Impasible

Hola, qué tal. Estoy tendido de costado sobre mi flanco derecho sobre la alfombra que preside el salón de Capitulares del Ayuntamiento de Córdoba. Tengo las rodillas algo flexionadas, casi en posición fetal. Estoy muy bien. Diría, incluso, que estoy feliz. Llevo una camisa azul de algodón y unos pantalones de lino con pinzas, de color beige. Estoy descalzo, pero mis pies están cubiertos con unos calcetines ingleses de hilo, también de color beige o, más bien, blanco crudo. Me parezco un poco al Michael Caine de "El americano impasible". Uff, ya quisiera yo.

Estoy fumándome una pipa de opio. Aquí, en pleno Ayuntamiento, con un par. La recarga y me la acerca una joven morena y guapa, genuflexa, sentada sobre sus talones, vestida con una falda de tubo negra y una blusa blanca. No lleva sujetador y sus senos se entrevén por el escote que le deja la blusa. Me gusta. No habla, está ausente porque calla. O tal vez calle porque está ausente. Creo que se parece a la chiquita piconera, luego esto no debe ser Saigón. O sí.

Hola, qué tal. Estoy tendido de costado sobre mi flanco derecho encima de la tapa de un piano de media cola, no un gran piano de cola, que está sobre lo que antes fue el altar de la iglesia de la Magdalena, hoy desacralizada, como desacralizado está el escote de la mujer que me vuelve a acercar la pipa de opio. La verdad es que me sigo pareciendo un poco al Michael Caine de "El americano impasible" o a un burro en una antigua película del tándem Buñuel-Dalí.

Hola, qué tal. Ahora estoy tumbado de costado sobre mi flanco derecho, casi en posición fetal, en el césped de una cancha de fútbol. No hay nadie en las gradas, nadie me mira. Parezco Michael Caine y una azafata de eventos muy guapa me acerca una pipa de opio, lleva una camiseta de B-win o de Qatar Airways o de algo así con el cuello redondo. Creo que tampoco lleva sujetador, pero no lo tengo claro. Nada tengo ya claro, pero no me importa.

La frase la religión es el opio del pueblo se acuñó en Alemania en la primera mitad del siglo XIX. Una sentencia afortunada que se ha ido interpretando a lo largo del tiempo, se ha fijado pero ha perdido un poco su valor primitivo. En estos tiempos, como sucede con otras sustancias, la pureza del opio depende de cómo y con qué lo corte el traficante. Pero al consumidor habitual parece darle lo mismo: opio al fin.

Me gusta mucho fumar opio. Creo que es como oler una cesta de melocotones recién cogidos del árbol o como hundir la cabeza entre los muslos de la mujer amada (por favor, tomen esto último como una licencia literaria no como una guarrada).

Tal vez sea el olor de la victoria; aunque también podría ser el aroma de una lenta derrota. No lo sé, la droga es lo que tiene.

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27 de octubre de 2013 - 02:00 h