Javier Ruibal: “No vale sólo una consigna para hacer poesía”

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La prueba de sonido de Javier Ruibal (El Puerto de Santamaría, Cádiz, 1955) dura más que el concierto que va a ofrecer después en el Hotel Los Abetos de Córdoba dentro del ciclo “Live the Roof” que se viene celebrando en los jardines del lugar en este verano raro. Que así sea se explica porque Ruibal es, por un lado, muy profesional tras décadas de oficio y por otro, muy respetuoso y muy generoso con su público. Quiere dar lo mejor de sí, que es mucho, y darlo en las mejores condiciones posibles sorteando las tormentas de estos tiempos y haciéndonos bailar aunque sea un vals de “baile de máscaras” en un carnaval más serio de lo necesario. Pero con esperanza, como la que se destila en su ingente repertorio que oscila entre la reclamación, la celebración de la alegría y el valor de la mixtura.

Acompañado por su hijo a las percusiones y atacando ahora también la guitarra eléctrica, Ruibal se apaña para pasearnos por las fronteras del flamenco con sus justas jonduras, sus lindes flotantes con las orillas cercanas y todos los abrazos que ahora nos parecen, ay, tan extraños.

No seremos nosotros quienes caigamos en el discurso a la par ruidoso y sordo de señalar quiénes son los esenciales. Pero sí diremos que un concierto de Javier Ruibal para un poco más de un centenar de personas en una terraza de verano, con todas las medidas de seguridad, de distanciamiento y de respeto a los horarios, si no es esencial es, por lo menos, memorable. Y hay que valorar el esfuerzo de la gente que lo hace posible.

Javier Ruibal, a media hora de hacer viajar con sus coplas al –nunca mejor dicho- respetable público, charla con nosotros compartiendo una cerveza y un bocata. Bueno, un sándwich, para ser exactos.

PREGUNTA. En alguna página web de ésas de gestión de entradas califican tu estilo o tu género como flamenco ¿eso es así?

RESPUESTA. Hombre, sí. Tengo mi ramalazo flamenco, como dios manda, y creo que lo practico con todo el respeto y todo el rigor que tengo para los flamencos. Pero, vamos, que yo estoy ahí, digamos en la escalerilla de entrada, invitando a que suban unos escalones más pa dentro y se aficionen. Esa es mi labor.

P. Pues ahora has arrancado a tocar la guitarra eléctrica. Se parece al chiste ese del niño que arrancó a leer…

R. (ríe) Sí, sí, “He roto, he roto”. Mira, lo que son las cosas. De pronto apareció una guitarra que me parecía confortable, que me gustaba y me apetecía hacer cosas y me la compré y estoy muy contento. Y ha abierto una puerta para mí y para mis seguidores, para que oigan otros modos. De todas formas, la guitarra eléctrica ha estado en mi música permanentemente, lo que pasa es que no la tocaba yo. La tocaban otros muy buenos guitarristas, afortunadamente.

Es mejor imitar durante un tiempo, y luego desobedecer

P. Eso está también en tus orígenes, en tu memoria de chaval, porque moviendo el dial lo mismo oías Radio Rota que flamenco, emisoras marroquíes, Jimmy Hendrix o Paco de Lucía, copla…

R. Claro. Fueron mis ídolos, cada uno en su momento; lo he dicho muchas veces, lo siguen siendo. Luego te das cuenta de que se trata de buscar tu propio discurso, con el riesgo de que guste o no guste, pero es mejor imitar durante un tiempo y luego desobedecer, soltarte de la mano que tanto te guió para acabar siendo un músico en su plenitud, con todos sus riesgos y también sus necesidades. Porque el músico resuelve a través de la música su propia vida. Y vivir la vida de otros no es bonito. Puedes ver una película, leer un ratito, pero después hay que vivir la vida de uno.

P. Te cubren de premios, no sé, el Premio nacional de las músicas actuales…

R. …como no saben cómo adscribir esta música… Son músicas vivas y sus ingredientes originarios y sus influencias son múltiples. La bautizaron como “músicas actuales” en el sentido de que no es folk ni clásica ni flamenco. Se trata de buscar un apelativo, y menos mal que lo han encontrado porque a mí me han dado el premio. Imagínate que no lo encuentran y no me dan el premio (y se ríe).

de pronto se fijan en ti y van haciendo consideraciones. Y eso es muy hermoso, claro que sí.

P. Y más: Medalla de Oro de Andalucía, un Goya, pregonero del Carnaval de Cádiz, te van a hacer en unos días Hijo Predilecto de El Puerto de Santa María… ¿Qué te queda ya: Papa de Roma, La Lámpara Minera…?

