La espina clavada de López Ramos

López Ramos, en las oficinas de El Arcángel | LARREA

La actividad es incesante estos días en El Arcángel. Especialmente en su zona noble. En el bloque de oficinas y en los despachos la labor es ardua desde el lunes, cuando el Córdoba de Jesús León echó a rodar oficialmente. Precisamente ese día, el mismo en el que se conformó el nuevo Consejo de Administración de la entidad, ya se vio en el interior del estadio a Daniel López Ramos, un viejo conocido de la afición califal y en este momento uno de los encargados de reconstruir el equipo. El jerezano mantiene su presencia en las instalaciones desde entonces con el fin de avanzar en su trabajo a la espera del permiso para fichar por parte de la Liga de Fútbol Profesional.

El exblanquiverde, que deja de serlo aunque ya sea fuera del césped, es desde tiempo atrás la mano derecha de Luis Oliver, quien con el cambio de propiedad pasa a ser el nuevo director general deportivo del Córdoba. Los dos dieron forma al actual proyecto del Extremadura, segundo clasificado en el Grupo IV de Segunda B, y ahora asumen la responsabilidad de reflotar la nave califal. Ambos se conocen desde la etapa en la que el empresario navarro fuera presidente del Xerez, conjunto en el que militó López Ramos justo antes de recalar en el que otra vez es su club.

Manos a la obra se encuentra por tanto el que exjugador, que no sólo tiene la tarea de encontrar refuerzos de la mayor garantía posible. También cuenta con el deseo, más allá de lo profesional, de salvar del descenso al Córdoba. Evitar que el cuadro califal acabe en Segunda B es la espina clavada del entrante secretario técnico de la entidad, pues allá en los albores del verano de 2015 no consiguió tal objetivo. Entonces sufrió, junto con el resto del vestuario, el propio club y la afición, la triste caída a la categoría de bronce. Fue la temporada del Cincuentenario, aquella que, sin esperarlo, es espejo de la presente campaña. Por fortuna, el equipo de Jorge Romero supera los guarismos de ese conjunto.

Daniel López Ramos (Jerez de la Frontera, 1976) firmó con el Córdoba en verano de 2001. Aquel período estival, con Juan Verdugo en el banquillo -aunque de forma muy breve-, la entidad califal mantenía un discurso medianamente ambicioso. Sin embargo, el proyecto no era del todo llamativo. Era la tercera temporada del cuadro califal en Segunda A tras su retorno en Cartagena el 22 de junio de 1999. El lateral izquierdo fue uno de los fichajes de mayor peso ese curso y enseguida se hizo dueño y señor de la banda izquierda en la parcela defensiva. En el curso 2001-02 disputó un total de 45 encuentros entre Liga y Copa.

Las lágrimas del descenso

Su rol de protagonista lo mantuvo la siguiente campaña, en la que de jugó 38 partidos de Liga. El Córdoba comenzó en la 2002-03 a coquetear con un descenso del que tuvo que escapar una vez más en la temporada 2003-04. La participación descendió por su parte entonces debido a la presencia de Juanmi, uno de los miembros del que después se conocería popularmente como clan de la gorra -por aquello de conseguir la permanencia “con la gorra”-. Aun así, estuvo presente en 24 choques entre Segunda A y Copa. Tras la agónica salvación lograda en Leganés, llegó el curso de más ingrato recuerdo para el cordobesismo. Cuando todos se las prometían felices en la ciudad, el cuadro califal se marcó su peor primera vuelta de la historia en la división de plata.

Con Esteban Vigo al frente de inicio, el Córdoba inició con el peor pie posible la temporada. Hizo un punto en siete jornadas. Apenas cinco tuvo de crédito el entonces ídolo Robert Fernández, con quien sólo ganó un partido el conjunto blanquiverde. Y ya con Crispi la reacción sólo se produjo a partir de un mercado de invierno en el que la renovación fue profunda. Vinieron doce futbolistas y muchos otros cogieron la puerta de salida. Precisamente López Ramos fue uno de los que continuaron y sumaron para que el equipo pudiera acariciar una hazaña histórica. Ni siquiera la incorporación de Jonay Hernández le imposibilitó tener presencia en el campo durante el segundo tramo del campeonato, que afrontaron los califales con sólo 12 puntos. La campaña se encaminó a su final ya con Juan Carlos Rodríguez, el hombre llamado a reconstruir la plantilla y buscar la heroicidad desde los despachos, en el banquillo.

El Córdoba evolucionó de tal forma que hizo números de ascenso tras una lamentable primera vuelta. Sumó 34 puntos en la segunda y apenas le faltó un par más para evitar el descenso. Todo estaba bien encaminado, pero el 12 de junio de 2005 los sueños se esfumaron. El Arcángel estaba a rebosar, con un ambiente de primer nivel, y enfrente se encontraba el Valladolid. Los pucelanos les endosaron un 0-3 en sólo 25 minutos al cuadro califal. A pesar de ese varapalo, la afición se mantuvo firme en su apoyo y el equipo en su lucha. Cristian Álvarez desde el punto de penalti recortó distancias por dos veces, pero la escuadra blanquivioleta, ya con uno menos por la expulsión de su portero, Lledó, hizo el 2-4. El final de la historia bien conocido es. El choque acabó con 3-4, los blanquiverdes descendieron y los jugadores lloraron entre la ovación de los seguidores. Ese día, López Ramos terminó con lágrimas y desconsuelo sentado ante el banquillo local, junto a otros como Pierini, Germán Rojas o Montenegro.

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