Nuestra tele

No.¡Yo no quiero verla!

Lorca

Tiene directivos con contratos blindados que cobran más que la presidenta de la comunidad, o por ahí. Tiene una plantilla posiblemente sobredimensionada repleta de profesionales desmotivados que, muchos de ellos, se aburren como babuinos sedados y, a pesar de eso, contratan los servicios de productoras exteriores.

Es deficitaria desde su creación hace un cuarto de siglo. Si se le solicitan imágenes de su archivo te cobran el minuto a precio de oro con azafrán teñido de petróleo perfumado con opio.

En pantalla sale a casi todas horas y desde no se sabe cuándo un señor alto con bigote que se llama John and a Half -o algo así- ora haciendo de casamentero de personas mayores, ora riendo gracietas de chiquillos que encandilan a sus papás, abuelos y titas.

Acaba de estrenar un talent show de adolescentes que quieren ser toreros del siglo XXI si así lo decide un jurado en el que se sientan una folclórica taurina y un extorero folclórico que se compró un tigre.

Emite en prime time un reality show de obesos que quieren dejar de serlo, no sé si por cuestiones de estética, de salud o de fama warholiana.

En su informativo de mediodía dedica la portada y quince de sus treinta minutos a una concentración de caballos, carriolas y personas con nosequé fervor mágico que se reúnen en un poblado como mejicano al lado de unas marismas.

Las mañanas las dedica a un impúdico programa que confunde caridad con solidaridad, limosnas con derechos.

Programa cada semana un eterno maratón en el que unas chicas típicamente vestidas y maquilladas como puertas intentan afinar a voces sobre melodías folklóricas (y algún chico también)...

En fin, qué bonito es Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca.

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8 de junio de 2014 - 03:00 h