F. David Ruiz: “No hace falta tener un padre asesinado para sentir el trauma de la Guerra Civil”

F. David Ruiz | ALEX GALLEGOS

El escritor F. David Ruiz puede contar su obra publicada por los nombres que la han apadrinado públicamente. Su primer poemario, Escalera de incendios (Alhulia, 2016), recibió el respaldo de Ángeles Mora. El segundo, su primera novela, el recién editado Alma de Cántaro (Planeta, 2020), se ha impuesto en II Certamen Biblioteca Fundación Antonio Gala, un autor que además le dio algunos consejos para afrontar su escritura.

Licenciado en Filología Hispánica y Filología Románica por la Universidad de Granada, Ruiz vive en estos momentos a caballo entre la ciudad nazarí y su pueblo de origen, ese Rute que, según confiesa, es “tierra de literatura”, y donde tiene su plaza de maestro.

Una localidad que, sin nombrarse, uno imagina como fuente de algunas de las historias que enhebran Alma de Cántaro, un retrato polifónico de los efectos de la guerra -y especialmente de la posguerra- en la carne y el verbo de las mujeres de un pueblo ficticio de la zona sur de Córdoba.

PREGUNTA. Alma de cántaro, más que un libro histórico, es un libro de historias.

RESPUESTA. Yo digo siempre que mi novela es como una cómoda. Una cómoda hecha de distintos cajones que se pueden extraer si uno quiere, pero que forman parte de un mismo organismo. Es verdad que está formada por distintos relatos porque yo aspiraba a formar una heteroglosia, un conjunto de voces diversas, en algunos puntos opuestas, pero que van contando la historia de un pueblo ficticio en un mismo momento, en el año 1949, en el sur de Córdoba.

P. Cuando uno se ciñe a un periodo histórico, en el fondo lo que cuenta son recuerdos. Y este libro es un ejemplo.

R. Sí. A mí me gusta decir que la memoria acompaña a la historiografía, puesto que la memoria es la parte subjetiva de la historia. Es la parte que nos han contado siempre nuestras abuelas. Esa memoria está surcada en muchas ocasiones por procesos narrativos naturales. Todo es ficción desde el punto de vista que alguien te lo está contando. Y cuando eso pasa por muchas voces, la memoria se convierte en memoria colectiva. Así que todos estos recuerdos ya estaban ficcionados cuando yo lo encontré. Así que me he limitado a darle forma y peso narrativo.

P. O sea, son todo historias que a ti te han llegado de alguna u otra manera.

R. Sí. La mayoría son historias que me han cedido mujeres del sur de Córdoba que he ido conociendo. No en todos los casos han sido historias propias, sino que algunas han sido historias que han oído, historias que les han contado o que ha vivido su familia. Y muchas me han cedido los secretos de sus tías, de sus hermanas, de sus abuelas de una forma muy generosa y que yo agradezco tantísimo.

P. ¿Y cómo se han visto estas narradoras cuando se han leído en la novela? ¿Qué te han dicho?

R. Bueno, es un proceso que extraña. Imagino que cuando uno lee algo que ha vivido -y así me lo ha comunicado una de las voces de este libro- debe sentir como si lo viviera por segunda vez. Aunque lo que haya en la novela esté sometido a un doble proceso de ficción y no sea exactamente igual, se ve reviviendo ese ambiente, por lo menos. Eso es lo que muchas de ellas me han repetido, que han revivido por lo menos ese ambiente.

P. Es un libro muy familiar. Muchas de las historias ocurren de puertas adentro. Todo forma parte de esa intrahistoria, lo que estaba vetado a la propia historia de la guerra.

R. Claro, yo quiero recoger, dentro de lo que Unamuno llamaba intrahistoria, pero que a mí me gusta más llamar memoria heredada. Porque ni siquiera tenemos que haber vivido algo parecido. No hace falta tener un padre asesinado para sentirse parte del trauma de lo que supusieron la guerra y la posguerra en este país. Así que a mí me gusta decir que es memoria heredada porque es la historia de nuestros pueblos y la historia de nuestras familias.

P. Es verdad que ahora, desde algunos frentes, se niega la capacidad de hablar de determinados procesos históricos a quien no los ha vivido en primera persona.

R. Exactamente. Hablamos de un dolor heredado que al final se convierte en una pelea, en una búsqueda, en curiosidad, que es lo que siente la gente de mi generación hacia el pasado, con la intención de construir un futuro en cierto modo más justo.

