Diario del Confinamiento. Oda superior a los muebles de cocina

Un estropajo en la parte de arriba de los muebles de cocina de Juanjo.

Oh, altas cumbres de la parte de arriba de los muebles de la cocina del piso de alquiler.

Nunca antes subí hasta aquí. Me deparáis un mundo nuevo. Un vasto paraje hasta ahora ignoto.

Descubro el polvo del tiempo inabarcable reposado como en las llanuras de Framauro en la Luna.

Me siento como Neil Amstrong y Tom Hanks y todos los hombres buenos que en el mundo han sido y más allá.

Pisaría por aquí durante toda la Eternidad con los zapatos color magenta con los que amortajan a los Papas.

Nunca hubo un Céfiro, Simún, Taros o Siroco que azotara vuestra implacable superficie.

Hoy sois para mí una revelación. El descubrimiento de un territorio lejano y cercano a la par. La visión de una tierra que nadie me prometió.

Que parecía vedada.

Acaso parecía velada.

Cuánto rastro de fritura, de vapor de puchero, de humo de asado se ha ido depositando ahí, con la frágil, suave, constante cadencia de la gravedad.

La pradera a la que me asomo tras hacer cumbre en los muebles de

cocina parece suspendida en el Tiempo.

Hoy, para mí, es Katmandú. Abruma y también calma.

Ah, muebles de formica, ese invento que simula a la madera y que anestesia los sueños de los pobres que nunca accederemos a los muebles de caoba o de haya.

O de boj: la madera que se hunde en las simas de los océanos.

Humildes muebles de cocina de piso de alquiler que con vuestra paciencia habéis vencido a la campana extractora, ese trasto advenedizo y molesto que jamás podrá haceros sombra.

Os quiero.

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