Dieta, pero de verdad

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Tengo dos bromas con esto de ser gordo. La primera es que tengo un problema de tiroides, es decir, que no me puedo tirar a nadie con estas pintas y la segunda es que mi problema es el metabolismo, es decir, que mi meta es ser una bola. Eso por fuera, así, por la risa tonta y faltona. Espero que no ofenda. Hay que quererte tu mucho, que diría El Cordobés. Pero por dentro es otra cosa. Uno no se gusta tan a las bravas, se mira con desconfianza, come con pecado, y no soy precisamente de los que se apuntan al discurso de gordo feliz que ha superado sus complejos y que le da igual todo porque así se ve bien. Recuerdo  insultos en colegio y timidez y dudas en la adolescencia. Pantalones estrechos, jugar de portero y pánico al plinto. Los complejos no se eligen, llegan. Se quedan. Anidan en el pecho y estrujan los pulmones. Hay una tiranía estética, universal, comercial y dañina y luego una tiranía íntima de levantarse pesadamente de la cama o despegarse la camiseta sudada de la piel por miedo al propio contorno. Quien nunca ha estado gordo no sabe lo que duele estar pasado de peso. No es un drama de llorar por las esquinas, pero sí es una losa cotidiana, una enemistad con los espejos, con la playa y con las tiendas de ropa.

El otro día en el Pull and Bear de Nervión me probé una chaquetilla para ir algo más abrigado con la bici. Me probé la XL y me entraba, pero la quería más suelta para ir cómodo. La comodidad es el objetivo de todo gordo. En la comodidad se diluyen el perfil y los pliegues incómodos. La comodidad es el escudo contra los muslos apretados y las tetas flácidas. En la etiqueta decían que había XXL así que se la solicité al delgadísimo y amable dependiente. Me dijo, y es literal,  que las XXL no las llevaban a tienda, que había que pedirlas por web o encargarlas allí mismo. Tramité mi pedido con cálidas atenciones. Luego la recojo, por cierto, que ya llegó según el SMS. Es azul, barata y cómoda. Cómoda. Pero en ese momento me sentí asqueado y arrepentido de comprar en una tienda que ignora mi talla, que me condena a esperar para adquirir una prenda de mi tamaño. Ignoro sus argumentos. Intuyo que lo negarán o dirán que es excepcional en esa tienda por falta de espacio o cualquier otra cosa. Me da igual. Sé lo que viví. Tampoco sé si hacen lo mismo con la XS. De repente me sentí incómodo allí. Como si no fuera mi sitio. Excluido. Tuve ganas de salir corriendo al C&A más cercano y abrazar a una de sus excesivas y severas dependientas.

Tras lo de la chaqueta y ante la inminente llegada del verano, he decidido ponerme a dieta. Yo no la llamo dieta. Dieta llevo haciendo desde que tengo doce años, desde que fui consciente de que comer engordaba y mi cuerpo, grandón, ancho, no era el cuerpo nervioso y huesudo de mis amigos. Vivo en una dieta constante y siempre asaltada por la voracidad y el exceso. Cada trozo de comida que entra en mi cuerpo está bendecido por la culpa. No sé lo que es comer sin pensar en las consecuencias estéticas de comer. La gente que come y ya está tiene la felicidad a tiro. Los demás vivimos con una niebla diaria en la mesa. Sólo el alcohol disipa algo esa sensación y con su obtusa claridad nos acerca a la paz del alimento. Lo que decía es que he empezado una cosa a la que llamo "dieta, pero de verdad". Que es como la dieta normal, pero en serio.

Como bien pero dejo de comer cosas que me gustan. Es un lucro cesante. Las cosas que me gustan son: frutos secos, patatas fritas, colacaos, phoskitos, pizzas, fritanga, bocadillos con cosas, pasta al horno, nachos y demás. Lo esperado. Y añado a mi día a día más fruta, más verdura, más té y más mesura en las cantidades. No es una locura, sólo sentido común. Llevo un día y ya he visto a Ronald McDonald dos veces llamándome desde una alcantarilla y ofreciéndome un menú con patatas deluxe. No es hambre, son ganas de comer. De comer cosas prohibidas. Soy Eva llamando al Telepizza y traicionando a Adán. Adán es María, que soporta mis cambios de humor y mi vagar por la casa melancólico mientras se calienta el agua de la infusión en el microondas. Si una pareja puede sobrevivir a la dieta de uno de sus cónyuges, el futuro les será áureo. Hay gente que considera estar gordo un signo de debilidad. De derrota. Me lo han dicho, con palabras amables, muchas veces. "No te cuidas", he tenido que oír. "Carlota Corredera, gorda traicionera", que diría Soy una Pringada. "Cementerio de canelones", que diría un argentino.

