Enrique Martín, el presente continuo

Enrique Martín Monreal | PEPE FARRUQO

El anuncio de su fichaje fue ambrosía para el cordobesismo, que sintió que algo latía dentro de su club después de verlo hundido por un descenso humillante en fondo y forma. Enrique Martín Monreal (Campanas, 1956) no formaba parte de esas quinielas de perfectos desconocidos -para el común de los seguidores de un Córdoba que llevaba doce años en el mapa del fútbol profesional- que se barajaban para el puesto en las semanas posteriores a la defunción del equipo, del que salieron en tropel todos sus integrantes en cuestión de horas tras el definitivo desplome. La hinchada blanquiverde, con déficit de ilusión, ha visto en la figura del veterano técnico -63 años, el de más edad en la categoria- a una personalidad capaz de liderar un proyecto de resurrección. Martín es un tipo que transmite. Tiene ganas y método, dos ingredientes que, por difícil que parezca, se echaron de menos en el Córdoba de los últimos tiempos. Sobraron excusas y faltó compromiso, que suele huir cuando no se dan las condiciones mínimas (entiéndase cobrar a final de mes). Ahora le toca a Martín lidiar con una situación de extrema complejidad.

Ya ha ganado su primer partido este verano. Su manejo de un escenario delirante, con deudas que provocaron que el club no pudiera inscribir a jugadores hasta pocas horas antes del final del plazo, ha sido una demostración de pericia. Después de los nefastos precedentes en el Córdoba, una situación de relativa normalidad parecía idílica. Martín pudo traer a futbolistas de su confianza -Imanol García, Isaac Becerra, Chus Herrero, De las Cuevas...- para construir la espina dorsal de un equipo cuyo objetivo único es el ascenso. "A eso vinimos, porque esto es el Córdoba y no se puede hablar de otra cosa", dijo nada más llegar, lanzando un mensaje de orgullo a un equipo habituado a que se le mirara con pena y desdén por parte de sus vecinos de división antes de que le dieran la patada hacia la Segunda B, también conocida como el infierno, el pozo o, directamente, la mierda. Quienes la han padecido lo saben bien. Doce años mas tarde, los seguidores más jóvenes -los que vieron a Cristiano y Messi pasar por El Arcángel y al Córdoba disputando play offs- tendrán la oportunidad de endurecer su pellejo saboreando los puntos arañados a rivales como el Villarrubia, el Don Benito o el Talavera. Es lo que hay. Y ahí hay que centrarse porque si uno se despista le corren a collejas.

Enrique Martín, un one club man en Osasuna -donde dejó su marca como futbolista y entrenador y al que regresará un día, quizá para cumplir su sueño de ser presidente-, no pierde el tiempo en asuntos que no puede controlar. Para qué. "El pasado es pasado y el futuro no ha llegado, así que hay que centrarse en el día de hoy", repite cada vez que tiene ocasión. Un argumento de lógica simple que le sirve para anclar los pies en la tierra y aguantar las bofetadas que da la vida. Así en el campo de fútbol como fuera de los límites de cal. Que se lo cuenten a él, que el 8 de mayo de 2015 sufrió una angina de pecho que le hizo pasar por el quirófano para someterse a un cateterismo. "Desde aquel día vivo al 200 por ciento", asegura, porque "al final la vida te puede sorprender en cualquier momento".

Muchos se preguntan qué busca en Córdoba, a cientos de kilómetros de su casa, en una entidad en crisis permanente y destrozada por un descenso ganado a pulso. La respuesta la pueden encontrar asistiendo a cualquier sesión de entrenamiento en la Ciudad Deportiva, un lugar inhóspito y totalmente desprovisto de glamour. "Es posible que pasen ratas por el campo pero yo no las he visto", dijo esta semana el presidente, Jesús León, a propósito de la fauna -que se completa con pulgas y otros bichos campestres- que habita en la vetusta instalación del Camino Carbonell. Esa es la oficina de Enrique Martín, una estrella del fútbol ochentero y un entrenador con más de 30 años de servicio que ha encontrado un desafío monumental en un histórico en decadencia.

Enrique Martín confesó que un día en El Arcángel y se emocionó. "Ver a esta afición cantar el himno me ha puesto la carne de gallina y he venido como rival. No quiero imaginar cómo sería estar aquí, sería la pera", dijo a los periodistas cuando visitó al Córdoba en su etapa al frente de Osasuna. El destino le ha colocado en este escenario en una etapa tormentosa, con líos continuos como producto de una situación financiera bajo mínimos. Desde que llegó no para de regar la semilla de la complicidad con la afición. Sabe que será fundamental y entiende como pocos la punzante sensación que sufren los seguidores después de un descenso que, se mire como se mire, es un gran fracaso. Una degradación. El "volveremos a ser grandes" que cantan en los fondos es, en definitiva, un desgarrador deseo de no seguir haciéndose más pequeños, desapareciendo en la nebulosa del fútbol periférico. Generar alegría es una prioridad en El Arcángel. Y en ello está Enrique Martín, la bruja de Campanas, el hombre que salvó de la muerte a Osasuna con una permanencia milagrosa y un ascenso formidable. Si logra sacar del Córdoba de esta y en estas circunstancias, habrá quien proponga su beatificación. Vayan poniendo velas.

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