Querer creer

Derrota cordobesista en Barcelona | LOF

Hay una crisis de confianza. Es evidente. Más allá de que algunos manifiesten públicamente adhesión inquebrantable y fe ciega, parece claro que se ha instalado en el cordobesismo una punzante sensación de inquietud por el porvenir. No es que aquí hayan ido las cosas muy bien de manera habitual. La gente se conforma con pequeñas alegrías. Algún partido recordable por su vistosidad,  un chico de la cantera al que endiosar hasta que lo vendan o se desinfle, un puñado de jugadores reconocibles y respetados, el fichaje ilusionante de cada curso... En fin. Esas cosas que mantienen una dosis razonable de expectativas -de pelear por ascender, que estamos en Segunda y no es ninguna barbaridad plantearlo ni decirlo- siempre y cuando, claro, haya un balance de resultados presentable. El Córdoba ha perdido tres de cuatro y se ha colocado en puesto de descenso. Una posición muy fea, por más que algunos se quieran consolar pensando en que quedan muchos partidos por delante.

Al Levante le dijeron lo mismo el año pasado después de las cuatro primeras citas cuando se puso líder. Tranquilo, que queda mucho. No se movió de ahí, fue campeón y ahora está en Primera División y sacándole puntos al Real Madrid en el Bernabéu. Por cierto, que el Córdoba le ganó el año pasado. ¿Qué quiere decir esto? Pues todo y nada. Que en Segunda puede suceder cualquier cosa, que un Girona puede ascender y un Mallorca puede bajar, que el que no anda listo se mete rápido en líos y que el Córdoba no deja de ser, para bien o para mal, uno más de esa clase media que sigue empeñada en vivir por encima de sus posibilidades. Podría salirle bien, quién sabe.

El equipo anda despistado, tratando de digerir un inicio liguero desquiciante. En medio minuto -lo que tardó en marcarle el Cádiz en El Arcángel- se le derrumbó la ilusión que había sido capaz de edificar -con la excesiva predisposición al positivismo clásica de las fechas- en una pretemporada impecable, con pleno de victorias. Todo el mundo sabe que la Liga es otra cosa, pero pocos esperaban que el bautismo en el campeonato oficial resultara tan duro. A Carrión se lo han llevado los demonios en algún partido -includo en el de Copa, saldado con victoria en Lorca por 2-4- y ya ha dejado claro que lo que ocurre en el césped no es lo que estaba preparado. "No hemos tenido alma", llegó a soltar después de los sucesos del Mini Estadi, donde los blanquiverdes fueron desnudados por los jóvenes talentos del Barça B.

¿Qué es lo que está saliendo mal? Carrión hace lo que buenamente puede, que básicamente es ir cambiando unas piezas por otras, y en el equipo se detecta una orfandad de liderazgo más allá del ascendente de Javi Lara, por el que pasa casi todo. Los adversarios lo saben y el montoreño se lleva ración extra de patadas en cada partido. Así se arreglan muchas cosas en esta categoría, donde los futbolistas creativos son pieza de caza mayor. Un vistazo al calendario -Tenerife, Valladolid, Granada- provoca un ramalazo de temor. Algunos dirán que el calibre de los contrarios será un estímulo para reaccionar. Mal asunto cuando se aparta la vista de la pizarra para ponerla en un manual de coaching. "Hay que decir menos y hacer más", explicaba gráficamente un futbolista que fue capitán del Córdoba hasta este verano y que dentro de unos días será rival.

Quienes conocen el paño saben lo que puede suponer un bache precisamente al entrar en la Liga. Si no hay reparación urgente, el ambiente se volverá cada vez más pastoso. Ya saben: la clásica búsqueda de culpables antes que soluciones. El momento ideal para los profetas del desastre -los del "ya lo decía yo"- y para los especialistas en el marketing de sensaciones, que piensan que los estados de ánimo pueden depender del número de emojis. La hinchada, mientras tanto, asiste con perplejidad a una escena inesperada para la mayoría. Su equipo se ha metido en el hoyo y ellos siguen ahí, entre el enojo y un peligroso hastío tempranero, queriendo creer.

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13 de septiembre de 2017 - 13:47 h
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