La subvención y la 'paguita'

Tractorada en Lucena | MADERO CUBERO

Esta semana, la Unión Europea vive unos días agitados. Toca negociar presupuestos y los países a los que Europa les sale a pagar (los nórdicos, junto a Holanda) empiezan a pensar que ya va siendo hora de que se vayan reduciendo las subvenciones que reciben España, Francia o Portugal. Es hora de reformular la Política Agraria Común (PAC), un sistema que ha permitido evitar un desastre rural gigantesco en los grandes países de Europa Occidental y el arco mediterráneo. Una especie de milagro al que dentro de muchas décadas se le aplaudirá.

Con todos sus defectos, la PAC ha evitado un éxodo masivo del campo y la ruina de millones de agricultores. En un libre mercado puro y duro como el capitalismo salvaje del siglo XXI un agricultor que cultiva tomates en Almería no tiene nada que hacer con otro en Marruecos. La mano de obra es infinitamente más barata en el Magreb. Y los controles sanitarios (y sus gastos) también. Sin la PAC, el trigo de Córdoba no tendría nada que hacer con el de Sudamérica. Sin la PAC, el olivar tradicional se habría abandonado definitivamente y la Subbética y Los Pedroches serían desiertos demográficos.

La subvención, tan mal vista en las ciudades, ha ayudado a mantener en el territorio a la población, a que el medio ambiente no se haya asalvajado o a que las propias ciudades no se hayan llenado de miles de personas buscando trabajo de lo que sea. Pero también, a que Europa tenga un sistema alimentario envidiable en todo el mundo, con los mejores controles sanitarios y una calidad en sus productos inigualable. Sí, no se come en ningún sitio como en Europa.

Y es todo eso lo que está en juego, pero no solo. La mayor parte de las subvenciones han servido precisamente para no matar de hambre a los agricultores y a los ganaderos. Al igual que la tan denostada paguita del PER, sin la que decenas de miles de jornaleros directamente es que no habrían tenido nada que echarse a la boca. ¿Qué habría sido de los pueblos andaluces? El desastre más absoluto.

Eso sí, a partir de ahora, con una Europa recelosa, habrá que hilar fino. Habrá que defender las subvenciones, pero para el fin para el que están configuradas: que los pequeños y medianos productores puedan seguir viviendo. Pero no para hacer más ricos a los que ya eran ricos. O para que los listos de siempre hagan fortunas. Hay mucho en juego.

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21 de febrero de 2020 - 22:24 h