P. ¿Y cómo va esa tarea?

R. Pues es una tarea difícil pero estamos consiguiendo hacer muchas cosas. De hecho, parece que se nos viene una segunda ley de memoria histórica, que es una ley que hace falta desde hace muchísimos años, que viene muy muy tarde y que viene, no sé si a dignificar -como se están diciendo desde muchos ámbitos políticos, porque dignificar es una palabra horrible- pero que viene a proteger la historia primero, la memoria individual después, y, sobre todo, a defendernos de los ataques furibundos reaccionarios de la ultraderecha.

P. ¿Cómo ves a tus alumnos en este sentido? ¿Cómo viven la historia de España?

R. Es una parte que les viene en algunas ocasiones larga y que tenemos que ilustrar de muchas maneras. Yo me dedico a la literatura y siempre el primer contacto que tenemos con la guerra civil es el asesinato de Lorca. Y cuando hablo de esto me suelo emocionar mucho. Porque al hablar de Lorca, entramos en la historia de la Guerra Civil, en la muerte de Antonio Machado en el exilio. De toda la diáspora de poetas y de cómo todo lo conseguido durante tanto tiempo desaparece con la Guerra Civil. Así que, a partir de ese contacto, intento siempre explicarle cómo lo vivimos en nuestra zona.

P. Es verdad que la primera ley de memoria llegó ya muy tarde a esta democracia y que encima encontró la incomprensión de la derecha de entrada. Y es triste que encima sea algo que se haya ido acrecentando.

R. Es terrible que no podamos compartir un pasado común cuando, en esta memoria colectiva, todos sabemos lo que ha pasado. Es decir, más allá de lo que ocurriera en las grandes ciudades, o de los pueblos en los que la guerra pasó de largo, igualmente todos sabemos las tropelías que se cometieron. Y que no podamos todavía hablar de esas cosas por miedo a caer en la dinámica de bandos es una cosa cosa terrible.

P. Claro, pero es que hay que situarse también en lo larga que fue la transición en este ámbito. La primera condena al franquismo desde el Parlamento no se produce hasta el año 2002.

R. Efectivamente. Por eso mismo la novela empieza en 1949 pero termina en el año 78 y en el 2008. Me interesaba mucho contar cómo se vive la transición desde el punto de vista de estos personajes, de este pueblo cordobés perdido, y de cómo se llega a ese año en que se aprueba la primera ley de memoria histórica.

P. La posmemoria es hoy un término clave en estos tiempos de fake news y revisionismo acrítico de nuestro pasado.

R. Sí, entendiendo como posmemoria lo que dice Marianne Hirsch, como el rescate de la memoria heredada, como rescate de un material social, humano y también literario. Yo sí que juego mucho con ese término en mi trabajo.

P. Además es un libro eminentemente femenino, que confirma esa idea de que la guerra la hacen los hombres pero la pagan especialmente las mujeres.

R. La historiadora Mary Nash habla en su libro Roja de la doble derrota que sufrieron las mujeres republicanas y de izquierdas. La primera porque se vieron despojadas de la cierta independencia que habían adquirido de repente cuando los hombres fueron a la guerra; y la segunda porque perdieron una guerra y eso las somete y las vuelve a meter en casa. Entonces, contar no solo la historia de las mujeres, sino la historia de las mujeres en la Córdoba rural de los años 50 me pareció un ejercicio de memoria necesario.

P. Entiendo que quizá una de las cosas que más te ha costado ha sido esquivar algunos de los tópicos más recurrentes de la narrativa sobre la Guerra Civil. Has optado por poner el foquito en otra parte.

R. Yo creo que el tópico, a veces, ni siquiera hay que esquivarlo. Lo estamos viendo ahora con La trinchera infinita, que la vamos a mandar a los Oscar. Me parece que el tema de los topos es algo que había que contar, que esa película lo hace maravillosamente y yo también trabajo en la novela. Y creo que no hay que huir de ciertos tópicos porque no por tópicos dejan de ser verdad. En cualquier caso, me parece que yo me alejo bastante con un trabajo que habla de silencios femeninos y que habla de poner en el centro la voz de las mujeres. Como decía Antonio Gala, no se trataba de dar voz, sino de saber escuchar para poner la voz adecuada a estas mujeres. Eso es lo que he tratado de hacer, por encima de cualquier tópico.

P. Sí, me recuerda a lo que comentaba María Sánchez, que rechazaba la idea de que a la mujer haya que darle la voz.

R. Exactamente. Eso es. Me encanta lo que hace María Sánchez y es, básicamente, lo que yo he intentado, con mayor o menor acierto, desde el sur de Córdoba.

P. Porque ser del sur de Córdoba, ser de Rute, sobre todo, te tiene que marcar literariamente de alguna manera.

R. Por supuesto. Siempre. Yo estaré siempre agradecido a Ángeles Mora que me ha apoyado tantísimo desde que empecé a escribir y que ha sido una maestra. Rute es tierra de literatura.

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