R. Alguna cosa, yo que sé, el giraldillo, algo quedará. Lo que pasa es que todo esto es reconocimiento a una colección de experiencias ligadas a tu oficio. Y van cayendo así. Este año han caído cuatro, yo no sé, el año que viene va a ser un vacío de la hostia, porque no sé si los reyes magos me van a traer algo. Todos esos reconocimientos los estoy celebrando este año pero no formaba parte de mi proyecto conseguirlos, sino más bien lo contrario: andar a tu aire, a tu bola, como que la cabra tira al monte y de pronto se fijan en ti y van haciendo consideraciones. Y eso es muy hermoso, claro que sí.

La predilección parece un agravio comparativo con los otros

P. Hijo Predilecto de tu pueblo. La Real Academia de la Lengua dice que “predilecto” significa “preferido por amor o afecto especial”.

R. Sí. Lo que pasa es que a mí me parece, como padre que soy, una afrenta para los demás hijos. Podían nombrarlo a lo mejor “hijo distinguido de esta ciudad” en el sentido de que ha hecho cosas que lucen la idiosincrasia de esta ciudad y la pasean por el mundo. La predilección parece un agravio comparativo con los otros. Y es que de sobra hay en mi pueblo gente que merece esa predilección con creces. Por ejemplo, toda la gente que está en la solidaridad, que cocina a diario para dar de comer a gente que no tiene en este siglo XXI tan infame en el que no sospechábamos que esto iba a seguir ocurriendo en la sociedad del confort y de la opulencia. Entonces, pues lo agradezco, considero que está muy bien que me lo den a mí, pero, de cara a los demás portuenses, hay algunos con los que yo compartiría gustosamente ese galardón. Ya.

P. Has conseguido un Premio Goya a la mejor canción por Intemperie. Un western desolador de Benito Zambrano, una canción espectacular, como un romance lorquiano…

R. Peliculón, sí. En esa película el que está a la intemperie está en indefensión. Y se puede estar indefenso de alimentos, de derechos, de trabajo, de cariño, de amor… Y esta sociedad habrá conseguido que estemos más fresquitos en verano y más calentitos en invierno, pero poco más. Porque no ha asegurado nada. Entonces, sí, es un poco penoso estar a la intemperie.

P. El protagonista de esa película es un niño abusado.

R. Me parece que en estos tiempos donde se reclama tantas veces que se cuide de la infancia y que se respeten sus derechos, porque luego son adultos llenos de problemas y de lastres vitales… Pues no se hace. Creo que es hora de que se haga justicia y que se esclarezcan uno por uno todos los casos en que ha habido abusos, y sabemos dónde han sido y dónde ha habido en abundancia. Sin embargo hay como un pacto social y que ante una fe, digamos inquebrantable, no se puede intervenir ante personajes perversos que están ahí y que siguen haciendo de las suyas. Lo dejo ahí pa no entrar en más detalles.

Esta sociedad habrá conseguido que estemos más fresquitos en verano y más calentitos en invierno, pero poco más

P. ¿Te han puesto alguna vez la etiqueta de cantautor, del que hace canción protesta?

R. Al principio, sí. Me incomodaba por lo siguiente: porque asociaba la palabra cantautor a un tipo que contaba todas las novias que lo habían dejado, todos los problemas que le habían pasado socialmente a su alrededor, que lleva una vida súper triste, que canta en tres acordes y es cojonudo.

P. Un triste y un pesado, para entendernos.

R. Sí. Entiéndase que era lo que la gente entendía por esto. No me gustaba, pero en realidad un cantautor significa el que se guisa y se come su plato. Escribe, compone y canta lo que hace.

P. Una vez nos dijo Aute en una entrevista como ésta que “toda canción, más que una protesta es una queja”.

R. Yo diría más bien que es una reclamación porque la queja suena a alguien dolido, que viene ya ofendido y tal. No. Yo reclamo la justicia, reclamo la libertad, reclamo los derechos, todo lo que considero que es necesario para la vida de todos, no solo para la mía. Ahora, también he de decir que cuando la canción es una pura reclamación y el arte no aparece por ningún lado, eso es un panfleto, y de eso sí hay que huir. Como de la peste

P. ¿No vale?

R. No vale. Es posible una consigna cargada de poesía, pero no vale sólo una consigna para hacer poesía.

Un cantautor significa el que se guisa y se come su plato. Escribe, compone y canta lo que hace

P. En eso tú has sido cuidadoso, hasta ahora no te has atrevido a escribir un libro de poemas…

R. Si. Lo he hecho con cierta humildad. Zapatero a tus zapatos. Esa sería la respuesta. Si tú dijiste que ibas a ser ebanista no puedes decir al día siguiente que vas a ser agente de bolsa o al siguiente tener una agencia de viajes. Hay que cultivarse en lo que uno hace. Yo hacía canciones y cultivaba las letras lo más poéticamente que podía, pero siempre he considerado que entre la poesía y la canción hay una sutil diferencia. La poesía es muy hacia adentro, muy de desgarrarse por dentro y muy de sanarse. Y la canción tiene otra función, tiene que conectar con la gente, tiene que provocar momentos de vibración, ya sea para la emoción, para la risa, o para bailar, tienes que llevarla a ese terreno. Es diferente. Cuando he visto que estoy capacitado para poderlo hacer, he hecho un libro de poemas. Cuando he visto que he podido distinguir bien entre una cosa y otra.

