El misterio de las inscripciones ibéricas del Tesoro de Córdoba que llegó al British Museum tras un expolio
En el año 1915, en un terreno en el que hoy se levanta la Biblioteca Central Antonio Gala de Córdoba, las obras para introducir una gran tinaja de aceite de oliva descubrieron un tesoro. El dueño del terreno, en el que se sabía que había un cementerio romano en la vía que conducía a Castulo, era el cordobés Francisco Cabrera Pozuelo. Walter L. Hildburgh, un coleccionista inglés, entró en contacto con Cabrera al año siguiente. El propio Hildburgh lo describió como “a well-known archaeologist and a member of the local antiquarian society” (un buen arqueólogo y miembro de la sociedad local de anticuarios). El tesoro de Córdoba acabó en Londres y hoy se exhibe en el British Museum como si nada hubiera pasado, a pesar de que salió de España en un año en el que la ley ya prohibía la venta de restos arqueológicos al extranjero.
Hildburgh acabó donando el Tesoro de Córdoba al museo y desde los años veinte del siglo pasado hay que ir a Londres para contemplarlo y también para estudiarlo. Ahora, un siglo después, dos investigadores han logrado identificar unos signos paleográficos en el cuenco de este singular e importante tesoro. Pero al hacerlo han vuelto a dibujar un nuevo misterio: ¿qué significan?
El conjunto, conocido técnicamente como el tesoro del molino de Marrubial, está compuesto íntegramente por piezas de plata: un vaso de forma cónica, un torques, ocho brazaletes, la cabeza de un broche y un lote de aproximadamente trescientas monedas, tanto romanas como ibéricas. Su cronología se sitúa en torno al año 100 antes de Cristo, un momento clave de convivencia entre la Córdoba romana recién fundada y la cultura turdetana e ibera.
A pesar de la relevancia del hallazgo, su salida de España fue un claro ejemplo de comercio ilegal de antigüedades. Cabrera Pozuelo, quien irónicamente era donante asiduo del Museo Arqueológico de Córdoba, prefirió vender el conjunto a Hildburgh de forma clandestina. Aunque en su momento Enrique Romero de Torres intentó activar protocolos para recuperar las piezas, el asunto se diluyó entre la burocracia de la época. El British Museum adquirió formalmente el tesoro en 1932, ignorando la Ley de Excavaciones de 1911 que protegía este tipo de hallazgos en suelo español.
La “autopsia” de una pieza centenaria
Hasta hace muy poco, se creía que las piezas del tesoro eran lisas y carecían de epigrafía. Sin embargo, una revisión sistemática de la epigrafía paleohispánica llevó a Eugenio R. Luján a identificar inicialmente un signo en las fotografías de la web del museo. Para confirmar el hallazgo, Esteban Ngomo Fernández realizó una “autopsia” o estudio directo de la pieza en Londres el 13 de marzo de 2025.
Este análisis pormenorizado reveló que el cuenco de plata aún tenía algo más que decir. Los investigadores identificaron signos grabados tanto en frío como en caliente, utilizando específicamente el signario ibérico nororiental.
El estudio ha permitido identificar diversos elementos gráficos distribuidos por toda la pieza. En la base externa se localizó un silabograma ko, el signo más claro de todos, que tiene paralelos en otros vasos de plata ibéricos de la Alta Andalucía. En el borde exterior aparece una secuencia de dos signos que se lee como tue, grabada en caliente durante el proceso de fabricación del vaso.
Además, se identificaron un signo en forma de “T” (que podría ser una letra latina o el signo ibérico ti), una variante del signo m̄, el signo a y el signo ka. En el interior del vaso se detectó una marca compleja y problemática que podría interpretarse como kauka (o kabika en escritura meridional), aunque su lectura es incierta debido a que parece una unión de signos realizada posteriormente.
La identificación de estos signos abre interrogantes sobre la funcionalidad de las marcas. Los investigadores sugieren que aquellas grabadas en caliente (durante la fabricación) podrían identificar al taller, al artesano o responder a aspectos metrológicos. Por el contrario, los grafitos realizados en frío podrían estar relacionados con los anteriores propietarios, con el valor del objeto o incluso con el peso de la plata que el cuenco contenía.
Este descubrimiento integra definitivamente al vaso de Córdoba en el selecto grupo de vajilla de plata con inscripciones ibéricas halladas en el sur de la península, como los de Santiago de la Espada o Santisteban del Puerto. Aunque los nombres o conceptos tras “ko” o “tue” sigan siendo un enigma, su mera existencia en una vitrina de Londres es un recordatorio de la sofisticación cultural de la Córdoba ibérica y de la triste historia de su expolio.
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