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ENTREVISTA

Poesía contra las balas y la espectacularización del narco: “Los malotes de verdad no tienen Instagram”

Entrevista al poeta nicaragüense William González Guevara

Juan Velasco

17 de abril de 2026 20:01 h

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Hay una norma no escrita en algunos territorios de Centroamérica atravesados por la violencia pandillera: en las calles donde hay una biblioteca, no se mata. William González Guevara (Nicaragua, 2000) la convirtió en poema. Y la transformó en una de las ideas centrales de su premiado poemario Cara de crimen: la cultura como último dique frente al salvajismo.

“Es una ley del mundo pandillero”, explica. “Si en esa calle hay una biblioteca, no se puede matar a nadie”, explica González Guevara sentado frente a un teléfono que graba su conversación y que él -que también es periodista- se acerca al pecho, buscando que el ruido de la calle no enturbie su voz. Es un viernes por la mañana en Córdoba, a miles de kilómetros de su hogar, en Managua, donde las voces se apagan entre el sonido de disparos.

El poeta tenía siete años cuando presenció su primer asesinato. Aquella imagen le acompañará toda la vida. Y es uno de los motores que hay detrás de su último poemario, que presentó el jueves en El Reino de Agartha, en Córdoba. Cara de crimen no es solo un libro: es el resultado de cinco años de entrevistas a sicarios, de viajes a territorios donde la violencia no es un concepto sino una rutina, y de una deuda personal con su propia biografía.

“Yo estaba destinado a ser un sicario”, dice sin rodeos, antes de aclarar que sus primos fundaron una de las pandillas más importantes de Centroamérica, los Sumi. Él creció con esa etiqueta pegada a la piel. En Managua lo señalaban: “Vas a ser uno más”. No lo fue. En parte porque con 11 años su familia se vino a España, en parte porque para entonces ya prefería los libros a las pistolas.

Esa elección es la que sostiene hoy una obra que dialoga con la tradición poética y con una realidad brutal. Porque uno de los mayores desafíos de Cara de crimen no era contar la violencia, sino hacerlo sin estetizarla. “La peor parte fue cómo convertir todo ese material en poema respetando la tradición”, explica. Formado en los clásicos —“todos queríamos ser Rubén Darío”—, entendió pronto que debía construir una voz propia sin renunciar a ese legado.

Entrevista al poeta nicaragüense William González Guevara

Contra el pesimismo

Así, el libro, el cuarto de los cinco que ha publicado que ha resultado premiado, se estructura en dos planos: un contexto centroamericano y una inmersión directa en la violencia —balaceras, pandillas, marginalidad—. Pero, contra lo que podría pensarse, no es un poemario pesimista. “El trasfondo es cómo la cultura se antepone al salvajismo”, afirma. En lo personal, escribirlo fue una forma de salvarse.

Paradójicamente, para poder salvarse, se expuso a la muerte. Durante varios años, González Guevara entrevistó a sicarios en Nicaragua. Lo hizo sin financiación externa, costeando él mismo el proceso, que consistía en exponerse a una doble amenaza: la de entrar clandestinamente en su país, donde algunos de sus libros ya estaban prohibidos y, por tanto, sería presa del ejército; la de sentarse frente a hombres armados que colocaban la pistola apuntándole al corazón mientras hablaban con él.

“Ellos sabía a lo que iba. Era una forma de ver qué hubiese sido de mí”, recuerda ahora sobre un proceso que siempre planteó como material para un poemario y no para 35 o 40 reportajes que le habría resultado mucho más fácil vender. De ese riesgo surge también una pregunta inevitable.

Una mujer con una fregona es más dura que un hombre con una pistola

PREGUNTA (P.). ¿Se puede entender Centroamérica sin hablar de violencia?

RESPUESTA (R.). Es triste. Yo sí que la entiendo sin la violencia, por el ojo el ojo externo no la entiende sin violencia y sin marginalidad. Es muy buena pregunta, porque yo. como centroamericano, defiendo sobre todo, por encima de la violencia y la marginalidad que hay en el libro, el componente cultural. La cultura hoy define a la juventud en Centroamérica.

P. ¿En qué sentido?

R. Mira, esto lo vi yo por ejemplo cuando Forbes sacó la lista de los 30 jóvenes con mayor proyección. Esa misma lista, en España, estaba llena de influencers. En Centroamérica, la mayoría son artistas. Entonces, más allá de que me hayan metido a mí en esa lista como poeta, como periodista sí que reflexioné un poco: yo vivo en Madrid desde los diez años y, anda que no hay poetas jóvenes españoles buenísimos para que estén en una lista con gran proyección. Sin embargo, no aparecen. Allí, sin embargo, sí lo hacen. La semilla de la cultura es fundamental.

