Parejas separadas por luchar contra el Covid: “Lo que conseguimos es más importante que estar lejos”

Milagros Gómez, haciendo una videollamada con su marido desde el Colegio Mayor La Asunción.

El coronavirus ha puesto del revés la vida de toda la sociedad en su conjunto y también deja retratos de cómo están viviendo este tiempo de confinamiento las familias, las personas que lo afrontan en solitario o uno de los grupos de riesgos como son las personas mayores. Pero hay otra foto fija que el Covid-19 está dejando en muchas casas: la separación de las parejas -y de sus hijos- como medida de prevención en este confinamiento.

Es el caso de Milagros Gómez, auxiliar de enfermería en los equipos de tratamiento del Covid-19 en el hospital Reina Sofía de Córdoba. Ella es una de los profesionales sanitarios que están en primera línea de la batalla contra el virus y que en estos días se aloja en el Colegio Mayor de la Asunción, en un confinamiento elegido para proteger a su pareja y sus hijos de la posibilidad de contagio.

“Es una medida por nuestra propia seguridad, porque volvías a casa con ese miedo. Y hay que trabajar con respeto al virus, pero no con miedo”, explica a CORDÓPOLIS. Ella, vecina de Pozoblanco, iba y volvía todos los días a su casa. Pero desde el 31 de marzo vive en La Asunción. “Surgió la disponibilidad del colegio mayor, las supervisoras lo gestionaron y me dijeron: Tráete la maleta”, recuerda.

Desde entonces, en casa dejó a su marido, Manuel -conductor de autobús que con el estado de alarma ha dejado de trabajar- y a sus dos hijos, de 14 y 17 años. “Se sobrelleva con el teléfono, con llamadas y videollamadas”, explica sobre esta situación de “aislamiento en la distancia”, que le ha otorgado una rara sensación que mezcla la añoranza con la tranquilidad por la seguridad de los suyos.

Confinada junto a los mayores que cuida

Algo parecido es lo que experimenta Ylenia Polvoreda, directora del Centro de Alzheimer del municipio cordobés de Alcaracejos, que desde el 1 de abril vive separada de su marido, Juan Antonio, que con el parón de su trabajo en la construcción ahora se hace cargo en solitario en casa de los tres hijos de la pareja, de 4, 9 y 12 años.

En su caso, la decisión de aislarse en el centro donde trabaja con personas mayores -población de riesgo ante el Covid-19-, partió de ella como directora de las instalaciones y también fue quien lo planteó en casa. “Se necesita el apoyo , la ayuda y la colaboración en casa”, afirma sobre la adhesión que en todo momento encontró en su marido y su familia para quedarse confinada lejos de ellos. “Contaba con la seguridad de que él iba a estar al frente. Lo hace siempre”, cuenta.

Videollamadas, los mensajes por Whatsapp y la voz a través del teléfono se han convertido en los medios que utiliza Ylenia para comunicarse con su familia. “Hasta para ver las notas del trimestre de mis hijos”, explica sobre la adaptación a esa telerutina.

Una adaptación que ha llevado a cabo convencida de que separarse por un tiempo de su marido y sus hijos ha sido la mejor decisión: “El objetivo que conseguimos es más importante que separarnos”, reflexiona, agradecida del apoyo que ha encontrado para tomar esta decisión. “No es que la vida laboral sea más importante que la personal, pero en este momento hay que priorizar. Sabemos que la familia va a estar ahí siempre”, dice mientras en el centro siguen al pie del cañón todas las trabajadoras unidas, recogiendo el agradecimiento de las familias de los mayores que cuidan y de todo su pueblo por la decisión que han tomado.

Lágrimas en la despedida

Una de esas trabajadoras es Asunción Tirado, integradora social del Centro de Alzheimer, que también vive allí desde el 1 de abril. En casa ha dejado a su pareja, Rafael, y a una hija de 4 años. “Cuando lo planteé al principio estuve dos noches sin dormir y me despedí de ellos con lágrimas en los ojos”, recuerda.

Pero mantiene la convicción de que fue lo mejor: “Si el virus no estaba aquí dentro -en el centro con las personas con Alzheimer-, perderíamos el miedo quedándonos con ellos. Hacer este esfuerzo no cuesta nada”, reflexiona ahora, mientras la mascarilla, los guantes y el gel hidroalcohólico se han convertido en sus armas en esta batalla.

Con sus compañeras, con quienes tiene en común haber dejado en casa a su pareja, a sus hijos, a sus familias, como medida de prevención contra el virus, comparte ahora charla, ejercicios en el gimnasio del centro y ratitos de desconexión. Son una segunda familia en este estado de alarma.

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