Un tipo que está en una frontera está a pique de dar un salto y pasar al otro lado

P. Has tardado. Lo esperábamos.

R. Si no lo he hecho hasta ahora ha sido por respeto a tantísimos poetas de habla de hispana de todo el mundo y a muchos que son españoles contemporáneos y amigos míos. Por respeto a todos ellos he esperado el momento en el que he considerado que ya tenía capacidad para hacerlo.

P. ¿Les has perdido el respeto ya?

R. No, no. Espero que no me den una colleja por esto. Y cuando vean el libro no me la líen.

P. Bueno, ahí estas, como un “autor fronterizo” que muchas veces te han llamado ¿no?

R. Hombre, es virtuoso. Un tipo que está en una frontera está a pique de dar un salto y pasar al otro lado y encontrar otro idioma, otra idiosincrasia, otra cultura. Ser un músico de frontera implica no ser exactamente de este lado, porque además ese es un concepto muy excesivo. Es que lo español es esto o lo andaluz es esto o lo gaditano es esto… Lo cordobés es esto, joder, son aseveraciones indemostrables.

Ser de frontera está muy bien porque uno está abierto a que lo que está al otro lado le contagie y, a su vez, llevar al otro lado lo tuyo. Con lo cual me parece que es una situación de privilegio. En eso Cádiz siempre ha sido en ese sentido un lugar de paso, que históricamente ha recibido todas las influencias, hija de todas las leches y ejerce de eso y se nota y ahora ejerce eso en nuestro temperamento y en una cultura que nos dice que somos muy híbridos, muy heterodoxos, muy hijos de cualquier parte, con herencia de muchos lugares y eso es un privilegio un regalo que la vida nos ha dado.

No hay nada que no sea política

P. Vaya. No quería yo hablar exactamente de política…

R. …¡¿Cómo que no queremos hablar de política?! No hay nada que no sea política.

P. Decía que no quería yo hablar de nacionalismo o de la imposibilidad de nacionalismo en una tierra de aluvión como ésta ¿O es que el sentimiento nacionalista está malentendido?

R. Blas Infante, que era regionalista, ya lo explicaba. O sea, el término implica que no se quería ser más andaluz por afrenta a ser español o ser menos no sé qué. No tenía sentido. O sea, que no signifique que ser andaluz, reivindicando la no pertenencia a otra cultura u a otro organigrama político o social, sea menos. No. Si hay algo que se nota en cuanto abrimos la boca es que somos andaluces, con lo cual, tranquilos.

P. Pues hasta hay chufla de esto…

R. Te voy a contar una anécdota: una vez, en un concierto en Madrid, de “los pueblos ibéricos”, o algo así, estábamos gente de Taburiente, de Canarias, Labordeta, de Aragón, el gallego Diego Cao, Pablo Guerrero, de Extremadura, Luis Pastor, también extremeño pero ejerciendo como vallecano… Estábamos todos allí antes de empezar… Gerardo Núñez, el gran guitarrista, me acompañaba –bueno, yo a él- y tocaba una falseta tan enrevesada, distinguida, luminosa, que se acercó Labordeta y dijo: “estos son los únicos que no tienen identidad en España, escuchen, y ya verán que son los únicos que no tienen un problema identitario que reclamarle al estado central”.

Si hay algo que se nota en cuanto abrimos la boca es que somos andaluces

P. Claro. Por cierto, aquí se te quiere ¿Te sientes bien en Córdoba?

R. Me siento en la gloria. Desde hace muchos años, desde el primer disco. Recuerdo conciertos presentando Duna en la Plaza del Potro… Inolvidable, bonito siempre.

P. Recuerdo un concierto tuyo en el Gran Teatro grabando en directo un disco con la Orquesta de Córdoba, un grandes éxitos… Pase miedo.

R. ¿Por mí?

P. Por ti, tío. Verte allí, sin guitarra y con cuarenta músicos detrás…

R. Ya éramos dos, porque yo también paso mis miedos y mis precauciones, una experiencia más que notable, sin duda. El arreglista, Javier López de Guereña, maravilloso, tuvo la ocurrencia de decirme “mira tú vas a tocar en una canción la guitarra, el resto del tiempo las manitas libres y a cantar”, me quitas mi coraza, mi parapeto, le dije, “pero tú puedes”, y le hice caso. Ese disco es de los pocos en los que yo me oigo a mí mismo condescendientemente y a gusto. Los demás me pueden dar apuro, pero ése me encanta.

P. Pues muchas gracias, Javier. Oye: no te he preguntado por el “Caso Messi”…

R. Yo me lo llevaría al Cádiz, pero ¿a quién quitamos?

Ofú.

Yo me llevaría a Messi al Cádiz, pero ¿a quién quitamos?

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