El ‘hit’ que fue una maldición para su autor y que ahora se baila en clubs y afterhours
Un digger, en el argot de los discófilos, es una persona que busca discos raros que incorporar a su colección. En un buen número de casos, estos diggers son, a su vez, disc jockeys y buscan, por tanto, sorprender al público precisamente haciéndoles bailar temas o canciones sobre las que tienen poca o nula información.
Y algunos de estos diggers han encontrado su hábitat natural en Europa, en ciudades como Berlín -donde la música electrónica es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad- o Londres, donde las fiestas se cuentan por decenas cada fin de semana. Sorprender en un ecosistema tan competitivo no es tarea fácil, quizá por ello, desde hace un tiempo, en toda Europa se vive un genuino interés por repescar música dance hecha en España en los años 90.
En este marco, el dj colombiano-estadounidense Tomás Station y el pinchadiscos turco O Bee, ambos residentes en Estados Unidos pero habituales de clubs como Fabric (Londres) o Berghain (Berlín), aprovecharon una fiesta para poner un disco divertido con el que animar la sesión. Era un set al aire libre, muy festivo, así que el público se volvió loco en cuanto empezó a sonar.
Aquel disco era La danza de los 40 limones, un tema que precisamente este año cumple su 30 aniversario y que se convirtió en un enorme éxito en España (y, en menor medida en Europa e Hispanoamérica) a mediados de los 90. Fue algo tan grande para su autor, el cantautor cordobés Juan Antonio Canta, que acabó entrando en depresión incapaz de asumir el éxito. Al final, optó por suicidarse.
¿Track ID?
Antes de rebobinar el disco hasta llegar a su autor, sigamos en el presente. Station coloca el disco en el tocadiscos Technics, le pone la aguja encima con la suerte de que hay alguien con un móvil grabando la escena. La gente se vuelve loca bailando e Instagram hace su magia: La danza de los 40 limones se convierte en un disco que cazar. Desde la publicación del vídeo, hace casi un año, hasta la actualidad, un maxi que costaba menos de un euro pasa a costar 20, 30 o hasta 90 euros la copia en Discogs, el portal de compraventa de vinilos más importante del mundo y que permite trazar las ventas de un disco concreto.
Hace unos días, un perfil especializado en música de baile volvía a subir el vídeo de aquel momento y, de nuevo, genera miles de likes y decenas de usuarios preguntando por el título de esa canción que, sobre una base de eurohouse noventero -con un bajo directamente robado del clásico Rapper’s Delight- cuenta sin parar “un limón y medio limón, dos limones, medio limón…”. Otro usuarios, en su mayoría españoles, algunos de ellos cordobeses, les redirigen a la fuente original.
Juan Antonio Canta
Juan Antonio Canta es, sin lugar a dudas, una de las personalidades más relevantes de la música andaluza y una figura tremendamente avanzada a su tiempo. Antes de triunfar en solitario como cantautor de corte dadaísta a caballo entre Javier Krahe y La cabra mecánica, ya había gozado de un sorprendente éxito en Hispanoamérica con su grupo Pabellón Psiquiátrico.
Él estaba detrás de temas como G de Gilipollas (un tema que se reía de Hombres G), En el cielo no hay alcohol o Guarra foca, en los que la irreverencia del letrista casaba a la perfección con el post punk de finales de los 80. Fue un grupo que duró muy poco, pero que dejó una impronta muy duradera (de hecho, hace poco se grabó un documental en su honor).
Pero fracasó. Y, con el fracaso del grupo, Juan Antonio se enfrasca en nuevas aventuras extramusicales, aunque no tarda demasiado en reaparecer, esta vez en solitario, bajo un un nuevo alias, nacido tras un concierto en el Limbo: Juan Antonio Canta. Y Juan Antonio canta de nuevo en los bares. Y en uno de esos bares, pero en Madrid, entra una noche el periodista cordobés Pepe Navarro, y se fija en aquel tipo de aire triste de inteligencia superior a la media.