P. ¿Se debe aparcar la moral cuando uno se acerca al fenómeno de la pandillas?

R. Sí, porque puedes perder la vida. Totalmente. El otro día me me preguntaba un chaval jovencito si creo que yo hubiera acabado matando a alguien. Y no me vi en la situación, gracias a dios. Ni de defenderme. No sé si lo hubiese hecho. Yo creo que, por supervivencia o por el hecho de querer sobrevivir, pues nunca se sabe. Es posible.

Entrevista al poeta nicaragüense William González Guevara

La relación de González Guevara con la violencia es compleja. “La conocí tan temprano que no le tengo miedo”, dice, aunque lamentando que, a veces, se quiera vender su figura como alguien insensible. “En cierto modo, se me ha deshumanizado, y eso a mí me da rabia. Porque he visto barbaridades, claro que sí, pero también lloro”, apostilla un escritor que, precisamente, ha optado por usar la poesía para denunciar la banalización contemporánea, alimentada por plataformas como Netflix, que convierten la violencia en espectáculo.

Paradójicamente, ese mismo interés es el que acerca a los jóvenes a su poesía. “Es una forma de que no vean la poesía como algo aburrido”, admite, aun sorprendido de que, alguna que otra vez, se le hayan acercado lectores en el Metro o en alguna gran superficie. Además, percibe una cierta fascinación entre la juventud española tanto por la violencia pandillera, como por las dictaduras.

“Ahora que parece que todos quieren ir de malotes, de criminales, cuando, quienes conocemos ese mundo, sabemos que la violencia conduce a una muerte prematura la mayoria de las veces”, reflexiona, antes de sentenciar que “los malotes de verdad no tienen Instagram”.

La cultura es lo único que se antepone al salvajismo

Todos fueron niños

El escritor, de hecho, rara vez se queda en la superficie. A diferencia de un enfoque sensacionalista, buscó la dimensión humana de quienes entrevistaba para Cara de crimen. “Hice un trabajo de documentación sobre cada uno de ellos y descubrí que ningún periodista, centroamericano y no centroamericano, se había interesado por ellos en el sentido humano. La gente va ahí a sacar el titular. y yo lo entiendo. Pero nadie les preguntaba por su infancia”, explica.

Ahí encontraba la grieta: niños que jugaron, que tuvieron una vida antes de la violencia. Desde esa humanidad partían unas entrevistas que, ya al final, llegaban hasta los asesinatos. El daño colateral, el sufrimiento de sus familias, aquello que rara vez se menciona, fue central en su proceso de investigación. Y entronca con su propia biografía, atravesada por esa tensión (la figura del padre es difusa; la de la madre, central).

P. ¿Quién es más duro, un hombre con una pistola o una mujer con una fregona?

R. Guau. Yo creo que una mujer con una fregona como mi madre es mucho más dura. Porque mi madre, a raíz de utilizar la fregona los fines de semana, haciendo horas extras, me compraba libros, ¿sabes? Entonces, claro, lo fácil hubiese sido matar por 45 dólares. Pero es que mi madre es un icono en Carabanchel, tío. Yo me he visto en actos en los que la gente pasa de mí, va a mi madre a que le firme ella los libros. Y hay en ella tanto esfuerzo, tanto amor por la cultura... A pesar de no ser una mujer lectora, a pesar de ser una mujer que se ha dedicado al sector de la limpieza la mitad de su vida, porque no pudo convalidar sus estudios. Que ahora, con la regularización esta, muchísima gente como mi madre va a poder optar a convalidar sus estudios. Gente que allí eran médicos, enfermeros, arquitectos... Y aquí han tenido que amoldar su vida, en una España que la verdad que ha sido muy solidaria con Nicaragua.

P. ¿El contexto cultural tiene un peso enorme a la hora de definirnos?

R. Sí, totalmente. Porque aquí yo soy el poeta nicaragüense o centroamericano. Y allí yo soy el poeta español. ¿En qué quedamos? ¿Quedamos en medio del Atlántico para que nadie me etiquete? Yo sinceramente me siento carabanchelero. Y siempre lo digo: Si hubiese un pasaporte de Carabanchel, pediría tener esa nacionalidad.

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