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La memoria del asfalto

Antonio Manuel Rodríguez

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La historia es una broma macabra que llama cobarde o traidor a quien se rinde para salvar lo que ama, y héroe a quien se deja la vida en la lucha que terminará matando todo lo que ama. Recuerdo a mi padre recitar de memoria las hazañas de aquellos héroes que murieron por dios y por la patria para disfrazar las derrotas españolas en los libros de párvulos. Yo no creo en ellos. Prefiero a los héroes humanos que son capaces de enterrarse en vida y mancillar su reputación con tal de evitar la muerte de lo que aman. Todos injustamente desterrados incluso de los libros de historia. Como Abu Abd Allah Mohamed XI, el castellanizado Boabdil. Cobarde. Traidor. Hasta con el machista “mujer” hemos calificado a quien salvó la ciudad de Granada que tanto amaba de su destrucción segura. Y no es justo. Con sus luces y sombras, Boabdil siempre desconfió de unas capitulaciones que no alcanzaron siquiera el rango de tregua. Por eso exhumó de la Rawda Real de la Alhambra los restos de los 22 monarcas nazarís y se los llevó consigo para enterrarlos cerca del castillo de Mondújar, donde yacía su padre Muley Hazm y terminó yaciendo su esposa Morayma. Él murió en Fez. Lejos de Al Ándalus. Como los grandes Ibn Rush, Ibn Arabí, Maimónides, Motamid y tantos otros.

Eran las vísperas de la Exposición Universal de Sevilla. Andalucía tenía prisa por incorporarse al progreso de cemento y asfalto. De las recalificaciones y los pelotazos. Durante las obras de la circunvalación de Mondújar se encontraron huesos humanos. La gente sencilla del lugar advirtió que pertenecían a unos “reyes moros”. Pero la urgencia de la modernidad no podía esperar al retraso de la memoria. Y ahora los coches que van a la playa por la autovía de Motril corren el riesgo de pinchar con los restos de la dinastía nazarí de Granada. Por esas mismas fechas, vísperas de las Olimpiadas de Barcelona, investigadores catalanes comprobaban la cadena de ADN de los huesos de sus Condes. Ahí está la diferencia.

Ha pasado un cuarto de siglo desde entonces y sobre el asfalto de Cataluña han formado una cadena humana con más de millón y medio de personas para reivindicar pacíficamente el derecho a decidir su futuro. El único episodio violento ocurrió en Madrid. Y nosotros, sin enterarnos de nada. Hablo de Andalucía, por supuesto. Allí forman una cadena y aquí gritamos ¡Vivan las Cadenas! Allí utilizan el asfalto para construir su porvenir y aquí para sepultar nuestra memoria. No hablo de la clase política. Ni de gobiernos corruptos. Hablo del pueblo. De la ciudadanía. La catalana que cantaba a Jarcha y la andaluza a Lluis Llach. Las dos para pedir exactamente lo mismo. Libertad para ser lo que queramos ser. Hoy parece que nos encontrásemos en las antípodas. Decía Blas Infante que sin ser leído sería despreciado. Y eso es lo que más duele. El desprecio del prejuicio. De unos y otros que somos los mismos. Seres humanos libres para decidir la dimensión política de nuestra memoria colectiva.

Me niego a caer en el desánimo. Y quiero quedarme con los andaluces que caminaron por el asfalto para reclamar tierra y dignidad. Con los cordobeses anónimos que han caminado miles de kilómetros para defender en Bruselas el derecho humano a la vivienda. Todos ellos también son héroes humanos. Si todos los andaluces que están en paro, también un millón y medio, se dieran la mano formarían una cadena que rodearía por completo Andalucía. Podrían unir Cádiz con Barcelona. El problema de Andalucía no es el millón de parados, sino los millones de quietos. Los mismos que desprecian lo ocurrido en Cataluña, abducidos por este nuevo nacionalismo deportivo español que sirve de coartada a la derecha para imponer su política más rancia y reaccionaria. Los mismos que piden que no coincida el Corpus con el fútbol. Los mismos que clavan banderas españolas en Gibraltar. Los mismos que han enterrado en alquitrán nuestra memoria más luminosa. Lejana. Y reciente.

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