La resaca del 92

Conocí la Expo antes que Sevilla. Bueno, en 1992 lo más lejos que había llegado era a Estepona. Nada más entrar por la circunvalación del aeropuerto de Sevilla y encontrarme con el huevo de Colón descubrí que estaba como en otro país. Tenía 12 años y todo lo que vi los dos días que pasé en la Expo me convalidaban como un viaje por medio mundo, como ver y tocar con mis propios ojos aquellas cosas que leía en un gigantesco Atlas ilustrado que me regalaron por la Comunión.

Hoy, con perspectiva, el 92 me parece un disparate. Celebrar un mal llamado Descubrimiento de América (¿los indios que había cuando llegó Colón estaban ciegos o qué?), conmemorar un año como el 1492 en que España (o Castilla y Aragón) expulsó a los Judíos, negó la diferencia y fraguó mientras forjaba un imperio los principios de su decadencia moral, me parece una barbaridad. Pero en 1992, para un niño de pueblo, para un niño de Sevilla de 12 años, o para cualquier niño de cualquier sitio de un país que seguía atrasado y muy lejos de parecerse a Europa, ir a la Expo convalidaba por muchos viajes.

Curro pasa por ser la peor mascota jamás diseñada (Cobi le va a la zaga) y la gestión de lo que dejó la Expo en Sevilla fue un gran desperdicio, al que quizás solo ahora, 25 años después, se le está sacando algo de partido. La última vez que estuve por allí los jaramagos seguían inundado el lago aquel del espectáculo de luz y sonido.

A Córdoba, el 92 nos trajo el AVE y la autovía. Por culpa de las prisas del 92 nos tragamos la Cuesta del Espino, sus curvas, sus accidentes de tráfico y sus muchos muertos (recuerdo a uno de los primeros, de mi pueblo, a un padre y a su hijo con el que el día de antes estuve jugando al fútbol). Pero Córdoba logró salvar su gran brecha: el soterramiento del tren.

La ciudad se reconvirtió antes que otras, obtuvo suelo suficiente, logró dinero para acometer otras obras (gracias a las plusvalías del Plan Renfe se puedo hacer todo el parque de Miraflores, por ejemplo), y superó una histórica barrera que la ahogaba desde el siglo XIX. Probablemente, desde el plan Renfe jamás un proyecto de ciudad ha obtenido tanto consenso en lo aprovechado y bien hecho (con sus sombras, que también existieron).

El 92 fue un año loco, que trajo otro peor: el 93 y una gran crisis económica. Fue la que aviso de lo que llegaría después, en 2007, cuando nos volvimos a creer ricos y nos despertamos rápidamente. En 1992 salimos de pobres, quizás. En 2007 nos creímos ricos. En 2017 aún no sabemos qué somos ni, lo peor, qué queremos.

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23 de abril de 2017 - 02:03 h
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