Veraneos, 17: Maputo

Maputo es una ciudad del caos. Está habitada por hombres y mujeres de cien mil raleas. Huele a cilantro y a pollo o lo que sea frito en aceite de palma cada doblar de esquina y suenan tambores y marimbas cuando cae la noche.

Los dientes iluminan los rostros de los negros de ojos rojos.

El dueño negro de una pensión de Rúa Bernardo me dijo que el barrio era seguro pero que, si acaso, tuviera cuidado con la actitud de "algunos negros" que han llegado para trabajar en la construcción. Efectivamente: el racismo es una cuestión de clase, no de colores.

En Mozambique el agua mineral es más cara que el orujo o que el pegamento. Así que hay mucha gente al borde de la ceguera y un pelín deshidratada. Pero se apañan.

La radio pública portuguesa, en su servicio exterior (RTP-África), escupe melodías y ritmos caboverdianos, angoleños o mozambiqueños que suenan en los patios o a través de las ventanas abiertas de los viejos coches europeos de Maputo.

Enfilo la calle abajo camino de la playa vestido con la impostura de sentirme un viajero y la realidad de ser un turista.

Creo que he llegado hasta aquí solo porque me gustaba el sonido del nombre de la ciudad. Es la ex colonia de una metrópoli que ni siquiera es la mía.

Es una metáfora del mundo en que vivimos. O, directamente, de mí. Yo también me manejo como una ex colonia, libre y abandonado.

Raro.

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12 de agosto de 2018 - 03:00 h
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