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El peaje

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Paco Merino

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Volveremos a escucharlo. Que todo lo que está pasando -este circo en el que los payasos no hacen gracia, los equilibristas se caen y los domadores se jiñan ante los leones- es el precio por lo que ocurrió en la fase final del curso pasado. El Córdoba hizo números de ascenso a Primera para salvarse de bajar a Segunda B en la última jornada. De aquellos héroes de antaño ya no queda nadie en los puestos principales del club salvo uno: el dueño y presidente, Jesús León, que ha comprobado lo que se tarda aquí -y en cualquier otro lugar, ojo- en pasar de mesías a vendedor de humo. Al Córdoba le toca pagar en todas las acepciones del término. La destitución de Sandoval se enmarca dentro de la segunda: sufrir las consecuencias de algo malo que se ha hecho. De la primera que aparece en el diccionario -“dar a alguien el dinero que se le debe o le corresponde”- ya hablamos otro día.

Lo que más miedo da es que todo va más o menos como se podía prever. El Córdoba es un auténtico disparate, se mire por donde se mire. Hay buenos profesionales en algunos puestos, pero con eso no basta para reconstruirse con los trozos rotos de lo que pudo ser el inicio de algo distinto. El 2 de junio pasado, con El Arcángel repleto y el equipo goleando al Sporting de Gijón, se llegó al techo. Una salvación épica, un título que reconforta a los humildes. Porque el Córdoba y su gente ya saben lo que les toca. Lo que les ha tocado siempre. A nadie le da vergüenza festejar que se llega a los 50 puntos. De hecho, Sandoval dejó dicho que el desafío del equipo era ser el quinto por abajo. El mejor de los peores. Unas horas después le echaron, pero no fue por lo que habló sino por lo que ocurrió en El Arcángel. El Cádiz, el equipo más en forma del campeonato, se impuso en el último minuto a un Córdoba decente, con sus costurones y sus carencias de siempre. No se oyó un reproche desde la grada. El personal enfilaba la salida con doliente resignación sin saber que era la última vez que habían visto al Córdoba de Sandoval. Cuando regresen al recinto también conocido como el Reino, seguramente con alguna promoción de entradas a precio de saldo creada para la ocasión, en la banda blanquiverde estará Curro Torres. El séptimo entrenador en las dos últimas campañas, con doblete de Sandoval. ¿Estabilidad? ¿Proyecto? De eso no hay nada. El Córdoba post González es un permanente salir del paso.

¿Acierta el Córdoba despidiendo a Sandoval? La pregunta se contesta con otra. ¿Para qué demonios le trajeron si desde el minuto uno se le cuestionó desde dentro? Cualquiera no acepta la oferta de un club que prescinde de él después de un éxito incuestionable y vuelve a falta de 12 días para la Liga y con una plantilla destrozada e incompleta, además de una colección de líos feísimos -despidos de cargos, dimisiones en el consejo y Fundación- y problemas de liquidez evidentes. Sandoval dijo que sí. La afición lo idolatra -aún después de los horrorosos resultados de esta campaña- y él lo sabe. Usó esa carta muchas veces, como otros utilizaron otras. La partida se jugaba dentro. El de Humanes era un parapeto perfecto para que la diana no se situara en el palco. Ya no está, así que habrá que ver cómo va todo a partir de ahora. Sandoval se va derrotado, pero digno.

Andan algunos diciendo por ahí -al oído de los amiguetes interesados o al calor de vasos largos en la madrugada cordobesa- que era poco entrenador, que lo suyo era motivar con arengas de Mr. Wonderful y ganarse a la afición con gestos populistas. Si era así, no se debería olvidar que con eso se logró la mayor remontada de salvación de todos los tiempos en el Córdoba. Ojo, que también tenía a Reyes, Guardiola, Pawel, Edu Ramos, Aguza, Narváez... Que, por cierto, cuando volvió ya no estaban. Había otros. El caso es que Francisco no quiso ni intentarlo, Sandoval no pudo y Curro Torres acaba de llegar. La llegada del exvalencianista no ha levantado olas de entusiasmo en el cordobesismo, que vive esta cadena de episodios sin ton ni son como un condenado que se esfuerza por desterrar de su mente la idea de que se lo merece.

El panorama es complicado. El cordobesismo suele unirse únicamente en situaciones muy dramáticas -y la actual, con serlo, aún no llega al grado de ebullición suficiente como para ponerse la venda en los ojos y tirar para adelante como sea- o frente a un enemigo común, sea real o inventado para la ocasión. Sean los González, la mano negra de Tebas o la pérfida prensa. Y ahí todos piensan: “Joder, nadie nos va a matar”. Si hay que morir, nos matamos nosotros. A bocados y pellizcos, si puede ser. Han echado a Sandoval, llega Curro Torres, León agarra el timón -el barco es suyo- y ahí sigue el Córdoba, paga que te paga peajes de lujo por carreteras comarcales llenas de baches, sin señalización ni destino. Pónganse el cinturón, cordobesistas.

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