Cruce de caminos en Tokio

'Like Someone in Love' (Abbas Kiarostami, 2012)

Cuando a principios de los años 90 pensábamos en aquello que, desde un punto de vista etnocentrista, nos permitimos bautizar como cinematografías periféricas, inmediatamente se asomaban a nuestra memoria visual dos nombres que constituían la materialización teórica, formal, ética y estética de lo que algunos entendíamos debía de ser un cineasta del siglo XXI. Uno era iraní y el otro taiwanés, ambos hacían cine en sus países natales hablando del presente y del pasado, de su paisaje y de sus gentes, los dos eran radicalmente modernos e incluso futuristas en su aproximación al medio cinematográfico; y como colofón, su enorme potencial como narradores, y sobre todo como experimentadores, estaba aún lejos de haber alcanzado su verdadera dimensión. El iraní respondía al nombre de Abbas Kiarostami y el taiwanés al de Hou Hsiao-Hsien (HHH), eran nuestros nuevos ídolos en un panorama que estaba a punto de hacer saltar las fronteras nacionales, la tiranía pacata de los distribuidores y exhibidores, y las proteccionistas barreras de los lobbies de la industria con la inminente llegada del tsunami del p2p, que permitiría el intercambio de archivos en la Red, el subtitulado altruista y comunitario, etc. El mundo del cine se convertía así definitivamente en global y transnacional, aunque el más interesante era el que seguía conservando los rasgos de su cultura y su Historia, ahora situado por fin en un escaparate mundial de libre acceso.

Kiarostami y Hou hicieron algunas de las películas más bellas y formalmente radicales de los años 80 y 90, y así debió entenderlo también la prestigiosa serie francesa Cinéma, de notre temps, que en 1994 le dedicó un episodio al iraní, dirigido por Jean-Pierre Limosin, y en 1997 otro al taiwanés, conducido éste por Olivier Assayas. Pero con la llegada del nuevo siglo comenzaron los problemas de financiación en sus países de origen (el gobierno taiwanés, por ejemplo, dejó de apoyar el cine como herramienta de difusión de su cultura, una vez que venció el bloqueo chino y consiguió entrar definitivamente en la ONU), hecho que habría sido fatal, de no haber conseguido que su fama internacional les abriera las puertas de la financiación foránea, y aquí es donde, aunque con unos años de diferencia, sus carreras vuelven a cruzarse, aunque sólo sea por haber terminado rodando ambos -aunque haya sido con casi diez años de diferencia- una película en el país del sol naciente, además de, claro está, por haberle dedicado un título al autor de Cuento de Tokio (Tokyo Monogatari, Yasujiro Ozu, 1953). Hou Hsiao-Hsien filmó en 2003 Café Lumière, una producción de la Shochiku para conmemorar el centenario del nacimiento de Ozu, y ahora, tras su paso por Cannes la primavera pasada, Abbas Kiarostami estrena por fin en nuestro país -aunque por el momento sólo sea a través de la plataforma Filmin- Like someone in love, rodada igualmente en Japón y que, tras su anterior Copie conforme (2010), retoma su etapa narrativa -y la estructura en tres actos-, tras los audaces y brillantes experimentos audiovisuales que salpicaron la pasada década: Ten (2002), Five: Dedicated to Ozu (2003) y Shirin (2008), y que siguen inéditos en las ultraconservadoras salas de cine de nuestro país.

Aunque Kiarostami sea desde hace unos años un autor de museo (y así lo confirman Five, Shirin y su correspondencia filmada con Víctor Erice) más que de multiplex -lo cual está muy lejos de ser una crítica, más bien al contrario-, lo cierto es que Copie conforme y Like someone in love nos devuelven al excelente narrador capaz de insertar coherentemente, y de forma casi invisible respecto al flujo narrativo, parte de su arsenal de cineasta experimental dentro de unas obras abiertas y derivativas, más secretas y menos transparentes de lo que pueden parecer a primera vista, y que juegan con nuestras presunciones, obligándonos a replantearnos constantemente nuestras ideas sobre los personajes y sus acciones, a través del uso que Kiarostami hace del plano-contraplano (o de la ausencia de éste último, como ya ocurría en Shirin) y del off visual.

En la última película del iraní, Like someone in love, Akiko (Rin Takanashi) es una joven japonesa que se prostituye para pagarse sus estudios, manteniendo en secreto esta actividad -tanto ante su familia como a los ojos de su novio-, hasta que irrumpe en su vida un cliente anciano que terminará por enredar las cosas aún más o por terminar de aclararlas del todo, según queramos verlo de una forma u otra. Pero esta sucinta sinopsis, que sin duda habrá tenido que ver en la consecución de un productor como Marin Karmitz, no alberga para Kiarostami el menor interés sociológico por los hábitos de ciertas jovencitas y de ciertos maduros hombres de negocio o profesores universitarios -tanto vale- japoneses, ni tampoco la menor tentación de ceder a la explotación del morbo fácil, sino que le sirve como puente para volver a sus excelentes rodajes rodantes (los coches como espacios para la confrontación y la confesión) y para constatar la condición incierta, misteriosa y cambiante del medio cinematográfico y de la naturaleza humana, lo cual, en manos del iraní, lejos de ser un defecto, se convierte en uno de los más hermosos regalos que un cineasta puede dedicarle al medio. Y así, en su final abierto, en sus intencionadas elipsis, en su acompasado fluir y en su respeto por las secretas motivaciones de sus personajes, Like someone in love -como también lo hacía Café Lumière de Hou Hsiao-Hsien- tiende puentes hacia nuevas formas de entender el cine, formas pensantes que se interrogan y nos interrogan sobre lo que creemos haber visto -también sobre nuestra habitualmente pasiva condición de espectadores-, y que nos hacen desistir de esos juicios fáciles sobre la condición humana que tanto éxito tienen entre los nuevos pornógrafos de moda (Haneke, Von Trier, Bier, etc.), éstos sí, habituales en los multiplex dedicados al "cine de autor de pasarela".

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17 de abril de 2013 - 16:15 h
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