Érase una vez Montealto...

Érase una vez la hermana mayor de dos hermanas pequeñas. Su nombre era Consolación pero desde bebé la llamaron siempre Mari, "a mí me dicen Consolación y ni miro". Aunque Mari no era tan mayor, vivió los años de niña y mocita como la gente antigua los relata. La vida giraba entorno al campo y la huerta de casa, allá en Montealto, una aldea de La Carlota. Qué lástima, recuerda que ni para jugar tuvo tiempo la pobre.

En un día normal se levantaba, el desayuno, camino al colegio, a mediodía en casa un plato caliente y otra vez al cole, porque antes había colegio por las tardes, a la vuelta soltaba la cartera, merendaba y ¡a ayudar en la huerta se ha dicho! Tomates, pimientos, algodón... Recolectaban lo que habían plantado meses antes. Y, claro, con tanta tarea el tiempo para jugar era más bien escaso.

En el momento en que se ponía a jugar con las cuatro amiguillas de la zona, porque en Montealto construían las casas salpicadas, no había calles, pues por más que encontrase un buen escondite, "¡Mariiiii! A limpiar o recoger esto o lo otro". La llamaban y ella, muy obediente, volvía resignada. Si jugaban al escondite, a lo mejor llegaba el momento de que las otras la seguían buscando y ella ya llevaba rato en su casa. Y si andaban un poco ensimismadas por el juego, los padres de Mari aprovechaban y las ponían a ayudarla, así que tampoco querían ir a su casa porque al final siempre pringaban.

Ahora, el camino a la escuela era único y exclusivo para las cuatro, Susi, Tere, Virginia y Mari. Antes de llegar al cole cruzaban un arroyo y una alameda de eucaliptos enorme. Lo pasaban en grande en ese kilómetro y medio con sus pegoletes, ya ves tú: intercambiaban su ropa las unas con las otras, "déjame tu falda, te presto el saquito, tus pantalones por mi camisa". Claro, de regreso a Montealto cada prenda volvía a su dueña. Y tan contentas.

Su padre era un hombre bueno y recto y raro también, por qué no reconocerlo. Si alguna cosa estaba mal vista, estaba mal vista y la hermana mayor tenía que dar ejemplo a las pequeñas. Mari no podía salir sola a la calle, "y eso que antes de salir del pueblo no tuve novio". Si proponía algo, por sistema se lo negaban, para que las chicas vieran que "luego después no podían pedir nada". Siempre le decían que no porque nunca podía ser y nunca era, nunca era. A su padre no le gustaban la juerga ni los bares y por eso prefería que sus hijas evitaran la discoteca, "las discotecas no traen nada bueno", decía.

Vamos, que al ser la mayor nunca la dejaron hacer nada y le decían que no y ella no se quejaba, lo asumía con nobleza, "es lo que había y punto". No tenía horarios pero tampoco trasnochaba: si salían a las diez ya estaban de vuelta a las una. La nombraron lazarillo para las amigas con novio, salía con ellas de su casa y con ellas entraba, que era lo que se hacía antes. Eso sí, en la discoteca cada uno por su lado, ellos a su rollo y Mari a pasarlo bien con sus amiga, ea.

Otras veces las madres las mandaban a una granja a comprar huevos, "de unas gallinas muy buenas que los daban". Y Mari con su hermana mediana de acompañante, como siempre. Un día, de repente, salieron unos nenes en bicicleta. Las más mayorcillas del grupo fueron a meterse con ellos y, de cabreo, las siguieron no con muy buen humos. Por más que corrían, más le pisaban los talones, y Mari de la mano con la hermana, con el susto y las fatigas, y la chica que no podía correr más la pobre porque era muy chica, y por no soltarla atrás se quedaron, y corre, y que te pillo, y que no puedo más, y... ¡cataplof! Los nenes malos las arrollaron con las bicicletas, "¡hasta puntos le dieron a mi hermana!".

Su fiesta favorita era con diferencia el carnaval por lo divertido y porque ella y sus amigas estrenaban ropa nueva. Un año iban todas con camisas blancas y faldas azul marino. No es como las nenas de ahora, "a nosotras nos daba lo mismo repetir", si les gustaba algo se lo ponían, aunque fuesen las cuatro iguales. Y tan contentas.

Unos días antes celebraban la Candelaria. Al menos una semana antes, los más jóvenes del pueblo, los más chicos y los más grandecitos, los muchachos y las muchachas, recopilaban troncos, palos, leña, ramas de olivo... y en una plazoletilla entre un grupo de casas, más o menos cerca de donde Mari vivía, lo quemaban todo. Formaban un corro alrededor de la candela y pasaban la noche cantando y bailando.

Definitivamente, nada tenía de bueno ser la hermana mayor. Con veinte años se trasladó a Córdoba donde consiguió, a través de su prima, trabajo en una fábrica. Y en esos primeros tres años, más tarde volvería para quedarse, conoció a su novio. Como regresó por un tiempo a Motealto, él iba a verla los domingos. No os lo vais a creer... Mari pasaba toda la mañana del domingo recogiendo tomates, pimientos... que la semana siguiente llevaba el padre a la Lonja a Córdoba para vender. Su hermana la chica rondaba siempre al novio para que le enseñase a jugar a las damas y al parchís. Todavía le recuerda Mari a su hermana entre risas: "mi novio parecía que venía a verte a ti".

Bueno, quizás sí tuviese una ventaja sobre las otras dos, lo que motivó celillos de la mediana. Ella era muy mala para comer, y muy canija, por lo que su madre le compraba las cosas más delicadas, "la leche, condensada". Y, claro, compraba esas delicatessen sólo para ella, y sólo a ella se las daba, porque no se podía comprar mucho para todos y, claro, "jo, mamá, es que a ella siempre...", esa cosilla.

Recuerda una infancia difícil pero feliz, de manos manchadas de tierra y juegos escasos, el tiempo suavizando el alma. Recuerda Mari del verano el baño en el patio para calentar el agua y un estropajo de esparto "de estos de soga" que les dejaba el cuerpo colorado. Recuerda la huerta iluminada por la luz de la tarde y el inimitable olor de los pimientos, lo esponjoso del algodón entre sus dedos. Recuerda el arroyo y los eucaliptos. Las casas salpicadas. Montealto.

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21 de marzo de 2013 - 08:45 h