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Es divertido que el pintor David Hockney haya instalado una vidriera en la catedral de Westminster, en Londres.

Hockney, en su gloriosa senectud, después de haber pintado todas las piscinas posibles y haberse fumado todos los malboros del mundo, ahora pinta con un IPad. Y con ese trasto ha diseñado un vitral emplomado que se ha instalado en el transepto norte de la Abadía.

Una abadía donde se coronan reyes y reinas desde hace siglos, donde Elton John cantó en el funeral de una princesa popular o donde reposan los restos finitos y mortales de tipos como Oscar Wilde o Charles Darwin.

Que Darwin esté enterrado cerca de la vidriera de Hockney y veamos continuamente en estas fechas su rostro en el simio de la etiqueta de Anís del Mono es pura ironía –the British mood-.

Lo viejo y lo nuevo se solapan.

Uno cree que lo viejo es el último trago de una cerveza caliente de lata y lo nuevo es un gin tónic que el camarero ha tardado 19 minutos en ponértelo porque ha estado macerando el cardamomo.

Creemos que lo más viejo es el periódico de ayer hasta que sirve hoy para envolver un periquito muerto. Por eso es siempre nuevo un guión de Billy Wilder.

"Lo viejo y lo nuevo" se explican con la llegada de un tractor a la granja. Nos lo contó la película de Eisenstein cuando todos éramos marxistas bienintecionados.

"Toda vida es un proceso de demolición", escribió Fitzgerald y yo me lo creo. Por eso no hay nada más nuevo que un recuerdo por la mañana.

El nuevo año ha nacido mayor y envejecerá pronto.

No sé si esto es un mensaje de esperanza.

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Publicado el
6 de enero de 2019 - 01:34 h
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