La peste en Córdoba, la epidemia que mató a miles de personas entre el siglo XIV y el XVII

Retrato de la época de dos enfermos por la peste negra.

Mató a más gente que las guerras, provocó una crisis demográfica de la que Europa Occidental no se recuperó en siglos, causó cismas religiosos y solo ahora, gracias a Alberto Rodríguez con su serie para Movistar +, parece que la enfermedad bacteriana que más ha impactado en la historia de la civilización occidental sale de las catacumbas. Solo en Córdoba la peste y otras epidemias provocaron la muerte de miles de personas. Para hacerse una idea, a finales del siglo XIV se calcula que la peste acabó con 70.000 cordobeses. La ciudad que un día fue capital de la Bética y después de Al Andalus, que tuvo centenares de miles de habitantes, sufrió una crisis demográfica de la que no se recuperó... hasta el siglo XX.

La ciudad de Córdoba no fue ajena a una enfermedad que se originó en Egipto en el siglo VI. Pero fue en el siglo XIV cuando la ciudad sufrió la epidemia más virulenta. Es la conocida como la gran pandemia de la peste, que fue propagada por una flota de genoveses que iba atracando de puerto en puerto del Mediterráneo. Las ratas infectadas iban saltando a las ciudades y la peste campaba a sus anchas.

En 1348 se desató una epidemia de peste negra que asoló Castilla. El reino cristiano acababa de ampliar sus fronteras y de derrotar a Al Andalus. Córdoba y Sevilla habían caído hacía un siglo. Pero lo que de verdad frenó la conquista fue la epidemia, que tuvo dos oleadas brutales. No consta que esa primera oleada llegara con fuerza a Córdoba. Sí que el Cabildo Catedralicio decidiese levantar un altar con la adveración de San Sebastián, “protector de la pestilencia”.

Pero poco duró la protección del santo. La peor epidemia de peste en Córdoba aconteció en el año 1398. Fue tan virulenta que  mató a 70.000 personas. Así lo describió el episcopólogo cordobés Juan Gómez Bravo: “Tanto estrago hizo en España la peste de mil quatrocientos que, para poblar el Reino exhausto de gente, también en las guerras, revocó el Rey la ley antigua que prohibía casarse a las mugeres antes de cumplirse el año de viudez, y mandó publicar que en adelante lo pudiesen executar. En Córdoba fue la mortandad grandísima, pues en los quatro meses de Marzo, Abril, Maio y Junio murieron setenta mil personas, como se lee en la Crónica de Enrique Tercero”.

De finales del siglo XIV han llegado pocas crónicas. Los historiadores se imaginan que los ricos huyeron de la ciudad en cuanto pudieron. Lo hicieron al campo, antes de que se cerraran las murallas. Los hospitales se llenaban de apestados. Los cadáveres se apilaban en las calles sin que nadie pudiese enterrarlos y hasta los notarios no daban abasto a la hora de redactar testamentos.

De hecho, han sido precisamente los testamentos los que mejor han documentado cómo fue otra epidemia de peste que asoló la ciudad ya en el siglo XV, poco antes de la llegada de Colón a América, en plena campaña de la conquista cristiana en Al Andalus. Ocurrió poco después de que los Reyes Católicos abandonaran la ciudad de Córdoba para exterminar el reino musulmán de Al Andalus de la Península. Y la epidemia tuvo mucho que ver precisamente con esa conquista.

Quien mejor ha estudiado ese episodio es la profesora Margarita Cabrera, del Área de Estudios Medievales de la Universidad de Córdoba. En 2009 publicó un estudio realizado a partir de los documentos notariales y legajos custodiados en el Archivo Provincial. Cabrera usó los testamentos, que se dispararon en aquellos tiempos. Así, en Córdoba, 1488 está marcado como el año más negro de finales del siglo XV debido a la peste bubónica que asoló la ciudad. Sólo unos años después de haber sido el centro neurálgico de la corte cristiana, padeció una enfermedad de la que poco se sabía hasta la publicación de este trabajo de la profesora Cabrera.

La ciudad se cerró, los nobles escaparon a morir al campo, mientras los notarios no daban abasto para redactar testamentos. De hecho, según Margarita Cabrera, existe una notable diferencia en el número de testamentos de los meses de verano (sólo en junio se redactaron 129 y en julio otros 73), cuando los habituales en otras épocas eran 5,75 de media al mes. Además, de los documentos estudiados se han podido deducir dos vías de contagio de la peste. Una, a través de las relaciones comerciales habituales entre Córdoba y Sevilla, afectada por la peste entre los años 1486 y 1487, y otra, a través del contacto con los cautivos musulmanes secuestrados tras la toma de Málaga en 1487.

Las consecuencias de aquella epidemia supusieron, según la profesora Cabrera, basándose en los escritos de cronistas de la época como Andrés Bernáldez, una verdadera “catástrofe demográfica” en una ciudad habitada por entonces por unas 25.000 almas. Bernáldez llega a cifrar las muertes en 15.000, aunque los expertos la consideran algo exagerada. Sea como fuere, lo que sí está claro es que la peste no entendía de clases sociales ni religiones, aunque Margarita Cabrera haya encontrado curiosos casos de supervivientes, como el del jurado Sancho de Clavijo, que a pesar de haber pasado meses cuidando de su familia enferma logró sobrevivir.

Córdoba, como toda Andalucía, siguió sufriendo epidemias hasta el siglo XIX. La falta de higiene personal y pública era el campo de cultivo perfecto para las bacterias, que se propagaban como la pólvora y que causaban una mortandad inaudita. Eso fue lo que ocurrió en la llamada Gran Peste del siglo XVII. Solo en Sevilla se calcula que murió el 48% de su población. Córdoba no le fue a la zaga. De la gran epidemia de entre 1648 y 1652 apenas si sobrevivieron en la ciudad 20.000 personas. Antes de la llegada de la bacteria, malvivían en Córdoba unas 50.000 personas.

El impacto fue salvaje. La gente se moría sin que hubiese manos para enterrar tanto cadáver, que se pudría en las calles y en el interior de las casas. Cuando la peste cesó, la ciudad estaba vacía. Las casas abandonadas se venían abajo, el ejército apenas si tenía reemplazos, el orden público brillaba por su ausencia y los campos estaban abandonados.

Más allá de la peste, otras epidemias siguieron diezmando a la población en los siglos posteriores. En 1736, los tabardillos mataron a 15.000 cordobeses. A finales del siglo XVIII siguió habiendo epidemias, aunque ya con una mortandad mucho menor. La última gran enfermedad colectiva de la ciudad ocurrió en 1804 con la fiebre amarilla, que mató a unas 1.500 personas. La progresiva llegada de la higiene pública en el siglo XIX (importada principalmente por los franceses) y los avances de la medicina comenzaron a erradicar estas enfermedades colectivas que asolaron a una ciudad que nunca se recuperó del todo.

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