se ha movido nuestro panorama distribuidor y exhibidor; basta con echar mano al Top Ten anual de la revista Cahiers du Cinéma en su edición francesa para comprobar que casi la mitad de los títulos celebrados de cada añada no han pisado jamás una sala española de estreno.

Confieso que he dudado mucho si dedicarle esta entrada a En otro país o a Nobody's daughter Haewon (Nugu-ui ttal-do anin Haewon, 2013), por el momento su ultimísima cinta -la cual en un cineasta de producción febril como Hong se convertirá rápidamente en penúltima- presentada recientemente en Berlín y que he tenido la inmensa suerte de haber podido disfrutar ya. Aunque personalmente prefiero Nobody's daughter Haewon, hay muchas posibilidades de que no se vuelva a ver otra película de Hong por estos lares en otros veinte años, así que parecía obligado ceder mis apetencias ante En otro país y darles a los lectores de este blog, que aún no conozcan a un cineasta tan excepcional como Hong Sangsoo, un pequeño empujoncito para acercarse a una sala de cine -siempre que tenga la suerte de vivir en una de las pocas ciudades de nuestra geografía donde se haya producido el pequeño milagro- y experimentar en primera persona las impresiones, ideas y sensaciones que se van a ir desgranando en las siguientes líneas.

En el primer plano de En otro país una joven habla con su tía sobre la jugarreta que les ha hecho su tío, en la escena la muchacha manifiesta el desprecio que siente por ese personaje masculino. Visiblemente enfadada, se sienta en su mesa y se pone a escribir un guión, que se compone de las tres historias que veremos a continuación. En realidad, y conociendo el cine de Hong, lo que en primera instancia percibimos como tres historias son más bien las variaciones de una misma, unidas por una serie de elementos comunes, y cuyo significado e importancia se nos escapan, cambiando de una a otra y estableciendo un divertido juego de inextricables conexiones e invisibles azares, un poco en esa forma caótica y algo críptica en la que los sueños gustan disfrazar y desordenar la realidad: una playa, una casa cerca de un pantano, un pequeño faro (que se busca pero, como suele ocurrir en el mundo de los sueños, nos elude insistentemente), una francesa (Isabelle Huppert, aunque no siempre se trata del mismo personaje), un director de cine (no siempre el mismo, aunque en dos de las historias está interpretado por el mismo actor y está casado con la misma mujer, embarazada), y un vigilante de la playa (que siempre es el mismo y siempre es igual de tonto, inocente y divertido). Las historias son básicas en sus primeras capas (en todas ellas la francesa es pretendida o es amante del director, y siempre acaba teniendo un encuentro con el vigilante) y aunque todo aparenta estar en el encuadre, reverberan ecos de otros elementos (toda la obra anterior de Hong, verdadera work in progress; el pasado desconocido de unos personajes que, mientras parecen haberse materializado de la nada en un instante, vienen de alguna otra parte, aunque esa otra parte la constituyan las obras anteriores del propio Hong; las diferencias culturales entre unos hombres coreanos y una mujer francesa, etc.) que establecen corrientes subterráneas que nos mueven y nos obligan a interpelarnos sobre lo que Hong no muestra, más a los espectadores inquietos que a los propios personajes, que siempre parecen cómodos en sus vidas adultas instantáneas, nacidas de cero por y para el momento (como en los guiones rápidos y directos; o sea lo que se supone está escribiendo nuestra malhumorada protagonista coreana del filme y cuya representación es en realidad a lo que los espectadores estamos asistiendo), y gestados por el simple placer de exorcizar un sentimiento de rabia o frustración, una pequeña vendetta personal que el mundo libre de la ficción siempre nos permitirá.

Como todo el cine de Hong, En otro país vuelve a estar poblada de sus habituales bandoleros sexuales. Indudablemente, uno de los muchos atractivos de ver cada nueva entrega anual con la que el coreano nos viene obsequiando desde hace años es el reencontrarnos con esas figuras masculinas mezquinas y patéticas, grandes bebedores y aún más grandes mentirosos que Hong suele colocar en el centro del relato o en un desestabilizador segundo plano cuando cede el protagonismo a sus maravillosas mujeres. En otro país cuenta con una muy divertida variación en el personaje del vigilante de la playa, que resulta menos amenazador y mucho más cómico que otros ejemplares que han poblado su cinematografía. En parte por su atuendo, en parte por sus arranques con la guitarra, en parte por su torpe dominio del inglés, lo cierto es que este aprendiz de bandolero sexual, cuyas intenciones se adivinan a la legua, aporta los instantes más hilarantes a la cinta e incorpora un inolvidable espécimen al largo catálogo de Hong. Por su parte, Isabelle Huppert (que no podemos, aunque lo intentamos denodadamente, desligarla de sus últimos y aburridos papeles, tanto como de la imagen que se ha venido fabricando fatigosamente, de un tiempo a esta parte, como actriz) está muy lejos de transmitir el encanto y el erotismo, la vulnerabilidad y la obstinación con la que Hong suele investir a sus personajes femeninos, interpretados, generalmente, por unas tan desconocidas como inconmensurables actrices coreanas que, al igual que su cine, gusta ir sometiendo a variaciones, en un interminable camino de perfeccionamiento.

Alquimia del azar desplegada por un demiurgo que en el cine de Hong no es Dios sino el propio autor (aquí mediante la figura interpuesta de la joven chica del inicio que se entrega a la escritura del guión), las variaciones Hong nos recuerdan la caprichosa y efímera belleza del instante, en un mundo donde todo lo que consideramos esencial e inmutable de nuestra existencia está sometido a una leyes tan desconocidas como juguetonas. El cuento sin moral(eja) y la comedia sin proverbio de Hong tal vez sean la tentativa menos falsificadora de comprensión de nuestras vidas como un falso continuum dirigido por nuestra voluntad, anhelos y deseos o reordenado y dotado de sentido por un revelador epílogo; al igual que su insistencia en el uso del zoom para reencuadrar y atrapar un detalle, el mejor recordatorio de la importancia del momento, del evento, del fragmento.

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3 de junio de 2013 - 11:13 h
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