“Seamos anfibios: en la profundidad con Dios, en la superficie con lo real”

Juan José Aguirre firmando un ejemplar de su libro. MADERO CUBERO
Juan José Aguirre, obispo de Bangassou presenta su libro 'Soy la voz de mi pueblo' que relata sus 34 años de misionero en África

Habla con imágenes poderosas. En apenas 20 minutos de charla, Juan José Aguirre (Córdoba, 1954), obispo de Bangassou, proyecta en la mente de quienes le escuchan vívidas escenas reales y metafóricas de su vida como misionero comboniano en la República Centroafricana. En su libro Soy la voz de mi pueblo, que ha presentado este martes en la Fundación BBK Cajasur, ha vuelto a ocurrir: el mismo universo al tiempo hiperrealista y onírico trasluce repetido entre las páginas y párrafos que recogen algunas de las cartas que el obispo ha ido enviando estos 34 años en África. Epístolas en las que narra todo tipo de escenas y vivencias. Como la que contó anoche: la liberación de una joven que había sido raptada como esclava sexual por una milicia radical y su retorno a su poblado, de la mano de Aguirre.

Los relato de Aguirre tienen colores: rojos tierra, verdes selva y azules cielo; tonalidades que impresionan al recién llegado. Aguirre cuenta que un amigo suyo, misionero como él, siempre decía que quienes aterrizaban por primera vez en África lo hacían con dos mochilas a la espalda. “Una de ellas está llena de cosas para ayudar, la otra está llena de cosas para recibir. Pues bien, la segunda siempre se llena antes que la primera”, explica. “África da mucho más siempre. Es una tierra bella y dura, pero siempre da”, continúa. El amigo de Aguirre murió asesinado en un trayecto en carretera hace unos años.

El obispo sigue hablando con imágenes. Y en ellas dibuja la figura de un hombre al que las circunstancias abocan irremediablemente a la humildad. “Llegas allí como un niño, pero África se encarga de ponerte los pies en la tierra y te enseña que hay varias buenas manera de hacer las cosas. No una solamente, no solo la tuya. Hay formas de hacer las cosas bien que sean distintas a tu forma de hacer las cosas”. Este principio básico de tolerancia, recuerda, “fue de las primeras cosas que me enseñaron los combonianos. Eso y a encontrarme con Dios”.

Más imágenes: Dios. ¿Cómo compaginar la labor espiritual y evangelizadora de un misionero con las necesidades inmediatas e infinitas de poblaciones enteras en uno de los países más pobres del mundo? “Tenemos que encontrar a Dios, pero tenemos que ser como los anfibios y ser capaces de respirar en las profundidades, donde la calma y la tranquilidad nos unen a él; pero siendo capaces de respirar en la superficie, con esa realidad que nos zarandea violentamente. Pasar de un estado a otro es muy necesario para ser misionero”.

Y si hablamos de imágenes, hagámoslo de pintura. Aguirre se considera a sí mismo un pincel. “Soy un instrumento de Jesús para pintar un cuadro”, apunta para explicar su labor en la misión. Un ejemplo fue la experiencia vivida cuando llegó a su cuidado una chica de 20 años que había pasado los últimos tres siendo esclava de un grupo del Ejército de Resistencia del Señor, una milicia radical y muy violenta que abusó de ella. La mujer, embarazada, retornó a su pueblo conducida por Aguirre. Allí ya la habían dado por muerta e incluso habían hecho funerales por ella. El shock para todos fue enorme. “No quería salir del coche”, recuerda el obispo, “y yo le grité ¡sal de ahí! como hizo Jesús con Lázaro a las puertas de su tumba. Y fue algo parecido, cuando salió del coche, que era como su tumba, rompió a llorar, y empezó a vivir de nuevo”.

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