Trazando caminos de esperanza

No recuerdo la primera vez que mis padres me dejaron ir solo al colegio. Mi casa quedaba cerca. Es cierto. Y vivo en un pueblo. También es cierto. Por las calles apenas transitaban coches. No había aceras en los márgenes como una muestra insolente de su inutilidad. La gente todavía camina por mitad de su calle porque es suya. Y son los coches quienes se someten a la velocidad de sus verdaderos dueños. Siempre fui al colegio con mis hermanos y amigos. Nos obligaban a formar en filas segregadas de niños y niñas. Y antes de entrar a clase, rezábamos en el patio una salve que nadie recuerda. Más de trescientas veces al año durante ocho años de nuestra vida y ninguno de mis amigos es capaz de repetir la oración de la mañana. Quizá porque la tomábamos como un castigo. Y los niños olvidan los castigos que no alcanzan el rango de trauma. Lo que jamás olvidaremos es la sensación de libertad. Por eso no recuerdo a mis padres camino del colegio.

Un sabio griego dijo que no se debe comprimir con fuerza y vigor la mano de un niño tierno. Cuánta razón. Cada vez que se le aprieta una parte de su cuerpo estalla una pieza de su diminuto esqueleto. Y a fuerza de apretar, los estamos dejando sin armazón hasta que se caigan al suelo cuando se les suelte. Los estamos convirtiendo en peluches inválidos que nos necesitan más allá de lo necesario. Mientras les exigimos ser la proyección de lo que no pudimos ser. Perfectos por fuera. Imperfectos por dentro. Ya está bien. No podemos negar que los tiempos han cambiado la piel de nuestras ciudades y pueblos. El miedo es un fantasma que habita detrás de cada situación de riesgo. Por minúsculo que sea. Y se lo estamos inyectando en los ojos cuando se encaraman a un árbol o al cruzar un semáforo. No son adultos jibarizados. Aún no comprenden el pasado ni el futuro. Sólo necesitan presente y libertad. Son exactamente el niño y la niña que fuiste y que has olvidado.

Por eso es tan necesario que salga adelante el proyecto TRAZEO (www.trazeo.es). Una idea original que recupera los caminos escolares a pie y el sonido de los niños y las niñas por las aceras. Mediante una aplicación informática convierten la libertad responsable en confianza para los padres, madres y asociaciones escolares. Elimina el tráfico inútil de miles de coches semivacíos. Ahorra energía, espacio, tiempo y dinero. Es una inyección de vida para cualquier ciudad. Pero ha nacido en Córdoba y precisa del apoyo de sus ciudadanos. Un proyecto así no puede caer en el olvido como una salve impuesta y recitada entre dientes. Tiene que convertirse en una utopía posible para ser compartida a boca abierta y recordada siempre. Creo con sinceridad que podría convertir una vez más a Córdoba en paradigma. Sólo necesita confianza. La misma que te dieron tus padres cuando fuiste niño. No lo olvides.

Para colaborar entra en: http://goteo.org/project/trazeo

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Publicado el
3 de enero de 2014 - 13:47 h
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