Su paso por el programa de mayor éxito de la televisión noventera -Esta noche cruzamos el Mississipi- lo convierte, de la noche a la mañana, en alguien conocido. Una especie de precursor de los frikis que, años después, lanzaria Crónicas marcianas, solo que ridiculizado precisamente por su enorme bagaje cultural. El programa también lanza al estrellato una de las canciones más engañosas de su repertorio: El rap de los 40 limones, un caramelo envenenado, una canción infantiloide poblada de referencias al cine de Peter Greenaway, a Tales de Mileto, a la Peña El Limón de Córdoba, y a la adicción a la heroína. Referencias que nadie que veía el Mississipi era capaz de pillar, centrados en la simplicidad de un estribillo chicloso que era carne de jingle promocional.
Un único disco único
Juan Antonio sale del plató con un contrato para publicar un disco en Virgin, y accede. El disco es una rareza única. Pero, mientras tanto, el single de los 40 limones se convierte en un éxito. Y se le pide, como se hacía entonces, que grabe una versión dance. De nuevo accede y aquella canción suena en toda verbena y discoteca de España en el verano de 1996, cruzando el atlántico hasta países como México, Argentina, Perú y Colombia, y publicándose incluso en países europeos como Países Bajos, donde Virgin licenció el tema para lanzarlo en formato single.
El éxito comienza a abrumar al autor de la canción, que hace todo lo que puede por superarlo. En el documental Patuchas. El hombre de los mil limones, lo deja claro: “Un día salí en la tele y me vino una avalancha encima. Me veo y me doy pena, porque soy más que el hombre de los mil limones”. La tristeza comienza a ganar peso. El éxito comienza a ser un fracaso en el momento en que se reduce a una única canción que aplasta todo el potencial que lleva años trabajando. La televisión lo arrastra a un abismo del que no sabe cómo salir. En la serie Veneno, centrada en otra malograda figura que pasó por el Mississipi, Los Javis lo convierten en un personaje clave, interpretado por el cineasta Nacho Vigalondo, que pronuncia una frase devastadora: “Ten cuidado con la tele”.
El toque Locomía
Un patrón de cuatro notas del preset de piano del sintetizador Korg M1 que se repite en bucle. Así arranca la canción que hoy se baila en afters y clubs de Europa y que es, precisamente, la versión dance, la que se acabó colando también en el LP Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta. Era una versión distinta a la más rockabilera que hacía al principio y cuyo estribillo presentó en la televisión.
Es un tema que, aunque respeta lo básico de la original de Juan Antonio Canta, coloca la letra sobre un sonido italohouse muy bien conseguido y que estaba muy de moda a mediados de los 90 (un sonido que también se ha rescatado en la última década desde el norte de Europa).
Detrás de la producción electrónica de aquel hit estaba Cheni Navarro, que fue uno de los miembros de Locomía (otro grupo que acabó devorado por el inesperado éxito del eurohouse en toda Europa), y que tenía experiencia convirtiendo canciones pop en éxitos de baile (estuvo detrás, un año antes, de las versiones dance del exitazo mundial Experiencia religiosa, de Enrique Iglesias).
Lo más curioso del caso es que Navarro optara por plagiar o recrear el bajo del Rapper’s delight de Sugarhill Gang para su versión bailable del Rap de los 40 limones. Y es curioso porque seis años después, otro éxito mundial hecho desde Córdoba hizo algo parecido: se llamaba Aserejé y, en vez de recrear el bajo de Sugarhill Gang, españolizaron parte de la letra.
Juan Antonio Canta habría filosofado ampliamente sobre esta coincidencia. Pero no pudo. El 22 de diciembre de 1996, días después de escribir una carta a la cantante Martirio, descubrió que se le habían quebrado las ganas.
Tenía 30 años cuando entró en el trastero de sus padres, del que nunca salió con vida.
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