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LUZ CASAL CRÓNICA
Poderosa Luz, Casal íntima

Concierto de Luz Casal en Córdoba.

Rafael Ávalos

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Primero abrió la ventana de par en par. Acto seguido, o justo al mismo tiempo, hizo lo propio con el pecho. Mostró el alma y ofreció el corazón. Esa sensación fue, a buen seguro, lo que más agradó a los espectadores, convertidos en confidentes. Porque en un concierto lo mínimo que se puede esperar, como público, es una actuación musical correcta. O sobresaliente, como fue el caso. Más importantes son incluso, al menos para quien de por sí sabe disfrutar del directo, la entrega y la complicidad. Y de ambas hubo con grata desmesura por parte de Luz Casal en su vuelta a Córdoba. La gallega obsequió en el Gran Teatro con un espectáculo memorable, de los que cuesta asimilar y despegar de la mente; de los que no se espera final.

Decir que Luz Casal es una de las artistas más valiosas de España, es, simplemente, narrar lo obvio. Sin embargo, vivirlo en primera persona supera cualquier expectativa. La cantante de Boimorto (A Coruña) hizo escala en la ciudad dentro de su gira ‘Las ventanas de mi alma’, que inició en marzo y también le llevará -ya le llevó- por Francia. El tour tiene el título de su último disco, publicado el 24 de marzo y que cerraba una etapa de cinco años sin un nuevo trabajo de estudio. Del álbum interpretó hasta nueve canciones, de once que lo componen. Arrancó precisamente con la canción que otorga nombre al LP y a su periplo de directos.

Tras una gran ventana inició la coruñesa el concierto, que continuó con ‘La inocencia’, un tema más próximo al género por el que se le consideró la gran roquera patria. Ella, no obstante, no vive cerrada en una habitación en este sentido pues sabe moverse del rock al blues y hasta el bolero. De todo hubo en el Gran Teatro, que estaba completo: las entradas se habían agotado, y el que no adquiriera una, bien debería de hacer en arrepentirse. Fue el show total, con una Luz poderosa y una Casal íntima, que marchó de las letras más profundas a las más festivas, y viceversa, sin despeinarse. Bueno, lo último sí lo hizo cuando correspondió.

Ya desde el comienzo, Luz Casal mantuvo una señalada complicidad con el público, que lo agradeció y mucho. Al fin y al cabo, quien quiere escuchar el estudio en la voz en vivo, también pretende una interacción permanente. La gallega se permitió arrancar carcajadas incluso en determinados momentos. Emocionante fue escuchar ‘Volver a comenzar’, una realidad que conoce demasiado bien la artista. Atrás dejó un cáncer de mama y después otro, de frente y, sobre todo, con el tabú de la palabra, públicamente, directamente tirado en la basura. Es fundamental esto último para la sociedad. Y llegó ‘No me importa nada’, uno de esos temas esenciales de la trayectoria de la cantante.

Ese hit se lo dedicó a las mujeres, con un mapping tras ella que mostraba imágenes de mujeres relevantes. Por cierto, entre ellas estaba Gata Cattana, la mujer polivalente de Adamuz que se fue antes de tiempo. Por supuesto, estaba su madre, Matilde Paz Blanco, la más importante de su vida. Luz Casal no sólo repasó su último álbum, sólo hasta la fecha y que es una magnífica indagación de sonidos, sino que recorrió toda su carrera. Y lo hizo con tres vestimentas diferentes y en tres ambientes muy distintos. El primer tramo fue la cantante de traje, de etiqueta. Elegancia transformada en portento con ‘Besaré el suelo’. Tal fue la potencia de voz que regaló que el auditorio terminó en pie. Nada pudo con ella, tampoco nada podrá con ella en el futuro.

Tras el enorme esfuerzo vocal de la poderosa Luz, la Casal íntima interpretó otro tema imprescindible de su repertorio: ‘Entre mis recuerdos’. Punto y aparte con los músicos en el escenario y la cantante fuera de escena. El concierto estaba lejos de terminar. La de Boimorto retornó con otro atuendo, un vestido de pantalón al estilo ninfa con el que se adentró en su alter ego roquero. Aunque primero consiguió que el público cantara el estribillo de ‘Un nuevo día brillará’ -una de las canciones más recientes de todas las que no pertenecían a Las ventanas de mi alma- durante unos cuantos minutos. En ese instante la unión entre artista y espectadores ya era absoluta. Y como todo no puede contarse en una crónica, que destaque la locura desatada, nada más escucharse los primeros acordes, con ‘Rufino’. En pie, como si fuera un espectáculo de esos de garito de los ochenta, el auditorio vibró. Y la gallega lo disfrutó. Justo después, otra canción ineludible: ‘Loca’. Del 85 al 89 y diversión total.

En realidad, la vena roquera comenzó a salirle a Luz Casal con ‘Antes que tú’, de su último trabajo de estudio, y ‘Plantado en mi cabeza’. La despedida, sólo entre comillas, se dio con ‘Un pedazo de cielo’. Es verdad que el bis se hizo esperar, pero no menos que fue el broche perfecto a un concierto sencillamente indescriptible -por mucho que el que aquí escribe, lo intente-. La coruñesa apareció con un tercer atuendo, ya vestida con falda, de negro y en una escenificación de luz más tenue. ‘Piensa en mí’ precedió a esa joya llamada ‘Negra sombra’, poema de Rosalía de Castro que en la voz de la cantante es, sin más, una delicia. Cantó en galego y todo fue normal, como siempre debería de ser. Tras ‘Suave es la noche’, también de Las ventanas de mi alma, otro esencial de la ochentera: ‘Te dejé marchar’.

Sonó esa canción a certeza. Como si la artista no quisiera que el telón se echara y ya anduviera con lamentos porque dejó marchar. Los espectadores, seguidores de todas las edades, tampoco querían cruzar las puertas del Gran Teatro. Pero habían pasado más de dos horas y tampoco se puede abusar. Ya se sabe que lo bueno si es breve, dos veces bueno. Pues no, el momento tendría que durar para siempre. Aunque es seguro que lo hará, que lo efímero de la cita será eternidad en la memoria de quienes lo vivieron. No pudo haber una luz más poderosa, es difícil que la haya, que la propia Luz, que enseñó su ser en la intimidad más pura de Casal.

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