Cautivo de Penas

Vía Crucis de Nuestro Padre Jesús de las Penas | ÁLEX GALLEGOS

El dolor y la penumbra se ciernen cada Miércoles de Ceniza sobre Córdoba como anuncio de la cercana Pasión. Pero este dolor de este Miércoles de Ceniza de 2018 tiene, como tiene cada Semana Santa, algo de nuevo y de diferente, e incluso siendo presagiado hiere en lo más hondo del alma porque su experiencia es única. Es el dolor que cualquiera siente ante la enfermedad, que es comunión con el dolor que Cristo comenzará en 40 días, o ante la muerte de algún ser querido y por la que el Señor quiso hacerse igual al hombre para por medio de ella rescatarlo de la muerte misma y darle la vida eterna.

Ese dolor que se cierne también sobre los corazones de los que aman como se cierne sobre la ciudad en el inicio de la Cuaresma el dolor que ya conoce el Redentor, que se hace así más cercano a los hombres. Pero es un dolor en el que también hay sitio para la esperanza que todo cristiano debe tener y vivir en el marco de su fe. Y esto lo sabe muy bien la cofradía que este Miércoles de Ceniza acompañó a Nuestro Padre Jesús de las Penas recordando su pasión y muerte venideras. La hermandad de la Esperanza sabe de la oscura noche y sabe del amanecer y el día. Si a principios del Adviento sale al encuentro del sol y del gozo con su Virgen morena, al comienzo de la Cuaresma discurre entre la noche y la penitencia con su Señor maniatado a la espalda.

Así, fue Jesús de las Penas un año más el centro del Vía Crucis que su cofradía reza en torno a Él por las calles de las dos feligresías que más lo quieren: San Andrés y Santa Marina. Salió el Señor de su actual sede canónica pasadas las nueve de la noche. Lo acompañaban varias decenas de hermanos con cirio formando un serio cortejo al que este año no anunciaban los tambores roncos que otras veces lo han precedido delante de la vieja cruz de guía de guadamecí de la hermandad.

Con su túnica morada bordada en oro y el juego de potencias más antiguo que posee salió la sagrada imagen a la calle. Iba sobre parihuelas con cuatro piezas de candelería con cirios blancos en las esquinas y un friso de flores moradas formado por alhelíes y siemprevivas. Precedían su caminar, solemne, al que daban forma sus costaleros, los lamentos que en forma de música de capilla iba interpretando un cuarteto de viento formado por flauta, clarinetes y bombardino de la banda de la Esperanza.

Tras pasar por el arco de San Andrés siguió el cortejo con el Señor el camino que le iba marcando la hilera de faroles de las calles Hermanos López Diéguez, Enrique Redel y Santa Isabel para llegar de forma más directa y rápida que en los años anteriores (cuando ha subido a San Pablo, el entorno de Santa Marta, Imágenes y la plaza del Conde de Priego) hasta la plaza de Santa Marina. Durante todo el recorrido sonaron como plegarias a Jesús de las Penas las Saetas del Silencio, piezas cordobesas como Desconsuelo, de Rafael Wals, o La Conversión, de Pablo Martínez, y otras como Díptico de San Esteban, de Cristóbal López Gándara, y Lignum Crucis, de Sergio Asián.

La noche avanzaba y el Señor de las Penas paseaba entre naranjos por la plaza de Santa Marina, junto al imponente templo fernandino, y se acercaba por Zarco y Rejas de Don Gome a su sede, hasta la que llegó tras pasar por la plaza de las Beatillas, Ocaña e Isaac Peral. Allí, el coro Cantabile esperaba al Señor, como ya hizo otros años en algún punto del recorrido, para ofrecerle sus voces, que interpretaron Si tus Penas no pruebo, de Francisco Guerrero, y O sacrum convivium, de Luigi Molfino.

Entraba el cortero al Realejo con su titular, tras el que iban más hermanos y fieles que lo acompañaron en gran número durante todo el recorrido o que se acercaron en algún punto a verlo pasar de manera que en todo momento hubo bastante público. La última estación se rezó ya en el interior de San Andrés, donde llegó el Señor pasadas las diez y media de la noche. Fue ante el Sagrario y después de que la imagen se girara a la entrada del templo para ponerse frente a su Madre, vestida ya de hebrea.

El consiliario de la hermandad y párroco de San Andrés, Pablo Calvo, rezaba la oración final y todos se unían a él a rezar la Salve a la Virgen. Terminaba así una noche fría en la que comenzó el tiempo de conversión, de encuentro en el silencio y oración y en la que el dolor y la tristeza de los corazones que aman (¿quién no los tiene?) se fundieron con el dolor de Jesucristo, cautivo de Penas pero con una esperanza siempre tras Él.

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