Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Lee ya las noticias de mañana

El incendio de 1734 que destruyó y obligó a reconstruir las Caballerizas Reales de Córdoba

Detalle del grabado de Guesdón, Caballerizas Reales, Córdoba

Juan Velasco

20 de marzo de 2026 20:02 h

0

El edificio de las Reales Caballerizas de Córdoba, uno de los grandes símbolos de la Monarquía Hispánica y auténtico santuario de la cría del caballo español, no es exactamente el mismo que mandó levantar Felipe II en el siglo XVI. Su fisonomía actual, tan reconocible para cordobeses y visitantes, es en gran medida el resultado de una tragedia: el devastador incendio que el 1 de julio de 1734 redujo a cenizas buena parte del complejo y obligó a una reconstrucción prácticamente total a mediados del siglo XVIII.

Esta semana, en la que se ha conocido un informe de los Bomberos de Córdoba sobre el estado de la seguridad contra incendios del edificio, poco se ha mencionado que este monumento, en realidad, conoce el poder devastador del fuego. Ocurrió en 1734 y, aunque las crónicas apenas ofrecen detalles sobre el origen del incendio, sí coinciden en resaltar su violencia: en pleno verano cordobés, las llamas, que estuvieron vivas durante 48 horas, se propagaron con rapidez por el recinto y golpearon con especial dureza el pabellón norte, el más monumental del conjunto.

Hay varios trabajos de referencia sobre la historia del edificio, desde los que hizo Juan Carlos Altamirano Macarrón, auténtico redescubridor del valor arquitectónico y de la significación del edificio, al de Juan Carpio Elías. Aunque, sobre el incendio, uno de los más prolijos es de Ángel María Ruiz Gálvez, incluido en El Barroco, universo de experiencias, y el de la arquitecta Rosa Lara, del año 2020.

En ellos se cuenta que, tras el incendio, la Cuadra Principal quedó arrasada. De ella apenas sobrevivieron los muros exteriores: desaparecieron las cincuenta y siete bóvedas de ladrillo que articulaban el espacio y también la estructura de la planta superior, donde se encontraban las dependencias administrativas y los dormitorios de los oficiales.

Así, el edificio que Felipe II había concebido como pieza clave de su proyecto ganadero quedó reducido, en gran medida, a un esqueleto de piedra. No todo, sin embargo, sucumbió al incendio. El pabellón sur —destinado a la llamada cuadra auxiliar o “tras ordinaria”— logró salvarse, convertido desde entonces en pieza clave para la continuidad del servicio. Aún hoy puede leerse en uno de los tirantes de su techumbre una inscripción fechada en 1706, recuerdo de una reforma anterior que prueba que esa parte del edificio no tuvo que levantarse de nuevo tras el desastre.

Las Caballerizas Reales, en el año 1993.

Diez años de abandono

La actividad ganadera se resintió. Aunque, de forma provisional, se habilitaron espacios improvisados: se levantaron cercados en los portales para estabular a los caballos mientras se buscaba una solución definitiva. Aun así, la falta de capacidad obligó a tomar decisiones drásticas. Según documenta Rosa Lara, incluso se procedió a la venta de caballos en 1735 ante la imposibilidad de alojarlos todos. Es un detalle revelador que introduce un matiz económico y humano al desastre: no solo ardió un edificio, también se resintió el proyecto ganadero que había motivado su creación.

Por su parte, la yeguada real fue trasladada a Alcolea, cerca de las dehesas donde pastaban los animales. En 1745 se llegó a elaborar un primer presupuesto de reconstrucción —529.000 reales de vellón—, pero la cifra se consideró entonces inasumible y el proyecto quedó en suspenso.

La magnitud de los daños, unida a las dificultades económicas de la institución, dejó el edificio en un prolongado estado de abandono. Durante más de una década, las ruinas del pabellón norte permanecieron expuestas a la intemperie mientras la administración real trataba de encontrar recursos para su reconstrucción.La razón, según la documentación manejada por Lara, fue tan prosaica como decisiva: los “cuidados de la guerra”, que desviaron recursos y prioridades de la Corona.

La situación cambió a mediados de siglo gracias a dos decisiones clave. La primera fue administrativa: en 1745 la gestión de las Caballerizas pasó de la Junta de Obras y Bosques a la Secretaría del Despacho de Guerra, lo que vinculó la institución a la estructura militar de la Corona. La segunda fue política. El 28 de agosto de 1752, el rey Fernando VI firmó una Real Orden que autorizaba la reconstrucción del complejo. Para ello se liberó una suma de un millón y medio de reales, casi el triple del cálculo realizado pocos años antes.

Plano de la reconstrucción de Caballerizas Reales.

Un edificio nuevo sobre las ruinas

La reconstrucción tras el incendio estuvo vinculada a la figura del ingeniero Joseph Ponte, cuyo papel había pasado desapercibido en muchos relatos previos. Las obras quedaron en manos del maestro albañil cordobés Francisco Ruano, bajo la supervisión del teniente de caballerizo Juan Francisco Melgarejo. La obra arrancó en 1755 y, aunque el proyecto intentó respetar el trazado original del siglo XVI, la reconstrucción introdujo cambios importantes que transformaron el funcionamiento del edificio.

Así, la planta superior del pabellón norte dejó de albergar dormitorios para convertirse en un enorme pajar, rodeado de galerías, capaz de almacenar el forraje necesario para la caballeriza. La entrada principal se recompuso con una nueva portada coronada por el escudo real, subrayando el patrocinio de Fernando VI. También se amplió el pabellón oeste, una de las intervenciones más profundas del proyecto. Para ganar espacio se demolió parte de la muralla del Alcázar Viejo y el edificio se extendió hacia la actual calle Postrera. Allí se instalaron dependencias fundamentales para el funcionamiento del complejo: la herraduría, la enfermería, la cerrajería y la acemilería. Las Caballerizas, que como Real Sitio tenían jurisdicción propia, contaban además con su propia cárcel. Tras el incendio, esta se trasladó a un nuevo edificio rectangular levantado en el lado este del patio.

La reconstrucción tampoco estuvo libre de contratiempos. A comienzos de 1758, un informe del maestro Francisco de Aguilar advirtió que algunas de las nuevas bóvedas estaban cediendo debido a un error en su trazado. Fue necesaria una intervención urgente para reforzarlas con arcos de ladrillo. Las obras principales se dieron por concluidas en junio de ese mismo año.

Ni siquiera entonces desaparecieron por completo los problemas de estabilidad. En 1806, siguiendo el dictamen de fray Alonso de San José de Torres, se añadieron tirantes de refuerzo y nuevos arcos en las naves laterales. De aquella intervención nacieron las características dobles arcadas que hoy definen visualmente la Cuadra Principal.

La herencia de un incendio

Gracias a aquella reconstrucción, levantada sobre las cenizas del verano de 1734, las Caballerizas Reales pudieron continuar su actividad durante décadas, hasta su supresión definitiva por Fernando VII en 1820.

El edificio que hoy contemplamos es, en realidad, un palimpsesto arquitectónico: conserva la idea renacentista de Felipe II, pero también la huella práctica y reformadora de la Ilustración. Un conjunto que debe su forma actual a un episodio dramático que, hace casi tres siglos, cambió para siempre la historia de uno de los espacios más emblemáticos de Córdoba.

La historia de aquel incendio es, también, un recordatorio de que conviene tomarse muy en serio la seguridad en los espacios históricos y monumentales. Sobre todo en una ciudad como Córdoba, que hace de la rentabilización de su patrimonio el principal motor económico.

Etiquetas
stats