Me he apuntado al gimnasio. Fui al mostrador y me apunté así, rápido, mirando para otro lado, como Laudrup. Estas torturas hay que vivirlas con descreimiento, sin rituales. Llegar, pagar, subirse a la cinta y echar a andar como si la vida no fuera contigo. Mi victoria psicológica ha sido no gastarme dinero en esa tienda de disfraces para cuarentones que es el Decathlon. He rebuscado entre mis cajas de plástico y he dado con unos pantalones de algodón dignos de Manolo Santana y una camiseta roñosa y básica que fue negra y ahora es del color del chumino de una hembra chimpancé. Si los toreros van de grana y oro yo iba de mona y paño camino de la plaza. Quería evitar esa imagen decadente del señor uniformado, de impoluto fluorescente y zapatillas con brillo nuevo, enrojecido y empapado en la bicicleta de spinning. Mi concurso no fue menos vergonzoso, pero ir vestido como lo que era, un tipo desubicado, me dio alas y una siniestra autoestima.

Contaba Carla que en su gimnasio de Málaga hay una señora que va a hacer deporte con bambito. Que ese andaluz y fresco vestido no sea el futuro de esos invernaderos malolientes, llenos de metal ruidoso y con banda sonora de electrónica caducada que son los gimnasios, me escama. Ojalá Adidas o Nike dándose cuenta de que ahí hay negocio y empiecen a diseñar bambitos deportivos para todos aquellos que queremos hacer deporte sin ir ceñidos. Y luego las pantunflas de Asics.

En todos los gimnasios hay un calvo pureta que está muy fuerte, un veinteañero flaco y motivado, una madre sexy y un gordo que sufre. Luego el resto como pastorcillos en el portal. Haciendo bulto, secundarios anónimos. Mi gimnasio no es uno de esos palacetes del deporte excesivos, llenos de salas, centenares de bicicletas, clases dirigidas con disciplinas efímeras e indescifrables, piscina y pulseras inteligentes. Mi gimnasio es un gimnasio de barrio, con diez maquinas, cincuenta pesas y un monitor mayorcete y paternal. Me gusta así. Lo busqué así. Los otros son mataderos industriales y estos así tan chiquititos son como de granja ecológica. Nos van a matar igual, pero tenemos la sensación de ir más sueltos. De no ser como el resto del ganado.

Lo malo de la gente que va al gimnasio es que cuenta sus rutinas y luego son muy ambiciosos con la filosofía del deporte. Convierten en trascendencia lo que es puro despatarre. Tumbarse ahí a hacer abdominales tumbado sobre un colchoncillo apestoso puede ser sano, pero no es metafísico. No hay una lectura de la vida ahí, en ese atribulado esfuerzo, reteniendo los pedos, agarrándose la nuca, contrayendo la barriga, respirando con dureza. Hay un cartel en la pared que dice: "Puedes ser quien quieras ser. Sólo tienes que decidir serlo". Quien lo escribió no conoce la chichilla y el rollo de patatas que hace mi abuela Mercedes.

"¿Qué quieres hacer?", me dijo el dueño del gimnasio. "Adelgazar", le dije. "¿Cuánto pesas?", me preguntó. "A ti te lo voy a decir, hijo de puta", pensé. "104,3 kilos", dije. "Perfecto", me dijo. Su "perfecto" me sonó a eufemismo. Me sobran veinte kilos. Es como llevar a un bulldog a colodrillo todo el santo día. Me mandó a correr veinte minutos. Luego espalda, abdomen, bíceps, tríceps, cuadriceps, quintuceps... hasta que perdí la cuenta por el cansancio. Tengo agujetas y me duele hasta empujar el carrito de Fidel. "Queréis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor», decía la Señorita Grant. Ya entonces cambiaba de canal. Imaginad ahora.

No garantizo el éxito, pero ya os contaré en verano. Nunca seré una sílfide, pero andaré más ligero. Siempre quise ser Patrick Swayze en Dirty Dancing y ahora me conformo con no parecer Maguila el Gorila en su motillo cuando voy al trabajo en bicicleta. Lo que menos me gusta de estar gordo es que me digan que estoy más delgado. Es como hablar del tiempo, pero en vez de vaticinar la lluvia, departimos sobre mi grasa. Todo lo que aprendí sobre la vida lo aprendí viendo La Báscula. Netflix debería emitir todas las temporadas y dejarse de chorraditas y niños perseguidos por monstruos. En ese programa está el drama, la felicidad a medias, la frustración, tentación, deseo, los chicharrones, el brócoli, amor y odio, traiciones. Y hambre. Un hambre televisiva y caprichosa. Escribo esto mientras me tomo una mandarina de media tarde. "Se pelan bien", me dijo el frutero, y me ha faltado sacar la radial para quitarle la cáscara. Con lo sencillo que es llevarse una torrija a la boca.

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28 de marzo de 2018 - 10:18 h