Los jueves, milagro

En Los jueves milagro, Berlanga nos cuenta la historia de un pueblo que vivió tiempos de esplendor y que ahora solo espera prosperar a través del turismo. Por ello, el dueño del balneario, el maestro, el barbero, el dueño del hotel y un acaudalado propietario (impagable Pepe Isbert), preparan una aparición mariana que atraiga turismo y devotos de los que vivir. Berlanga, en su línea, y burlando a la censura, aprovecha para arremeter contra la omnipresencia de la religión en la sociedad civil y su utilización como instrumento económico que le sirve de justificación social. Se burla de la estrechez de miras que guía a las fuerzas vivas de la ciudad, que no buscan la defensa de los intereses del pueblo sino alimentar su propia codicia.

Una vez acabada la Semana Santa 2013, me parece que, definitivamente, nuestra ciudad está dispuesta a valorar todo lo que sucede en ella a partir de su rendimiento económico para el turismo, como en la Fontecilla berlaguiana. Al margen del sentimiento de los cofrades y hermanos, que respeto aunque no compredo, la valoración de lo acontecido es negativa a causa de la intensa presencia de la lluvia, que ha trastocado los planes de bares, restaurantes, hoteles, taxistas. No deja de ser paradójico que se crea que se puede conseguir lluvia rezando a los santos y que se lamenten de haberlo conseguido.

Por la Semana Santa y el negocio, se han poblado nuestras calles de palcos que solo están al alcance de unos pocos, privatizando las calles de forma irracional y generando problemas de seguridad que algún día nos pueden dar un disgusto. La celebración del evento supone un gran coste para el ayuntamiento, que, en época de crisis, se ha incrementado sustancialmente. Para justificarlo se usa el informe del Servicio de Estudios de Unicaja que valoraba, hace unos años, la repercusión económica de su celebración y la economía que genera. No hay duda que genera cierto movimiento, pero seguro que tuvo alguna influencia positiva que el director del estudio fuera hermano del presidente de la Agrupación de Cofradías.

Pero no es culpa de las hermandades ese gasto público, pues ellas hacen bien en defender en lo que creen y en conseguir todo el apoyo posible. En una situación similar nos encontraremos dentro de algo más de un mes cuando se abran los Patios, evento laíco, y también todo se valorará desde el punto de vista de la repercusión económica que genere en la ciudad y de la que los propietarios pretenden sacar el máximo rendimiento. De hecho, toda la polémica generada este último mes, ha girado sobre el reparto económico de los beneficios y quien se los lleva al bolsillo.

Este dominio de esa visión económica de la ciudad es la que ha originado que se haya abandonado la cultura como elemento motor, al no apreciarse a corto plazo intereses económicos directos. El olvido en que la ciudad ha sumergido el impulso generado por el proyecto de 2016 y la rapidez con el que las distintas administraciones se han aliado para enterrarlo, demuestra que su apuesta era coyuntural y que no había convencimiento real del papel de la cultura, en sentido amplio, como elemento vertebrador y de desarrollo de la ciudad. Duele que el sector cultural se haya conformado de forma tan sumisa.

La tranquilidad del debate sobre política cultural que se vivió la semana pasada en el pleno del Ayuntamiento, no revela sino una gran hipocresía. La labor de continuidad pepera solo se debe a la falta de ideas de la derecha, la inercia de lo heredado y la sensatez de Tiomkin Calderón, que incluso se ha arropado de buenos gestores procedentes de mandatos anteriores. No obstante, la cultura ha pasado a ser de nuevo un elemento decorativo al que el Mr. Chance Nieto asiste de forma esporádica para hacerse fotos y cortar cintas. Por parte de la oposición, UCOR, simplemente no sabe o no contesta y demasiado es que no haya propuesto cerrar las bibliotecas a las que tan alérgico es el Ciudadano Gómez. En cuanto a IUCA, no deja de ser confuso que su herencia gire entre la apuesta de Cosmopoética, la cultura turística de la Noche Blanca y el fiasco del avión cultural. Por último, el PSOE haría bien en callarse, porque le hicieron la vida imposible, y luego le cortaron el cuello, al primer teniente de Cultura, Paul Thomas Blanco, que creyó que la cultura era más importante que el ladrillo.

En Los jueves milagro, la intervención divina, en la imagen de San Dimas (Richard Basehart) consigue que el pueblo atraiga turismo mediante la supuesta labor curativa de sus aguas. En nuestro caso, parece mejor que en vez de seguir confiando en que haya algún milagro, deberíamos recuperar nuestro proyecto estratégico cultural, algo más que la sola sucesión de actividades culturales sean o no continuidad de las anteriores. Concebir la cultura como elemento de transformación de nuestra ciudad y nuestro vecindario. ¿O será eso un verdadero milagro?

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30 de marzo de 2013 - 11:52 h