Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Las señoras de Vox

Acto de VOX por el 12 de octubre, Fiesta Nacional en España

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No entiendo esto, la verdad. Lo cierto es que ya no entiendo nada si es que alguna vez he entendido algo.

Puedo comprender la desafección política de algunos sectores, una cierta desidia, un hastío, una falta de horizonte, una vuelta a la prepolítica del “sálveme yo primero”…

No soy ni sociólogo, ni antropólogo ni mucho menos etólogo, para comprender o acercarme a comprender el comportamiento de seres humanos, ñandúes, orcas o pequeños roedores.

Pero, como ciudadano pasmado, me interesa el fenómeno de las “señoras de Vox”.

No acabo de entenderlo, la verdad. Creo (puedo estar equivocado) que la señoras de Vox son mujeres heterosexuales, independientemente dependientes de sí mismas, con estudios superiores y que saben conciliar la vida laboral con la familiar a golpe de limosnas a otras mujeres que les limpian la casa y le llevan a los hijos al cole. “El mejor momento del día es cuando visten a mis hijos para llevarlos al colegio”.

Las señoras de Vox, en general, tienen el cabello negro “ala de cuervo” y se lo tiñen así, si hiciera falta, y hablan de un “nuevo feminismo” y creen que no hacen falta políticas “de género”, porque “en España no hace falta proteger a la mujer”, y se quedan tan panchas. Fascinante.

Desconozco si las mujeres de Vox, simpatizantes o representantes del partido o con cargo público, tuvieron una madre, una tía o una abuela en la que en su carnet de identidad se las identificaba como “profesión: sus labores”; si conocen que ellas no podían tener cuenta bancaria individual o que se dedicaban a parir y a esperar de madrugada. No lo deberían tener muy lejos, sólo dos o tres generaciones atrás.

Las señoras de Vox no creen en la violencia de género, le llaman “intrafamiliar”, como les dicen sus hombres de Vox, supongo, como si someter año tras año de condena a la que se casó por error sistémico fuera igual que una bronca puntual de hermanos borrachos en un perol.

Las señoras de Vox, por no sé qué rollo atávico, adoran los huevos del carnero mítico, y les da igual.

Los señoros encantados, obviamente.

A veces sueño que una señora de Vox, de pelo teñido de negro ingle de grillo, tras una noche de baile y farra, se me acerca y me susurra “hazme tuya”.

Y yo dudo, pero le respondo: “tú ya eres tú, muy tuya, que ya es bastante”. Y salgo pitando.

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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