Viva Belgrado: el caramelo más dulce sin renunciar a un gramo de rabia
¿Puede un disco con las canciones más accesibles de una carrera ser una traición para un grupo que ha hecho del ruidismo y el grito sus señas de identidad? ¿En qué momento una melodía pegadiza se convierte en una concesión? ¿Cuántos estribillos puede permitirse una banda como Viva Belgrado antes de que aparezca la “policía de la coherencia”, precisamente esa que el grupo señala en la canción que abre su nuevo álbum?
Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye (Fueled by Salmorejo) es un disco de hits que se te clavan en la cabeza. Canciones que aspiran a llegar a mucho más público sin renunciar al ruido, a las aristas ni a esa mirada mitad escéptica mitad esperanzada que ha acompañado a los cordobeses desde sus comienzos. El caramelo más dulce de su discografía sigue teniendo un punto de acidez. Y ahí está la gracia.
En arrancar tu disco más accesible con un trallazo como Un andalucito más (una carta de presentación que ya querría cualquier grupo de esos que reivindican a los Nikis), que el oyente escuche los primeros compases y compruebe que no has necesitado desprenderte de ninguna de tus señas de identidad. Y que la cosa siga, que los cuatro primeros cortes mantengan la furia, los gritos, las letras generacionales y esa sensación de que cualquier cambio de ritmo, tono o armonía es posible. La diferencia está en que ahora las canciones encuentran con mayor facilidad el camino hacia el estribillo.
En medio del álbum, sin embargo, el tono cambia. Amor a 136 bpm se entrega al ritmo funk y a la electrónica e incluso se permite un nananana de esos que uno termina tarareando sin darse cuenta. Después llega Amor en Em, una preciosa canción que habita en una guitarra que parece extraída de una sesión descartada del In Rainbows, de Radiohead. Son dos temas que demuestran que la banda puede ampliar su vocabulario sin necesidad de aprender a hablar otro idioma.
Todo funciona en un grupo que, acostumbrado a vivir sobre el desfiladero del abandono y de la imposibilidad de mantenerse a flote, parece haber descubierto que también se puede hacer equilibrismo como deporte cuando las cosas van bien. La nueva formación suena sólida, los arreglos encuentran su sitio y las canciones avanzan con una seguridad que no siempre había sido tan evidente. Hay oficio, hay un ritmo de trabajo que se nota y hay una banda que ya no necesita convertir cada tema en una prueba de supervivencia.
El segundo tercio retoma el vuelo con Menquitofla, una canción concebida para reventar cualquier concierto de los cientos que tienen por delante. Su riff surfpunketa, los redobles que evocan a System of a Down y un solo de guitarra de Alain Johannes (Chris Cornell, Queens of the Stone Age, Them Crooked Vultures, Arctic Monkeys) tras haber sido obligado a escuchar compulsivamente Medina Azahara conviven sin que la mezcla chirríe. Las voces adicionales de Cala Vento terminan de redondear un tema que reivindica la amistad desde el ruido, el desparpajo y una querencia por lo andaluz que en este disco ha dejado de ser un detalle para convertirse en parte del paisaje. Y, de nuevo, sin que nadie pueda decir que se están sumando a un movimiento o sonido: como cuando de(con)struyeron a Triana, nadie está triturando el rock andaluz como ellos.
De hecho, es también en Menquitofla donde aparece uno de los momentos más mágicos del disco: un pasaje instrumental psicodélico que se desvanece en un fade out antes de dar paso a El deber de ofender: apenas dos minutos de rock duro, urgencia punk y una de las letras más afiladas de su carrera. “¿Cuántos más rentistas?”, escupe Cándido Gálvez en una canción que convierte el malestar ante la especulación inmobiliaria y la transformación homogénea de las ciudades en munición para un riff. La rabia sigue ahí. Y, por si quedaban dudas, el letrista, uno de los mejores de su hornada, no ha perdido puntería.
Todo está listo para un último tercio que recupera al Cándido más dulce. Varios demonios tiene algo del rock alternativo de R.E.M., con una aparente sencillez que esconde una canción llena de matices. Memorabilia, por su parte, funciona como una nana slowcore en la que el folk, el drone y los teclados rhodes construyen una atmósfera delicada, casi suspendida en el tiempo. Es el reverso de los gritos que abren el disco: una manera distinta de canalizar la misma melancolía.
Y entonces llega Súper futuro, que cierra el álbum arribísima, con las guitarras abiertas y una melodía luminosa. Sencillamente, una canción de rock perfecta. De esas que parecen haber estado siempre ahí, esperando a que alguien las escriba. Su optimismo no suena impostado ni necesita una explosión final para imponerse. Después de tanta incertidumbre, Viva Belgrado se permite mirar hacia delante sin pedir disculpas.
Producido por Ricky Falkner, Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye no es un disco que busque desactivar a Viva Belgrado para hacerlo más digerible. Es un disco que demuestra que la furia también puede ser melódica, que la distorsión no está reñida con la canción pop y que una banda puede ensanchar su público sin rebajar sus convicciones. Quien eche de menos el vértigo permanente de sus primeros trabajos encontrará aquí menos aristas en algunos tramos. Pero confundir la evolución con la domesticación sería no haber entendido por dónde va este río.
Como el Guadalquivir, Cándido y Viva Belgrado a veces se secan.
Y a veces, como ahora, se llenan y lo inundan todo.
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